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Kinetoscopio Edición 113 / Reseñas

berlinale-66

Carol o los tabúes sexuales vistos en 16mm

Carol, de Todd Haynes



Ruth Caudeli

Boogtá, Colombia

 

La cinematografía contemporánea se está interesando cada vez más por historias que rompen las convenciones tradicionales. El espectador demanda narraciones que reflejen la realidad en todos sus aspectos y una de estas realidades inevitables es la diversidad sexual. Esta pluralidad ha estado siempre presente en la sociedad a pesar de los esfuerzos de muchos por esconderla. Por ello, Todd Haynes nos regala con Carol (2015) una brillante adaptación de la novela homónima de Patricia Highsmith, en la que una siempre misteriosa Cate Blanchett mantiene un affaire prohibido con la cada vez más impecable y sutil Rooney Mara durante los años cincuenta estadounidenses. Esta relación vetada se convierte en un periplo amoroso entre dos mujeres en una época en el que las relaciones entre personas del mismo sexo eran un verdadero tabú.

Más allá de la hazaña que supone este vínculo afectivo, nos encontramos con dos personajes construidos en las antípodas de lo que podría ser el cliché lésbico al que muchas narraciones nos tienen acostumbrados. Carol, la protagonista que da nombre a la cinta, representa a una mujer revolucionaria, siempre viviendo por encima del momento y tratando de romper esquemas sociales. Pero el personaje interpretado por Blanchett, con una eterna mirada de porcelana, acaba siendo víctima de ese contexto opresivo y machista y verá como la vida le presenta una temible encrucijada. Con esta bifurcación vital se encuentra también Therese (Rooney Mara), quién parece estar habitando una vida ajena, siempre con anhelos de un sueño desdibujado por su juventud.  El misterio y la atracción que Carol irradia chocarán con la monotonía de Therese, quién encontrará el vuelco que necesitaba para salir de su zona de confort.

Mucho se ha hablado ya de las interpretaciones de las dos actrices, pues el tándem configura uno de los mayores atractivos de la cinta, pero más allá de lo que ambas representan interpretativamente, hay que resaltar la milimétrica construcción de los personajes que realiza Haynes. La fuerza interpretativa de Cate Blanchett, siempre soberbia, contrastan con la fragilidad de una Rooney Mara que juega constantemente a hacernos creer que va a romperse, pero nada más lejos de la realidad, pues Therese planta cara a Carol y la reta para llegar a un final realmente conmovedor.

Y no sólo se trata de personajes. El ciclón Lubezki no la dejó triunfar en los premios Oscar, pero Carol es, sin duda, una de las mejores direcciones de fotografía de este año. Todd Haynes tuvo clara desde el principio su intención de trasladarnos a una época muy concreta, los años 50 norteamericanos. El trabajo con Ed Lachman, su director de fotografía, para lograr esa estética de medianos de siglo a través del celuloide del momento es impecable. El uso de la película de 16mm genera unas texturas y, en general, una atmósfera de ensueño que juega a favor de la narración y de esa burbuja en la que Carol y Therese se acaban sumergiendo. Esa estética coetánea a la época nos ayuda a ‘vivir’ la película, a empatizar con un momento que socialmente podría sernos reprochable. Los tabúes sexuales vistos a través del grano que genera el 16mm generan una contradicción visualmente exquisita.

 

Carol es una de esas películas que, como el buen vino, mejora con el tiempo, y eso que ha pasado bien poco desde su estreno. El esperanzador final y el mensaje que éste transmite, necesitan de una digestión lenta que convierten en la película en una cinta memorable. Se trata de una narración en la que convergen distintos elementos, todos de excelente calidad, para recrear una catarsis emotiva que remueve nuestras entrañas y nos hace valorar y reflexionar sobre la valentía de estas dos mujeres que lucharon contra su época y su status quo.