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Timbuktú, de Abderrahmane Sissako

Por Sydney Goldfeder

Medellín, Colombia

 

El mundo está inundado de tragedias anónimas. En Occidente hasta la muerte mira el pasaporte y la cuenta bancaria, de ahí que los desheredados de la historia nunca ocupen las portadas. Sin embargo, resaltan directores como Abderrahmane Sissako que siguen empeñados en denunciar realidades ignoradas. Más que una trama convencional, Timbuktú (2014) construye un retrato del país de su infancia, el estado de África occidental de Malí, y en particular la ciudad de Timbuktú, de ricas tradiciones, que ha sido sometida por un grupo de fanáticos que imponen por la fuerza la sharia, ley islámica cuyo significado es “Camino a la paz”. Si bien es vista por algunos como un crimen contra los derechos humanos debido a sus fuertes castigos y rígidas normas, Sissako no propone una interpretación tolerante pero tampoco pretende mostrar a los invasores como monstruos despiadados, sino como fanáticos que intentan defender la razón de sus decisiones radicales.

En una entrevista realizada por Guillermo Altares en el periódico El país, de Madrid, en febrero de este año, a Sissako se le pregunta acerca de la polémica que hubo al decir que él pretendía humanizar a los yihadistas, a lo que respondió que “No lo veo como una acusación sino como una constatación de alguna gente que no tiene la costumbre de contemplar así la violencia, la barbarie. Estamos acostumbrados a mirar el mundo como si estuviese dividido entre buenos y malos. La razón por la que hice esta película es rechazar la violencia y la barbarie, pero eso no debe impedirnos mostrar a esa gente. Son personas que han tenido una infancia, que han sido normales, pero que luego han cambiado y esa transformación les ha llevado a la yihad pero también podía haberles llevado a cualquier otra forma de criminalidad. Los yihadistas también son normales en cierto sentido. Todo hombre, incluso un bárbaro como ellos, tiene capacidad de remordimientos. El arte tiene que mostrar las cosas”.

Si en su anterior filme, Bamako (2006), Sissako intentaba agitar conciencias sometiendo a juicio al mal llamado primer mundo, en esta ocasión nos acerca a la cruda realidad del fanatismo islámico. Esta estructura coral, que en principio juega muy a favor de los intereses de la película, acaba siendo una hoja de doble filo al narrar varias historias sueltas. Sissako asume una apuesta ciertamente arriesgada, pues gracias a ella somos conscientes de las atrocidades e injusticias que no se dejan de cometer, y consigue escenas con una carga emocional considerable, pero con la consecuencia de que muchas de ellas se dejan sin resolver argumentalmente, dándole al espectador la sensación de haber perdido tiempo en una secuencia de hecho interesante, pero que no lleva a ninguna parte en cuanto a la evolución del conflicto. Sin embargo, se debe considerar que no estamos ante una película con los ritmos trepidantes de los productos rodados en Hollywood, sino ante un producto africano, con otro ritmo, rica en símbolos, con un marco antropológico y cultural muy diferente del nuestro, que puede producir al espectador occidental un sinsabor y una expectativa de querer mayor rapidez en los desenlaces.

Lo que no se puede negar es la fuerza de las diferentes escenas. Visualmente Timbuktú es brillante, llena de planos compuestos y diversos; la fotografía es espléndida y logra climas poéticos. Junto al guion –no tan dramático, con leves toques de humor y una mezcla de lenguas–, hacen de toda la película una propuesta interesante, trascendente, un llamado a la reflexión.