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Festival Internacional de Cine de Venecia 2016

La Mostra 73

 

Por Juan Carlos Lemus P.

Colombo, Sri Lanka

 

El 10 de septiembre el Festival de Venecia, el patriarca de los festivales, cerró su versión 73. Lamentablemente, el paso del tiempo ha hecho que pierda brillo y se vea como un viejo al que se respeta pero al que no se le da mucha atención. Hoy Venecia es a Cronos, como Cannes es a Zeus en el Olimpo de las muestras de cine. Posiblemente cansado de Tártaro y con la hoz, su director Albert Barbera, otra vez en mano ha decidido volver a dar pelea. Y ahí va.

 

Las apuestas perdidas.

Les Beaux Jours D’Aranjuez de Win Wenders donde usa el 3D como una nueva e inentendible herramienta. Solo queda el sopor y la pregunta si el gran documentalista se tragó al anterior director de ficciones. Similar pasa con On The Milky Road de Emir Kusturica. El multipremiado director se ha quedado en lo mismo, “no es que se le haya acabado la magia, sino que ya le conocemos el truco”, con una película entretenida apenas, lejana del su cine de décadas atrás. La luz entre los océanos (The Light Between Oceans), de Derek Cianfrance trae los hermosos paisajes de Nueva Zelanda como una secuencia de fotografías incapaces de sostener una historia que pudo haber sido. El cliché de las reinas de belleza versión película: solo cascara. En Frantz una primera parte no del todo mala se echa a perder porque su director François Ozon se las da de avispado y el Deus ex machina se hace insoportable. También cabe Piuma, del italiano Roan Johnson. Y no es que no diga nada, sino que tanto alboroto y el chiste flojo la acercan más a telefilmes tipo Dago García que a los que pisan un festival de esta alcurnia, la condescendencia con el producto nacional se da hasta en las mejores familias. El iraní Amir Naderi fue galardonado con el “Premio Jaeger-LeCoultre Glory to the Filmmaker 2016”, y presentó Monte: Agostino vive en alta edad media pero inexplicablemente es un picapiedra. Solo cuando se oye al director se entiende el sentido de lo que quería mostrar. La gracia del chiste se pierde si necesita ser explicado. Si tan solo me hubieras abierto el plano un poco Amir…

 

Apostar y salir igual.

Une Vie de Stéphane Brizé es la nada en forma de la vida de muchas mujeres del siglo XIX. Personas hechas objetos decorativos por la época, su espíritu no les dio más que casarse y ser desconsoladamente aburridas. Alargada más de debido y sin ser saberse bien qué dice hoy tanta inoperancia. Igual pasó con Damien Chazelle y su La La Land: una historia de amor azucarada en la ciudad de Los Ángeles, donde titila el aviso de Hollywood, tiene su lado oscuro. Este musical se deja ver, se disfruta, y Emma Stone arrolla, y sale premiada; pero poco más. Similar sensación deja Terrence Malick con Voyage of Time: Life’s Jorney. Un documental, un paso más en su acercamiento al cine silente de este director. Imágenes y narración formulan las preguntas metafísicas de siempre: ¿por qué estamos acá?, ¿qué sentido tiene existir?, ¿para qué vinimos? Es el maniqueísmo con el que expone sus ideas religiosas de trascendencia lo que deja un tufo maluco. En el western Brimstone, de Martin Koolhoven, es Liz (Dakota Fanning), la buena y El Reverendo (Guy Pearce) el malo. Todos los elementos típicos de este género casan dentro de lo violentamente verosímil de la película donde lo nuevo está en Liz. Pero acá es el bonito el desentona. Con Ana Lily Amirpour mi apuesta era alta: The Bad Batch agarra por cuenta de distopía como extrapolación alucinante de la sociedad gringa. Dos pueblos, el de Miami Man (Jason Momoa) lleno de culturistas que oyen a los suecos de  Ace of Base mientras asan carne humana; y el otro, el de The Dream (Keanu Reeves)., donde se enfiestan con deep house y viajes de éxtasis y LSD oyendo discursos de su  gurú  (Keanu Reeves). Y en la mitad de los dos, la nada. Allí quedamos cuando la directora nos deja caer al resolver el asunto pendiente de Arlen (Suki Waterhouse) con un montaje donde la situación amorosa que sobreviene resulta una mala y afanada sorpresa al problema planteado. El León de Oro en esta edición fue para La Mujer que se fue (Ang Babaeng Humayo), de Lav Díaz. Pero el cine es síntesis y no le puede pasar lo del mapa borgiano. Si Díaz tiene problemas con ello (su filme tiene un metraje de 226 minutos), está la televisión; pero por favor, no más películas eternas. Paolo Sorrentino dijo en su presentación de su miniserie The Young Pope que esta era una película de diez horas; tal vez así el cine de Díaz invite más.

 

Las ganancias.

Esas estuvieron en las fichas puestas en Nocturnal Animals de Tom Ford: impresionante el trabajo de dirección y adaptación del afamado diseñador. Amy Adams es Susan una artista asentada en Los Ángeles que siente más que desabrida su vida al recibir un regalo de su exmarido, el escritor Edward Sheffield (Jake Gyllenhaal), después de 19 años sin contacto con él. Un libro que la atrapa y donde ella se ve reflejada. En este metarelato el modisto cose todas las piezas de un traje a la medida, con un montaje que sostiene una historia de suspenso y venganza. Quizá como único exceso se pueda hablar de la banda sonora que enfatiza demasiado lo que se está visionando. Grandiosa, como también El ciudadano ilustre, -ah bueno ver filmes latinoamericanos lejos de los lugares comunes que normalmente llegan a los festivales. El dúo de directores argentinos Gastón Duprat & Mariano Cohn la rompen con este filme, que mereció irse con algo más que el premio como mejor actor (para Oscar Martínez), cuando nos hablan del desarraigo, de las relaciones humanas, y muestras las transformaciones del ser mientras nos divierten con el buen humor porteño. Igual pasó con Los Nadie de Juan Sebastián Mesa, un bálsamo en la filmografía festivalera colombiana. Y es que los clichés están, pero se ven lejos. Así como viven estos cinco personajes haciendo malabares para vivir en una sociedad que los expulsa.

Ha sido, pues, un festival que por su poco afán y alta apuesta cinematográfica invita a volver a sentarse en este casino del Lido de Venecia y apostar en él.

 


Juan Carlos Lemus P

Afortunadas contingencias de la vida hicieron que este ingeniero electrónico opita con MA en administración dejara su país para moverse por el mundo. Esa especial condición le dio el tiempo y la oportunidad de dedicarse a escribir desde hace algunos años sobre sus pasiones: el cine y la música. Hoy vive en Sri Lanka y con el ánimo de profesionalizar sus escritos está terminando un máster en Filosofía  práctica.