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Kinetoscopio Edición 113 / Festivales

berlinale-66

Berlinale 66

Entre el peso de la historia y la busqueda de la felicidad



Juan Carlos Lemus

Berlín, Alemania

 

Para los cinéfilos es claro que la Berlinale viene siendo una vitrina de cine con un pie en lo comercial y otro de autor con un profundo significado. Política, migración y multiculturalismo, integración y diferencias, LGBT y tradiciones, vienen dándose cita en la por esta época friísima capital alemana desde 1951, como nos lo recuerda el poster principal. Sin embargo, en esta ocasión el director del festival Dieter Kosslick advirtió que la felicidad debe ser un derecho humano, y de ello da fe el conjunto de filmes que competían por el Oso de oro.

Las diecinueve películas en competición son coproducciones europeas mayoritariamente acompañadas de unas pocas de otras latitudes: EE.UU., Canadá, Irán, China, Nueva Zelanda/Australia, Filipinas/Singapur. ¿Qué le pasaría a la incluyente Berlinale se le escapó esta vez alguna producción latinoamericana o española? Nos dejó extrañando la frase de Juanes, “se habla español”, que en competencia oficial acaso de oyó en Soy Nero —coproducida por Alemania, Francia y México—, máxime dados los elocuentes resultados en 2015. ¿Y africanas o de Oriente medio?, ¿no había con suficientes credenciales para calificar en la selección? Sin respuesta nos quedaremos tanto en el Norte como en el Sur.

Para llegar a hablar de lo que se vivió en Berlín, y quizá porque los artistas son endiosados más por hablar de sinsabores, dramas y tragedias, muchos podrán decir que faltó sal y pimienta. ¿Muy fáciles y banales los largometrajes?, ¿faltó cinefilia? No, pero sí. El hecho está en que el frío de la calle berlinesa se coló en las salas de proyección y la temperatura nunca subió como se esperaba. Aunque solo Alone in Berlin y A Dragon Arrives! (Ejhdeha Vared Mishavad!) llevaron al desconcierto al público en general, y es igual de cierto que Fuocoammare fue ése filme que todos dieron por ganador. No obstante y sin quitarle sus méritos al filme de Gianfranco Rosi, porque los tiene, la obviedad suele venir con factura y en los diez días que pasamos en Potsdamer Platz no ha habido una cinta que lleve, ni mucho menos, a la emoción.

Al menos en la Berlinale conociendo sus lineamientos se puede, o se debe (?) como lo pide el filósofo brasilero Julio Cabrera, hacer el ejercicio de mirar el cine exhibido con lente filosófico. Así, pues, que no resulta complicado llegar a la conclusión que esta selección en particular es deudora de una gran transversalidad: la condición de ser humano, como todas las películas dirán, sí pero acá llegó adobada con la búsqueda de la felicidad, la importancia de la familia y los efectos que logra la geografía y los momentos históricos y políticos que tienen lugar en ese espacio vital. Vemos pues como se enfrentan a los mismos problemas dentro de la incasable búsqueda de realización personal tanto los daneses en su Kollektivet, los franceses en L’avenir, los canadienses con Boris sans Béatrice o los chinos con Crosscurrent (Chang jiang tu). Muchos ejemplos de un mismo fracaso.

Cómo no oír la queja sobre el patriarcado y la herencia colonial en The Patriarch (Mahana) y Cartas da guerra mientras en lo bajo hierve la fuerza de la mujer y su ética del cuidado. Cómo no reacomodarse en la silla y carraspear ante el asunto migratorio expuesto en Soy Nero y Fuocoammare. Este último nos cuenta la tranquila vida de un pueblito de pescadores italianos que encaran diariamente a la desventura personificada en la búsqueda del sueño europeo de los migrantes que llegan a sus costas en cualquier condición. Sin embargo, somos dados a magnificar los acontecimientos mientras estos trascurren y solo el paso del tiempo los ubica donde se debe.

La rueda de la vida no se detiene. El niño de Fuocoammare es análogo a Europa que parece correr con su día a día y ni siquiera así le alcanza. ¿Dónde están las raíces de los problemas europeos? Con esa pregunta no se puede mirar de soslayo las potentes cargas de profundidad que constituyeron Muerte en Sarajevo (Smrt u Sarajevu) y United States of Love (Zjednoczone stany mi?o?ci). Los dos son largometrajes que nos hacen volver a esculcar en la historia de Europa donde ha habido Ilustración, Modernismo y Unión,  Colonialismo, Exterminio y Holocausto. En la primera, Muerte en Sarajevo, tenemos el asesinato del archiduque Franz Ferdinand que arrastró a Europa a la larga y desgastante Gran Guerra «solucionada» por medio del armisticio alemán que apenas sirvió de abono para la Segunda Guerra Mundial. En la segunda, United States of Love, presenciamos como el desenlace en la caída del muro de Berlín y la reunificación alemana prendieron todas las alarmas, pero las soluciones solo escasean.

Es tal vez por estas razones que tengo cierto reclamo al jurado presidido por Meryl Streep en esta edición del festival berlinés. O porque al no haber premiado a los polacos o a los bosnios con el galardón principal, y apenas consolarlos con los de plata que se llevaron, siento que Europa se mantiene tan acosada por el presente que sigue sin hacer con suficiencia la tarea pendiente de mirar en su pasado y  empezar a resolverse a sí misma. Las reacciones de diversos sectores europeos al tema migratorio y de multiculturalidad lo echan en falta.