Kinetoscopio Edición 103 / Zoom

La princesa besó al príncipe…

“Mis películas no están hechas para niños, es por eso que les gustan”

Por: Andrea Ramírez P.

Michel Ocelot nació en la Riviera Francesa pero pasó gran parte de su infancia en Guinea, África. En su adolescencia, regresó a Francia, donde comienza a sentirse atraído por el arte y la cinematografía. Cursó Artes en la Escuela Nacional Superior de Artes Decorativas en París y en el Instituto Californiano de Artes, en Los Ángeles.

Después de explorar varias técnicas se decide por el papel y las tijeras, porque, como el mismo asegura, es económico, sencillo y  le brinda la oportunidad de viajar con sus pequeñas obras de arte para exhibirlas al rededor del mundo.

Un filminuto (Le Tabac, 1974) y una serie de cortos animados basados en los comic de Benjamin Rabier, constituyeron sus primeros trabajos, que pasaron desapercibidos por la crítica. Fue con su tercera película (Les Trois Inventeurs, 1979) que obtuvo algunos premios y comenzó a posicionarse como un genio de la animación. Sólo hasta 1998 dirige su primer largometraje, Kirikú y la hechicera, filme que lo dio a conocer internacionalmente.


Andrés Murillo – director de la revista Kinetoscopio - habló con Ocelot.

En el mundo de cine de animación se cree que es más importante la técnica, pero el mensaje que usted nos da es que es más importante la historia, lo que se tiene para decir. ¿De dónde sale su inspiración, dónde está la esencia de sus historias?

Proviene esencialmente de lo que siento, sólo hago cosas que me apasionan, nunca miento. En la famosa Kirikú me inspiré en el principio de un cuento africano que realmente me emocionó, Kirikú y la hechicera (Kirikou et la sorcière, 1998) es prácticamente el principio de ese cuento. Lo que me impactó fue el diálogo con la mujer embarazada, la voz que sale del vientre de la madre y le dice: “mamá, déjame nacer”, es una originalidad que no se encuentra en ningún otro cuento.

Cuando yo era niño era imposible que en nuestra civilización occidental se hablara de una mujer embarazada, de cómo se hacían y de cómo salían los niños; esas eran cosas de las que no se podía hablar, pero en África no son tabú, no se esconden, y cuando leí el principio del cuento, sentí que me encontraba con esa África sana en la que viví. En la película quise mostrar la valentía de ese niño, pero también la calma de la madre y lo fuerte de su respuesta.

Una voz se escuchó del vientre de una mujer embarazada:

¡Mamá, déjame nacer! y la mamá respondió

Un niño que puede hablar en el vientre de su madre puede nacer solo.

Y el niño nació, cortó su cordón umbilical y dijo:

Mi nombre es Kirikú.

Luego este niño que acaba de nacer se va a luchar contra una bruja para salvar a su tío, es extremadamente positivo que este pequeño, aun siendo vulnerable, decidiera ayudar a los demás. Me gusta esa fuerza, esa osadía que él tiene y que yo a veces no tengo.

Después, el cuento africano se vuelve malo y pierde mi interés, pero que sea malo es algo positivo, porque me da la oportunidad de corregirlo. Descubrí que el escritor se había olvidado de que el protagonista era un niño, e hizo de él un héroe grande que lo único que quería era matar a la hechicera. De inmediato pensé: “no, no la va a matar, la va a amar”, y que el niño decidiera amarla, aunque fuera mala, le daba un giro a la historia que hacía que el cuento me gustara.

Con una historia que me agradaba y daba seguridad, estaba listo para pelear con los productores. Cuando peleo con ellos no es porque yo sea más inteligente – aunque a veces lo soy- sino porque es mi mecánica y conozco cada pieza. Si me dicen que hay detalles que no funcionan y deben ser cambiados, lo pienso, y si me doy cuenta que tienen la razón, lo cambio; pero si me dan un consejo con el que no estoy de acuerdo, no lo sigo, la persona puede tener mucha autoridad  y me lo puede decir mil veces pero para mí es como si no hubiera abierto la boca. Creo que es una técnica, para crear una buena obra hay que saber nadar contra la corriente, incluso cuando la gente a tu alrededor es buena, amable y quiere tu bien, hay que desconfiar y hacer lo que uno siente.


