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Kinetoscopio Edición 109 / Reseñas

El código enigma, de Morten Tyldum

La inclusión que no fue


Por Liliana Zapata B.
Medellín, Colombia

El matemático y criptólogo inglés Alan Turing fue uno de los precursores de la informática moderna y la pieza clave para descifrar los códigos de la máquina “Enigma”, creada por los alemanes en la segunda guerra mundial. Turing era un hombre poseedor de un gran genio pero atormentado por su condición de homosexual, en una época en la que serlo era considerado un delito en su país natal. La interacción entre el equipo que descifró junto a él el código alemán, sus tormentos internos y la relación con los miembros de su equipo son en esencia el argumento de la última película del director noruego Morten Tyldum, El código Enigma (The Imitation Game, 2014).

En este biopic, Turing es interpretado por Benedict Cumberbatch –nominado al premio Oscar como mejor actor principal por este rol–; como es ya su costumbre, Cumberbatch ofreció un papel contundente con el que sigue demostrando que no en vano es considerado uno de los grandes actores del momento.

Keira Knightley hace parte también de esta cinta, en la que interpreta a Joan Clarke, matemática y criptóloga del siglo pasado, mujer de avanzada para su época y que participó junto a Turing en la gran empresa de descifrar el código Nazi. La cinta busca también hacerle justicia a su papel en la historia de la humanidad, pues para ella fue la condición de ser mujer la que no le permitió brillar como se debía. Sus demonios eran diferentes a los de Turing pero no por ser otros fueron menores o más sencillos de manejar, ya que debió conformarse con figurar oficialmente como lingüista en un equipo en el que su papel de criptóloga fue tan determinante como el de Turing.

Aun cuando el film centra la mayor parte de su tiempo en el proceso de creación de la máquina que fuera conocida posteriormente como “Turing”, todo el tiempo están latentes la homosexualidad del protagonista, la inquietud interior de este, su relación con Joan Clarke y sus encuentros homosexuales clandestinos –que construyen de forma convincente la personalidad del matemático inglés–. El director buscó claramente no centrar la historia en las preferencias sexuales de Turing, quizás para no desviar la atención de las hazañas de un ser humano demasiado brillante para su época; en cambio, buscó de paso la redención de un hombre incomprendido y juzgado en un momento obtuso de la historia de la humanidad.

En estas épocas donde la inclusión y la diversidad marcan la pauta de las tendencias en derechos humanos, una película como El código Enigma, aun haciendo solo tangencialmente una referencia a la homosexualidad de su protagonista, nos permite entender las raíces de la polarización humana, pues a pesar de las declaraciones banales, los seres humanos seguimos discriminando, segmentando y dejando a nuestros iguales fuera del juego debido a cualquier condición que los haga diferentes. Alan Turing sufrió en carne propia la frivolidad de la naturaleza humana, y su diferencia fue cobrada tan caro que todos sus logros quedaron atrás. Fue admitido cuando fue útil, y fue segregado como cualquier paria cuando ya su genio no fue necesario.

No es exagerado decir que Alan Turing facilitó o –si es permitido aseverarlo– aseguró el triunfo de los aliados en la Segunda Guerra Mundial; sin embargo, su guerra interior estuvo perdida desde siempre. El indulto póstumo que en 2014 le fue dado por la Reina Isabel suena vacío y tardío cuando una de las mentes más brillantes del siglo XX fue arrebatada de la vida por cuenta de la intolerancia y la incoherencia humanas.