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Perros (2017), de Harold Trompetero Perros (2017), de Harold Trompetero Revista Kinetoscopio / Ci...

Frank Ramirez, in memoriam

Kinetoscopio Edición 109 / Cine Colombiano

Frank Ramirez, in memoriam

El hombre que sabía jugar


Por Samuel F. Castro
Medellín, Colombia

¿Por qué volver a Colombia cuando uno se está convirtiendo en un actor considerado para papeles importantes en la televisión de Estados Unidos? Por culpa de Gabriel García Márquez. Tal vez si lo que Bernardo Romero Pereiro y Fernando Gómez Agudelo le hubieran ofrecido a Frank Ramírez –que ya había ascendido en el precario estatus que los latinos tenían en Hollywood a finales de los años setenta, pues sus personajes habían dejado de ser sólo apellidos, para tener nombre, como aquel Ernie Villas en Paris, la serie policíaca que protagonizaba James Earl Jones y que no alcanzó a tener segunda temporada– hubiera sido una de las novelas de mafiosos que hoy llenan nuestras pantallas y no una adaptación del universo literario de nuestro Nobel, hoy no estaríamos lamentando la ausencia definitiva (aunque hace años extrañábamos la presencia cotidiana) de uno de los mejores actores de Colombia, uno de esos privilegiados que tenía lo que algunos llaman “presencia escénica” y que él curiosamente entendía distinto: “los sueños están hechos con gente bonita. Yo sólo serví de contraste durante algún tiempo”, dijo en la entrevista que le concedió a la revista Esquire Colombia en octubre pasado.

Frank Ramírez fue mucho más que “el contraste” en algunas de las mejores películas y series de nuestra historia. Todos los medios, por el afán de documentar sus logros para certificar su muerte lo más pronto que podían, publicaron los mismos datos: su beca en el Actor’s Studio, su llegada a Nueva York el día exacto en que aterrizaban los Beatles, su currículum impecable donde logró aparecer en capítulos de La monja voladora y El gran chaparral. Pero casi nadie habló de la manera única en que decía sus parlamentos, con una vocalización perfecta incluso cuando susurraba (a pesar de que decía que un actor era lo que hacía, no sus textos), ni de la forma en que sin grandes cambios externos modificaba su postura corporal para que lo viéramos inmenso y atemorizante, en aquel malvado de antología y vestido de blanco que hizo en La vorágine o encorvado y endeble como “El perro” Romero en La estrategia del caracol.

Muy pocos en Colombia han entendido, como él mismo lo dice en la entrevista ya citada, que la actuación significaba poner toda la seriedad en un juego. Y Frank era un jugador extraordinario, un tahúr del oficio, con dominio absoluto de sus cartas. Sabía dar sensualidad a sus personajes sin ser apuesto, como en El gallo de oro (¿o alguien pensó, como pasa a veces ahora, en las telenovelas de galanes pasteurizados, que ese tipo sería incapaz de conquistar a Amparo Grisales?); tenía la escasa cualidad de poder actuar la inteligencia, como en aquel patriarca que manejaba los hilos de la trama en Pecados capitales, un engaño que sólo se consigue cuando el actor mismo es inteligente; sabía imprimirle ternura a personajes recios, como a ese papá hippie al que se le parte el corazón cuando descubre que su hija ha sido secuestrada en María María, una de las series más subestimadas de nuestra televisión. Nada parecía imposible para Frank, que armaba sus creaciones como quien planea un crimen, poniéndole fotos o dibujos (porque su oficio adorado era pintar) a las distintas partes de sus libretos, como lo recordó Sergio Cabrera para algún medio que quiso preguntarle por sus vivencias compartidas.

¿Por qué aceptó un actor como él regresar a Colombia y dejar su carrera en Estados Unidos? Tal vez porque allá el puesto de actor inmenso tenía muchos candidatos y aquí estaba vacante. Hasta que él volvió.