Todos se van (2015), de Sergio Cabrera

Revista Kinetoscopio / Cine Colombiano

 

 

Todos se van y queda un vacío

 

Por Sara Malagón Llano
Bogotá, Colombia

Cienfuegos, Cuba, 1978. Nieve tiene ocho años cuando empieza su diario. La madre es periodista y trabaja en una radio. El padre es actor, es escritor, es revolucionario, es alcohólico. La madre va a Angola en contra de su voluntad por desobedecer al jefe, quien obedece al régimen. El padre pide un juicio para tener la custodia permanente de su hija, y gana. Nieve va a vivir varios años con su padre, y allí empieza el tormento. El diario de infancia, que sigue escribiendo a pesar de las amenazas del padre, y las del régimen, desemboca en un diario de adolescencia. Nieve va a estudiar a la Escuela Nacional de Arte, donde conoce a sus primeros amores, que también se van.  Grosso modo, eso es Todos se van, el libro: la historia de la evolución de un personaje, desde la infancia hasta la adolescencia, en boca de ese mismo personaje y construida sobre retazos de unos diarios íntimos escritos entre 1978 y 1990. Es el ejercicio de reescritura de una historia autobiográfica. Todo está descrito desde adentro. “Reescribí estos diarios con mucho cuidado. Los manipulé dramatúrgicamente, aristotélicamente, con introducción, nudo y desenlace, aunque no se note”, confiesa Wendy Guerra, su autora. Luego, quemó el diario verdadero y se quedó con su ficción.

De un fragmento de esa ficción se valió Sergio Cabrera para hacer la versión cinematográfica de la novela homónima en 2015. Motivado, dicen, por pasar parte de su infancia en la China comunista, en su interpretación de la historia íntima de Wendy Guerra retoma tres rasgos del día a día cubano que atraviesan los diarios: el adoctrinamiento, la censura y el anticastrismo. Pero los hace ahogar la historia, y los simplifica. Si en la novela las alusiones al contexto histórico son impresiones subjetivas –reflexiones intuitivas, sencillas, que provienen de una mente infantil y dan cuenta del absurdo en cada imposición–, en la película se convierten en la trama, narrada desde una perspectiva tibia que no se decide por explicar las problemáticas desde arriba o reflejar la mirada y la voz de la niña que accede a esos problemas desde la ignorancia, viviendo entre ellos sin comprenderlos. El absurdo, entonces, no resultaría de la divergencia política –como se muestra en la relación que entablan los padres de Nieve–, sino de la extrañeza, de la incomprensión, del chocar de las sentencias con el sentido común infantil.

“En mi caso [escribir] es narrarme, anotarme, emborronar mi cuerpo para que no se me olvide lo que vivo hoy. Aunque muchos no lo reconozcan, imitar es un ejercicio inicial necesario y estimulante en el proceso de adquirir una identidad, un estilo. Mi novela es el diario inconstante de una niña criada en apartamentos, rodeada de libros adultos, secretos adultos, cosas de tamaño mayor que competían y me ganaban todo el tiempo”. La adaptación cinematográfica no rescata esas sutilezas, y no porque sea imposible hacerlo a través de la imagen: el cine también tiene el poder de sugerir, de delinear personajes con detalles casi inenarrables. La adaptación cinematográfica falla en la construcción de un mundo interior que se vuelque hacia afuera en sugerencias, todo porque se preocupa demasiado por delimitar y describir con claridad cada situación, sus continuidades, sus ires y venires, y el contexto total que las engloba. A ese contexto, además, se le arrebatan su complejidad y contradicciones; se trasforma así en un orden maniqueo o de blancos y negros, malos y buenos. Hay un abismo entre la historia y su adaptación, que es como un resumen sin belleza, la trama sin el alma.

“[La película] se concentra tanto en el drama de la custodia y de la inoperatividad del régimen que se le olvidan la sutilezas que hacen una buena historia y a unos buenos personajes. En su lugar, nos presenta un melodrama pegajoso y simplón, más digno de la telenovela de las 4:00 p.m. que de una película dramática de peso, forma y contenido”, escribe Juan Álvarez Umbrila en su reseña de la película, y yo no podría estar más de acuerdo.