Luis Ospina: Los papeles del Capitán Misterio

Revista Kinetoscopio / Edición 113

 

Fotografía cortesía Juan Cristóbal Cobo

 

Luis Ospina: Los papeles del Capitán Misterio

 

Por Sandro Romero Rey
Bogotá, Colombia.

 

Comenzando la década de los ochenta, consolidé una profunda y peligrosa amistad con el desaparecido director de cine caleño Carlos Mayolo. Él acababa de regresar de su primer viaje a Europa y, de inmediato, nos inventamos una espontánea asociación para crear y para delinquir. Un año antes, había sellado un pacto de complicidad cinéfila con Luis Ospina, el compañero de insurgencias de Mayolo en cuatro películas definitivas para el cine colombiano de los años setenta (Oiga vea, Cali: de película, Asunción, Agarrando pueblo). Nuestros respectivos acercamientos se habían consolidado en el Festival de Cine de Cartagena. Con Ospina, en 1979. Con Mayolo en 1980. A los dos los había conocido desde mi más tierna adolescencia, en el Cine-Club de Cali que comandaba Andrés Caicedo. Y en el Restaurante Los Turcos, ambos detonantes de Todo comenzó por el fin (2015), la ópera magna de don Luis Ospina.

Pero yo no estaba aún en edad de merecer semejantes peligros ambulantes y esperé hasta mi mayoría de edad para acercármeles con la protección de la cinefilia. Inaugurando lo que podríamos denominar “la década maldita”, Luis Ospina (conocido como “Poncho” entre los más cercanos) se preparaba para su primer largometraje, Pura sangre, una película de vampiros locales. Cuenta la leyenda que Mayolo le había dicho a su antiguo compañero de fórmula: “quiero hacer una película sin vos”. A lo que Ospina, con su velocidad verbal característica, le contestó con una pregunta: “¿Muda?”. El hecho es que don Luis, organizado hasta el agotamiento, se comprometió con las nuevas políticas de la Compañía de Fomento Cinematográfico (Focine) y se le adelantó a su amigo en la realización de su primer film de largo aliento en solitario. En esa ocasión, Mayolo ya no fungiría como codirector sino como uno de los actores protagónicos. Mientras Luis y su compañera, Karen Lamassonne, se trasnochaban en el diseño de producción de su cinta, a mí me quedaba mucho tiempo para descubrir el mundo y para zanganear con Mayolo. Toda esta introducción sólo me sirve para confesar que, desde aquella época, con Carlos decidimos llamar a Ospina “El Capitán Misterio”.

El Capitán Misterio fue un personaje creado por el dibujante catalán Emilio Freixas. La historieta nació un año antes de que Carlos Mayolo viniera a este mundo y desaparecería del universo de las historietas en 1949, el año en que don Luis Ospina aterrizara sin salvavidas en el hogar de la familia Ospina Garcés. Poncho nunca ha tenido capa de superhéroe pero sí se ha sabido rodear de “una ola de misterio”, como pregona alguna canción de Richie Ray. Para sus amigos, en materia de cine, siempre ha sido un libro abierto, con una memoria un tanto sobrenatural y un cerebro que la Fundación Patrimonio Fílmico debería considerar donarlo a los científicos que estudian la amnesia. Pero Poncho ha sido el Capitán Misterio porque nunca ha destapado del todo sus cartas. En el fondo, muy en el fondo, se ha guardado secretos que ya quisiéramos descubrir sus amigos más cercanos pero que, ni en sus documentales más íntimos, ha querido revelar. Y el asunto, a mi modo de ver, ya se quedó así. Y no me parece malo.

Está muy bien que un director de cine se encargue de engañarnos una y otra vez, haciéndonos suponer que dice siempre la verdad cuando, en realidad, se ha obsesionado por las imposturas, por los secretos, por “confundirlos cuando lo que quieren es que los desconfunda”, según la máxima que dice el personaje proletario de Agarrando pueblo. Lo importante es que, quienes nos atrevemos a trascender la amistad y procuramos develar lo que el amigo nos esconde, siempre encontremos los secretos perdidos en el laberinto de sus creaciones. Y no repetirnos. He ahí el problema. Con Poncho he vivido tantas cosas, hemos sufrido tantos dolores y hemos salido a la otra orilla tantas veces, que ya no sé si los asuntos los he compartido con él, los he pensado, los he escrito o simplemente él se los ha inventado. Haciendo una lista desordenada, trato de recordar en qué momento comencé a escribir sobre don Luis en mi vida y creo que el asunto comenzó con Pura sangre: entrevisté a su director de fotografía, el cubano Ramón Suárez. Entrevisté a su protagonista, Gilberto “Mr. Fly” Forero, a quien conocía desde mi infancia, como tramoyista del Teatro Municipal de Cali. Luego, durante el rodaje de su primer largo, me colé en las ocho semanas de filmación y ensayé un diario que saldría publicado en la desaparecida revista Caligari.

