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Kinetoscopio Edición 110 / Festivales

 

Cannes 2015: un año sin demasiada luz

 

Por Orlando Mora

Medellín, Colombia

 

Tal como lo había manifestado el propio Pierre Lescure, la primera edición bajo su mando como nuevo presidente se cumplió sin cambios o modificaciones importantes en el esquema general manejado por Gilles Jacob. La permanencia de Thierry Frémaux como delegado general y cabeza del equipo de programación anunciaba una continuidad que se ha vivido sin sobresaltos, con una salvedad de la que poco se ha hablado.

Se trata de la creación de un nuevo premio dentro del palmarés general del festival, el Ojo de Oro, que estará dedicado a destacar el mejor documental de los apartados oficiales y de las secciones paralelas, con lo cual se otorga un espacio a un tipo de cine que suele perderse en medio del crecido número de películas de ficción. El privilegio de esa primera recompensa correspondió al documental Allende, mi abuelo Allende de Marcia Tambutti Allende, programado en “La Quincena de los Realizadores”.

 

LAS PELÍCULAS EN LA COMPETENCIA OFICIAL

Cannes es, entre otras varias cosas, la mayor vitrina del mundo para el cine de autor. Dado el enorme prestigio de que disfruta el festival y la posibilidad de que gozan sus programadores de revisar la producción de todos los países, el espectador debe concluir que lo visto acá es lo mejor de lo existente y que los diecinueve títulos seleccionados para competir por la Palma de Oro son una muestra confiable sobre el estado general del cine.

Mirado bajo esta exigente perspectiva, cabe afirmar que no es demasiado lo que se puede decir de la calidad del cine en la edición de 2015. Si bien el margen de subjetividad en la apreciación de una película sigue siendo considerable –lo que acá se vive con la disparidad en la valoración que los críticos profesionales van dando a las películas luego de su exhibición–, por lo menos habría que decir que este año no hubo esa obra apasionante de la que uno termina torrencialmente enamorado. Ningún título alcanzó niveles como los de Amor (Amour, 2012) de Michael Hanecke o La vida de Adele (La vie d'Adèle, 2013) de Abdellatif Kechiche, premiados con la Palma de Oro en ediciones recientes del festival.

Tres bloques se destacaban en la programación en competencia: uno fuerte de cine francés, con cinco filmes; otro, de cine italiano, con películas firmadas por tres directores de primera línea en su país; y un tercer bloque conformado por el cine oriental, con las nuevas obras de figuras máximas como Hirozaku Kore-Eda, Jia Zhang-Ke y Hou Hsiao-Hsien. Entre el resto figuraban dos cintas norteamericanas (una de Gus Van Sant y otra de Todd Haynes) y, además, títulos individuales de diferentes países, con una llamativa particularidad: en la competencia se encontraba una sola ópera prima, El hijo de Saúl (Saul fia) del húngaro László Nemes.

Cuesta trabajo encontrar una sola palabra para calificar lo que deja la experiencia de ver el material en concurso. Tal vez no sea ‘desencanto’, ya que ella supondría haber tenido expectativas muy altas con el anuncio de lo incluido, pero sí podría hablarse, por lo menos, de bajo entusiasmo y de inquietud acerca de los caminos por los que hoy transita el cine llamado de calidad.

 

VOCES Y CRITERIO DEL JURADO

Los hermanos Joel y Ethan Coen presidían un jurado con señales claras de desequilibrio, ya que casi ninguno de los miembros parecía, a priori, con el poder suficiente para enfrentar los criterios de los norteamericanos, directores con un amplio prestigio por su capacidad para trabajar un cine de calidad que no se sitúa de espaldas al público.

Una vez conocido el fallo, los Coen hicieron una declaración un tanto enigmática: somos profesionales del cine, no críticos de cine. Cualquier cosa que hayan querido significar, por lo menos la premiación revela que los jurados tomaron el camino de ignorar el cine de los realizadores de mayor recorrido –con la excepción del Premio a la Mejor Dirección otorgado al taiwanés Hou Hsiao-Hsien– y de inclinarse por un cine de preocupaciones sociales.

La Palma de Oro a Dheepan de Jacques Audiard recompensa a uno de los directores más brillantes del actual cine francés, aunque para nosotros sea claro que no se trata de su mejor obra y que se encuentra por debajo de otros de sus títulos, como Un profeta (Un Prophète, 2009). El vigor y el buen pulso de Audiard quedan claros en una de las últimas secuencias del filme, cine de altísima calidad.

Del resto del palmarés digamos que no hay propiamente exabruptos, aunque se extraña la forma como se desconoció por completo un filme que para nosotros era el mejor del festival: Mi madre (Mia madre) de Nanni Moretti, una demostración soberbia de la madurez de un director con un control absoluto sobre el tiempo emocional de las secuencias y de los planos.

 

LOS TRIUNFOS DEL CINE COLOMBIANO

Imposible cerrar cualquier nota sobre Cannes 2015 sin una referencia a lo que el evento significó para el cine nacional. Si el anuncio de tener a Alias María de José Luis Rugeles en “Una cierta mirada”, El abrazo de la serpiente de Ciro Guerra en “La Quincena de los Realizadores” y La tierra y la sombra de César Acevedo en “La semana de la Crítica”, además de un proyecto en el Atelier, era ya un triunfo sin antecedentes en toda la historia del cine colombiano, los premios a la película de Guerra en “la Quincena...” y la Cámara de Oro a Acevedo como mejor ópera prima de todo el festival vuelve esta edición de Cannes algo soñado y nos abre posibilidades de visibilidad y de producción totalmente insospechadas.