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Birdman, de Alejandro González Iñárritu

Kinetoscopio Edición 109 / Reseñas

Birdman, de Alejandro González Iñárritu

Maratón por la cuerda floja


 

“El arte no es posible si no baila como pareja de la muerte”

.–Kurt Vonnegut.


Por Diego Agudelo Gómez
Medellín, Colombia

Las copias del borrador definitivo del guion de Birdman (Birdman: Or The Unexpected Virtue of Ignorance, 2014) que Alejandro González Iñárritu le enviaba a los actores que esperaba reclutar para rodar la película, tenían la foto de Philippe Petit, el funámbulo que en agosto de 1974 caminó por un cable extendido entre las hoy caídas torres gemelas del World Trade Center. “Esto será lo que haremos”, les decía a los miembros del casting para seducirlos, mostrándoles al artista que se jugaba la vida caminando por un cable, sin protección, a 410 metros de altura. Desde el principio, el director mexicano sabía que su vertiginoso experimento era un gesto suicida. Algunos de sus amigos cercanos también se lo advirtieron. Cuentan que en una cena con Mike Nichols, el veterano director de El Graduado (The Graduate, 1967) intentó convencerlo de que desistiera de rodar una comedia en un plano secuencia continuo. Era una locura. Nadie lo había hecho. Los dos lenguajes no son compatibles. La comedia necesita cortes que le den ritmo, elipsis que fulminen los tiempos muertos, secuencias que puedan sincronizarse con los espasmos que se pretenden provocar en el público. Pero Alejandro González Iñárritu no quiso escuchar y además le contagió esa sordera a los miembros de su equipo, sobre todo a los actores que lo acompañaron en esta maratón por la cuerda floja.

Para el director tampoco fue difícil convencerlos. Emma Stone siempre había querido trabajar con él; Naomi Watts ya había sido beneficiaria de su virtuosismo en 21 gramos (21 Grams, 2003); Edward Norton prácticamente le suplicó que le diera el papel de Mike Shiner –inicialmente González Iñárritu había pensado en Josh Brolin– y Michael Keaton…, bueno, Michael Keaton es otra historia, es una de esas historias tras bambalinas por las que esta película también pasará a la historia y alimentará la a veces gloriosa, a veces nefasta, siempre extraordinaria mitología de Hollywood.

Birdman es la historia de un actor que quiere revelarle al mundo su verdadero talento desprendiéndose de la fama artificial que había ganado en los años noventa, cuando interpretó al aclamado superhéroe de una trilogía. Para hacerlo, elige un método que le exige inmolarse cada noche: las tablas de un teatro, una obra imposible de adaptar y un coprotagonista que se convierte en la implacable némesis que cada artista necesita para arder con honestidad y fiereza.

El paralelo con la trayectoria de Michael Keaton no se puede ocultar. Aunque el actor se ha mantenido activo desde que interpretó a Batman en las dos películas de Tim Burton, realmente no hay otros títulos dignos para recordarlo además de Beetlejuice (1988) o el hombre murciélago. Por lo tanto, Birdman es como un espejo que refleja el destino real de su propio protagonista, quien ofrece la interpretación de un animal irrepetible, el último tigre que sale de cacería en un místico teatro lleno de fantasmas.

Es el Teatro St. James de Broadway y a través de sus pasillos y camerinos, a lo largo de los bastidores y el patio de butacas, entre sus palcos y tramoyas, discurre el susodicho plano secuencia que le ha dado fama a la película ganadora del Oscar pero que no constituye su único valor. Los pequeños, simples detalles, serán, a la larga, más importantes para la posteridad de Birdman: diálogos vehementes sobre el arte y la verdad, la envidiable posibilidad de la telequinesis, las vocecitas de la cabeza, el mundo secreto de los camerinos, los ojos de Emma Stone, esa percusión endiablada, un cuento triste de Raymond Carver... Quizás era un suicidio, pero Alejandro González Iñárritu demostró que a veces la ruleta rusa no les hace estallar la cara a los jugadores, quienes, por más que les duela, apuestan todos los huesos.