Usted ha tenido una carrera victoriosa en la que ha tenido éxito financiero y expresivo, ha explorado diferentes temas y ha podido contar lo que quería. ¿Qué sigue ahora con el nuevo proyecto, qué busca contar, qué sentimiento y qué valor está explorando?

Voy a explorar dos cosas: la cultura y las riquezas. Voy a explorar esa cultura que hay que entender para que nos podamos entender entre nosotros. Quizás haya hoy en día una aculturación, una tendencia a olvidar todo lo que han hecho nuestros padres, nuestros abuelos; nos estamos limitando a comer hamburguesas americanas.

Estoy trabajando en una historia que, por un lado, celebra la civilización franco-internacional, civilización que me gusta y que quiero enseñar a la gente, es una celebración de mentes abiertas, gente que vivía unida y mujeres que tenían derecho a vivir tan intensamente como los hombres. Y por otro lado, muestra las alcantarillas, en donde represento la otra parte de la humanidad, a los hombres que humillan y maltratan físicamente a las mujeres.

En todos los países hay cifras increíbles de mujeres asesinadas por su compañero sentimental, en Francia – la misma Francia en la que Luis IV siempre se quitaba el sombrero delante de una mujer, incluso de las empleadas que arreglaban su habitación- , una mujer muere a manos de su pareja cada 3 días, en Italia, la estadística es de una mujer por día, y en Turquía, la situación es más preocupante, porque no solo su pareja puede herirla, sino también su padre, hermano, o su hijo. Ese es el otro lado de la película, por eso sucede en las alcantarillas.

Ya he recibido las primeras críticas sobre este trabajo, me dicen que tengo muchos personajes, pero yo siento que los necesito para contar la historia, y voy a hacerlo así incluso aunque en los libros de metodología de guion se diga que no así no se debe hacer, aunque me encuentro nadando contra la corriente eso es lo que voy a hacer.


En la charla con los estudiantes, les decías que es mejor no buscar un estilo propio para buscar un estilo propio. ¿Cómo defines lo que has creado con tus películas, cuál es tu estilo y cómo lo describes?

Si uno tiene un buen estilo no tiene que buscar un buen estilo, hay que hacer muy bien su trabajo y eso es todo, no hay que hacer muchas maniobras ni tratar de ser seductor. No hay que pensar en ello, cuando se hacen bien las cosas el estilo viene solo. Yo realmente no busco tener uno.


¿Cuál sientes que es la conexión entre el público y tus películas? ¿Dónde está la magia?

Con mis películas expreso sentimientos, hay algo que hace que los espectadores, sean niños o adultos, se conecten con la historia. Con Kirikú y Azur & Asmar, creo que he hecho llorar a muchos adultos.

Azur & Asmar (Azur et Asmar, 2006) cuenta la historia una mujer humilde que vive en el norte de áfrica, esta empleada cuida a un niño rico y lo ama como a su hijo. Esa relación me emociona y creo que emociona a todo el mundo. La escena del reencuentro entre la niñera y el niño, que regresa siendo joven, me conmueve bastante; cuando la mostramos a los coproductores españoles- que eran, como decimos los franceses, unos machos peludos- los miré, y tenían lágrimas en los ojos. Ahí vi que ese sentimiento de amor que me emocionaba funcionaba muy bien pues lograba emocionar a otros.


Conversar con Michel Ocelot es como conversar con un abuelo. Está lleno de historias y de anécdotas, habla con deseo ferviente de ser escuchado, cuenta mil detalles, le da vueltas a las ideas, se debate entre la terquedad y la transigencia, es sensible y se emociona fácilmente con particularidades.

Ver el cine de Ocelot es rememorar la infancia, los libros de cuentos, las cajas de colores, las manualidades con papel  y cartulina, la picardía, la audacia. Es una maravilla que exista un director como él, que con su trabajo logra que los niños se sientan adultos y que los adultos nos sintamos niños, que nos haga maravillarnos con detalles, con sombras, figuras, colores, y que nos invite, por un momento, a volver a creer que las historias no tienen que ser como siempre nos las han contado.

La princesa besó el príncipe…y el príncipe se convirtió en sapo.