Kinetoscopio Edición 113 / Cine latinoamericano

un-oso

Pelaje por fuera, acero por dentro

Historia de un oso, de Gabriel Osorio


Juan Carlos González A.

Medellín, Colombia

 

El artesano acaba de reparar las piezas mecánicas de las figuras animadas que constituyen su teatrino callejero. Ha trabajado toda la noche y ya  amaneció. Está en su habitación y en la cama vacía se dibuja el peso de su cuerpo y el de su pareja ausente. El artesano pasa por el cuarto de su hijo, también vacía y silente, donde hay juguetes y fotos que hablan de un pasado feliz y bullicioso. ¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué esta soledad?

Historia de un oso (2014) va a intentar contárnoslo en tan solo diez minutos, pues es un cortometraje animado hecho en Chile y que ganó a finales de febrero de 2016 el premio Oscar en su categoría, un hecho tan feliz como inédito para la animación latinoamericana. Su director y guionista, Gabriel Osorio se inspiró en la historia de encarcelación y posterior exilio de su abuelo paterno, Leopoldo Osorio, para contarnos este relato de expiación, resiliencia y memoria, disfrazado de cuento infantil.

“El primer recuerdo que tengo con mi abuelo es haber estado en el cementerio. Apenas él pudo volver a Chile, pudo ir a ver la tumba de su hijo, que es mi papá y que falleció cuando él estaba en el exilio. Pensar en eso, cuando chico, verlo a él frente a la tumba, pensando en el tiempo que perdió y que, en el fondo, no pudo despedirse de su hijo, todo eso dejó una marca muy fuerte”, declaraba Gabriel Osorio en entrevista con Tomás Aravena para el periódico La tercera, de  Chile.  Con esos recuerdos, con esa vida que tuvo que marcharse ante la amenaza dictatorial, el director construyó una narración metafórica que hablara del horror, pero que fuera lo suficientemente sutil para ser arte y no panfleto. Por eso el artesano de esta historia es un oso. Un oso antropomórfico, peludo y de aspecto tierno, tal como estamos acostumbrados a verlo en juguetes, tiras cómicas y otras animaciones. Sin embargo este oso adulto es un personaje nostálgico, que arrastra dolores varios.

El teatrino mecánico con el que sale a las calles buscando sustento es a la vez testimonio y recordatorio de su historia. Quien paga una moneda tiene acceso a un diorama en el que hay una realidad donde los personajes son ahora de metal –el oso, su esposa y su hijo- movidos por resortes, piñones y alambres. Ahí adentro se nos relata la tragedia que este oso padeció alejado por la fuerza de su familia. Hay entonces dos niveles de relato en  Historia de un oso, el externo –el real- y el interno –el evocado en el teatrino. En ambos hay pesares, pero también en ambos hay resiliencia, como si Gabriel Osorio quisiera decirnos que debajo del pelaje del oso lo que hay es un metal, no aluminio y latón como en los muñecos, sino acero para soportar tantas tormentas y adioses. "Yo no entendía muy bien qué era esto de la política que le impedía estar con la familia. Fue una cosa muy tremenda, porque por un hecho político, ajeno, mi familia quedó desmembrada. Ese es el mensaje que quise trasmitir con el cortometraje, de algún modo. Que no hay nada que valga para separar a una familia", explicaba Oosrio a la BBC.

Solo algo diferencia los  dos relatos. La posibilidad del arte de mejorar la realidad, de darle un final soñado a lo que en verdad es patético y gris. Ahí está la fuerza de este cortometraje, ahí reside su emotividad y también su peso. Con un enorme esfuerzo, Osorio y la productora Punkrobot logró en cuatro años y a un costo de 40.000 dólares dejar listo un corto al que le sobró alma, sentimiento y motivos. Todos esos excesos fueron con justicia premiados.