Así, han pasado los años, las décadas, la vida. Cuando Luis se decidió a publicar su primer libro (Palabras al viento. Mis sobras completas. Ediciones Aguilar. Bogotá, 2007), escribí una presentación que terminó siendo una confesión. Tiempo después, en 2011, en la extensa compilación titulada Oiga/Vea. Sonidos e imágenes de Luis Ospina (Universidad del Valle. Cali, 2011) se recogieron tres textos de mi autoría, que dan cuenta de distintos momentos, tanto de su gesta creativa, como de nuestros juegos privados (“Pura sangre en circulación”. Caligari. Cali, 1982; “Luis Ospina: el video como arma de resurrección”. Cinémas d’Amérique Latine. Tolouse, 1995; “Retratos hablados: Fernando Vallejo, Barbet Schroeder, Luis Ospina”. Inédito, 2007. En la bibliografía final figuran cuatro textos más que ni guardo ni recuerdo…). Para completar la sobredosis, le dediqué varios capítulos a su obra, en mi libro Memorias de una cinefilia (Andrés Caicedo, Carlos Mayolo, Luis Ospina) (Siglo del Hombre. Bogotá, 2015). Y en una recaída con respiración boca a boca publiqué, para la revista Arcadia, un texto en el que cuento las circunstancias que rodearon su agonía y resurrección, los cuales sirvieron de trasfondo para la creación de Todo comenzó por el fin (“Luis Ospina. El fantasma de la libertad”. Arcadia, octubre, 2015).

¿Para qué insistir? Simplemente, porque a los amigos geniales hay que quererlos. Segundo, porque el olvido es una trampa que acaba con las rumbas. Y, en tercer lugar, porque escribir sobre cine es un asunto que nos sumerge en otras profundidades. Cuando se está en la mitad de un océano de incertidumbres, en el que la amistad, en última instancia, es la tabla de salvación, las palabras se convierten en un reto de vida o muerte. Hoy, en una noche infernal de un año bisiesto que no perdona sexos ni cantantes interplanetarios, insisto en colaborar en el homenaje hacia un gran amigo por el que no me sobran las palabras, sino que me quedan faltando las pruebas de agradecimiento. Mientras garrapateo con tinta sangre estas líneas de insomne, entiendo que voy a entrar a mis 57 años, 10 menos que don Luis Ospina. Hemos recorrido, en una velocidad no controlada, casi 40 años de nuestras respectivas existencias, apoyándonos el uno al otro, en nuestras películas, nuestros libros, nuestras enfermedades, nuestros pequeñas muertes. Cuando Andrés Caicedo se suicidó, sentimos la necesidad de aunar esfuerzos para publicar, con la mejor responsabilidad con la que contábamos en ese momento, la totalidad de sus textos perfectos. Hoy, pareciera que no tenemos las mismas fuerzas, ni Luis puede atravesar las montañas para hacer, qué se yo, prodigios como Cali, ayer, hoy y mañana, Nuestra película, La desazón suprema: retrato incesante de Fernando Vallejo o Un tigre de papel. No tiene las fuerzas físicas, porque las enfermedades más crueles se han ensañado con su cuerpo. Pero su inteligencia, su amor desenfrenado por el cine, su memoria de mamut, su afán por los viajes o su simple terquedad creativa, lo han llevado al límite de construir un documental para decirle a la muerte que no, que no le tiene miedo, que se lo lleve si quiere, pero que aquí quedaremos unos pocos buenos amigos que intentaremos mantener el volumen de la fiesta muy en alto, mientras escarbamos, en el fondo de sus archivos ordenados hasta la histeria, en cuál de sus cajas fuertes se encuentran escondidas las claves creativas del Capitán Misterio.


Sandro Romero Rey.
Ha combinado desde muy joven la actividad teatral con la literatura, el cine, la radio y la televisión. Entre sus obras se destacan: Oraciones de una película virgen, Las ceremonias del deseo y Mick Jagger: el rock suena, piedras trae. Realizador de documental de largometraje Sonido bestial en compañía de Silvia Vargas, sobre Ricardo Ray y Bobby Cruz