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Festival de Cine de San Sebastián 2016

Siete películas, un festival

 

Carlos Losilla

Barcelona, España


1. Aunque solo fuera por tres películas, la sección oficial del 64o Festival Internacional de Cine de San Sebastián, celebrado del 16 al 24 de septiembre de este año, ya habría merecido la pena. Nocturama, de Bertrand Bonello, es una aproximación al terrorismo atrevida y sensible, sobre todo en estos momentos, y el hecho de que no fuera aceptada en la última edición de Cannes no es más que un ejemplo de su valentía. En ella, un grupo de jóvenes de ideología desconocida, perpetra una serie de atentados simultáneos en París, para acabar atrapados en unos grandes almacenes, lo cual constituye, sorprendentemente, la totalidad de la segunda parte de la película. A Bonello le interesa más la banalidad de sus actitudes, signo de los tiempos, que el debate político, siempre expuesto a todo tipo de manipualciones. Por su parte, Yourself and Yours, la última miniatura de Hong Sang-soo, pone en escena a un grupo de hombres y mujeres que se encuentran y desencuentran indefinidamente, en múltiples situaciones y lugares, puede que en el presente y puede que en el pasado, en una metaficción que recuerda a la vez a Alain Resnais y a Richard Linklater. Y, para terminar nuestro pequeño recuento, surgió una película en el certamen, La reconquista, que también nos habló del amor y del tiempo. En efecto, en su cuarto largometraje, el joven cineasta Jonás Trueba cuenta un romance que tuvo lugar hace quince años a través de sus repercusiones en el presente, pero de una manera tan oblicua y elusiva, a través de una poesía tan sutil, que todo parece una experiencia onírica, como si los adolescentes soñaran a los adultos y viceversa, en una suerte de intrincado laberinto sentimental regido por la circulación obsesiva de una carta. Sea como fuere, estas tres películas definen con elegancia el cine contemporáneo que realmente nos conmueve: un universo como el nuestro, en el que nos movemos como flotando, entre realidades que han dejado de ser verdades para convertirse en simulacros por los que ya no podemos dejar de sentirnos fascinados.

2. De eso habla Snowden, la última película de Oliver Stone, también a concurso, una recreación de la peripecia del espía del mismo nombre que puso en jaque al imperio yanqui hace poco. Pero poco de ello apareció en el palmarés del jurado oficial, que se decantó por I am not Madame Bovary, de Xiogang Feng (mejor película y mejor actriz), y El invierno, del argentino Emiliano Torres (premio especial del jurado y mejor fotografía), dos películas correctas pero insípidas, por mucho que el premio al mejor director fuera para Hong. Por el contrario, la mayor parte de las joyas del festival se encontraban en las secciones paralelas, ya fuera Nuevos Directores, dedicada a primeras y segundas películas, o Zabaltegi, cajón de sastre del cine más atrevido. Porto, por ejemplo, es una miniatura emocionada y lúcida debida al joven director Gabe Klinger, la historia de dos seres perdidos que se encuentran en la ciudad portuguesa del título e inician una historia de amor que, al igual que en Yourself and Yours o La reconquista, da lugar a múltiples idas y venidas, como si se contara varias veces y de diversas maneras, como si existieran distintos modos de narrarla y, con ello, también cambiara su contenido y su forma. El cine, ahora, es flexible y multiforme, y puede dar lugar a materiales como los que construye Pretenders, de Vallo Toomla, o la muy distinta Lumières d’èté, de Jean-Gabriel Poirot. En la primera, una pareja conoce a otra que podría ser inventada, un simple pasatiempo –que resultará casi letal— para animar su aburrida vida en común. Esta mezcla de thriller paranoico y melodrama bergmaniano, filmado con implacable sentido del detalle, puede que resulte a veces artificial y forzado, pero también es una crónica devastadora sobre la soledad y el tedio, sobre la realidad y sus múltiples apariencias. En la segunda, un director de cine quiere filmar la memoria de Hiroshima y acaba enfrentado al simpático fantasma de una mujer que conoció aquel horror y, sin embargo, mantiene intactas su dulzura y su alegría. La vida espectral, ese mundo en el que vivimos casi sin apercibirnos de su materialidad, es el tema de ambas película, tan humildes como sustanciosas, el cine visto desde sus orígenes hasta el presente.

3. Y déjenme hablarles, para finalizar esta crónica festivalera en tan solo siete películas, de La idea de un lago, de Milagros Mumenthaler, otra de las piezas clave de aquellos días donostiarras. A partir de una mujer embarazada y de los recuerdos de su pasado, de una casa familiar y de la desaparición de su padre durante la dictadura argentina de los años 70, este trabajo delicado y atroz, que desprende simultáneamente un dolor inenarrable y una esperanza plena, juega con los vericuetos de la memoria y la ficción para preguntarse sobre la autenticidad de las imágenes, sobre la veracidad de los mundos que construimos, ya sea mediante el arte o en nuestras cabezas. De hecho, toda la película podría pasar en la mente de la protagonista, en sus tortuosos circunloquios, como si el cine no fuera más que la intención de dar forma a las sombras que nos atormentan. Un festival también es eso, y no la colección de obras maestras que desearían los más optimistas. Pues bien, si es así, esta edición de San Sebastián constituyó todo un logro: hubo películas mediocres e incluso alguna rematadamente mala, claro está, pero ninguna dejó de hablar de todo lo dicho en estas líneas, ninguna se mostró ajena al debate que nos propone el cine de ahora, ese universo que más nunca se encuentra flotando a medio camino entre la pantalla y nuestra percepción de las imágenes que vemos en ella. Justo en esa suspensión se encontraron casi todas las películas en San Sebastián. Y estas siete más que ninguna otra, por supuesto.