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Kinetoscopio Edición 111 / Reseñas

 

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Crimen y castigo

Hombre irracional, de Woody Allen

 

Por Diana María Agudelo

Medellín, Colombia

 

La inmoralidad que conlleva cometer un asesinato ha sido un tema recurrente de Woody Allen, desde su propio y dubitativo Boris angustiado por asesinar a Napoleón en La ultima noche de Boris Grushenko (Love and Death, 1975) a Martin Landau interpretando a Judah, que se ve obligado a contratar a un asesino a sueldo que acabe con la vida de su amante en Crímenes y pecados (Crimes and Misdemeanors, 1989), al Chris de Jonathan Rhys Meyers, quien se ve en el mismo dilema en la más reciente Match Point (2005).

Y aunque siempre es un placer cumplir la cita anual con el director, Hombre irracional (Irrational Man, 2015) es uno de sus filmes más prescindibles, donde además de recorrer territorio conocido, sus ideas son tan insulsas que ni un puñado de actuaciones decentes salvan este guion.

Abe Lucas, un profesor de filosofía altamente improbable, con una reputación que lo precede, llega a una pequeña universidad a seducir tanto a las alumnas como a una que otra profesora. A su entrada descubrimos que es alcohólico y depresivo, profundamente desencantado con la sociedad y con la materia que enseña, y su cinismo desconcierta a todos quienes lo conocen.

Sin embargo, después de un tiempo Abe –interpretado con total pertinencia por Joaquín Phoenix– comienza un romance con Rita (Parker Posey), una profesora, y a pesar de sí mismo empieza un coqueteo con Jill (Emma Stone), una brillante estudiante que desde antes de conocerlo ya estaba predispuesta a adorarlo. Ninguna de las dos sin embargo logra levantar su espíritu (entre otras cosas) tanto como la conversación que escucha en un café, cuando una madre desesperada le cuenta a otros amigos sobre un juez corrupto, que en un acto de venganza trata de quitarle la custodia de su hija porque es amigo del padre de la niña. Es el momento en que todo cambia para Abe: se le ocurre que para llevar a cabo una vida con un gran propósito y poder hacer una diferencia en el mundo y cambiarlo para bien, puede asesinar al juez porque nadie sospecharía de él.

Así se desata la trama de este filme, que nunca logra definirse, pues no es una comedia ni un drama en el sentido estricto en el que se pueden catalogar los filmes de Allen. Sus vueltas de tuerca no son lo suficientemente serias para causar suspenso, y su humor no es lo suficientemente ligero (ni logra provocar la suficiente risa) para ser catalogado como comedia.

Hay varios momentos dignos del canon de Woody Allen, pero hay tantos otros tan improbables y pobremente escritos que no logran absolver el filme. Lo único que vale la pena son las actuaciones de los tres estelares: Emma Stone, Joaquín Phoenix y Parker Posey, excelentes siempre en todo lo que hacen, ponen su mejor cara cuando se enfrentan a los lugares comunes del guion, en una historia que nunca logra atrapar de forma decidida.

Woody Allen ha explorado las consecuencias de los crímenes y sus posibles castigos (o falta de ellos) en filmes maravillosos en los que expone su cosmogonía descreída, de una humanidad irracional dejada a la deriva de sus propias acciones. En Crímenes y pecados el asesinato es de verdad chocante y genera en el personaje –y en los espectadores– una verdadera reflexión sobre lo que significan las leyes en la humanidad y cómo el pensamiento de un solo ser humano puede transformar vidas enteras.

Hombre irracional es, en teoría, una buena idea; pero al verla, no se puede dejar de pensar qué habría hecho el Woody Allen de su mejor momento con una idea tan maravillosa para uno de sus dramas memorables. Por ahora, lo que vemos es tan solo el borrador de lo que podría haber sido una buena película.