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El hijo de Saúl, de László Nemes

Kinetoscopio Edición 113 / Reseñas

berlinale-66

El horror de Saúl

El hijo de Saúl, de László Nemes



Liliana Zapata B.

Medellín, Colombia

 

Se han hecho cientos de películas cuyo telón de fondo o su esencia misma, es el holocausto perpetrado por los nazis contra los judíos durante la Segunda Guerra Mundial, y sin embargo, el horror vivido por los millones de víctimas nunca alcanzaremos a imaginarlo. El primer largometraje del director y guionista húngaro László Nemes, El hijo de Saúl (Saul fia, 2015), hace uso una vez más de este recurso y nos acerca de nuevo muy a su manera a este hecho tan nefasto en nuestra historia.

La película se remonta a la realidad de Auschwitz, uno de los más famosos campos de concentración nazis, y específicamente a la tarea diaria de uno de los sonderkommandos, unidades conformadas también por prisioneros aislados del resto, que se encargaban de la limpieza de las cámaras de gas -una vez estas habían acabado con la vida de cientos de personas-, y de la posterior cremación de los cadáveres. El largometraje comienza con una imagen desenfocada de parte del terror vivido en aquellos campos, e inmediatamente después vemos en primer plano a Saúl Ausländer interpretado por el también debutante húngaro, Géza Röhrig, miembro de una de estas unidades, quien encuentra en el cadáver de un niño -a quien se apropia como su hijo-, y en su propósito de darle una sepultura digna, un sentido para lo que aún puede quedar de su vida.

La escena desenfocada del comienzo no es un hecho aislado del film, pues es esto quizás; aunado a unos efectos de sonido, tan angustiantes como impactantes; lo que hacen de él algo tan innovador para recrear estos eventos. A lo largo de todo el metraje, las escenas más macabras de los cadáveres, y el tránsito de estos, entre otros, son solo adivinadas entre unos segundos planos deformados por la cámara, pues lo que el director busca, sin perder de vista este contexto, es que entendamos a Saúl y su lucha por sobrevivir en este infierno y mantener la cordura, y el por qué del gran significado de las decisiones que toma. Es la forma personal de Nemes de abordar una historia contada tantas veces ya, y es precisamente esa original postura de mostrar sin mostrar, la que aleja tanto a esta película de las tantas que se han hecho alrededor del mismo tópico.

Otro de sus grandes aciertos es la multiplicidad de matices, de historias que se pueden adivinar a través de la mirada de Saúl, quien es nuestro único contacto con el universo despiadado de los campos de concentración y el único al que acompañamos durante todo el largometraje. Lo que ve Saúl es lo único que ve la cámara, y en consecuencia, lo único que vemos nosotros como espectadores. En su rostro parco y carente de expresividad podemos intuir la casi inmunidad ante un horror tan impensable y un hastío tan incorporado que lo han dejado con esa mirada abyecta que hace difícil imaginar ya lo que pasa por ella.

Un acercamiento diferente a un mismo contexto visto desde los ojos de otras víctimas, siempre será válido y más aún si este busca ante todo no solo objetividad sino reflejar algo del dolor que sintieron miles de nuestros congéneres en un episodio que no debió existir jamás. La lección de esta clase de filmes siempre podrá ser de doble vía, por una parte quizás podamos darnos cuenta que cuando no sabemos lo que queremos ni tenemos claros nuestros valores, un liderazgo mal encaminado puede llevarnos a límites inimaginables de crueldad y violencia, pero en contraste, entendemos que también nuestra capacidad de resiliencia es infinita y nos ha permitido superar sucesos como estos en nuestra historia. De modo que depende siempre de nosotros extraer de cada evento lo que queramos tomar para aprender, ahí subyace todo el valor de nuestra naturaleza, en decidir por cuál de las sendas queremos continuar. Y es acá cuando cintas como esta, adquieren todo el sentido, siempre que tengamos claro que solo dependerá de nosotros tomar lo valioso de ellas.