Cumbres Borrascosas (2011)

 

 

La inmersión hecha postal

 

Por Andrés Rodelo

Manizales, Colombia

 

Ponderada la incipiente y prometedora carrera de Andrea Arnold, Cumbres Borrascosas (Wuthering Heights, 2011) destella en el horizonte de sus hasta ahora cuatro largometrajes como creación aislada, como paso suspendido en su filmografía. Y resalta por su condición de obra en la orilla, encallada en el trayecto, pronunciada con mayor fuerza cinco años después cuando la directora retoma con American Honey (2016) el cauce de sus señas de identidad más notorias.

Me refiero a cuatro dislocaciones de este filme: partir de una adaptación literaria, contar con protagonista masculino, ser película de época y de pocos diálogos, en contraposición con una tendencia en el resto de su obra por el material original, las protagonistas femeninas, historias ambientadas en el presente y una ingente cuota de conversaciones, respectivamente. Aunque este no es el caso en que dichos valores configuren un resultado que pareciera en las antípodas del estilo del realizador, hecho por alguien externo. Se mantienen recurrencias o fetiches, dando cuenta de la presencia indiscutible de Arnold tras las cámaras.

En lo técnico, filmación con cámara al hombro, de estilo documental con desenfoques voluntarios, despreocupado por una factura clásica de movimientos fluidos y reposados. En lo narrativo, figuras como el triángulo amoroso, protagonistas adolescentes y marginados (de carácter inmanejable), inusitadamente tiernos y sensibles al exponerlos el amor, bálsamo adormecedor del caos vital y de las carencias que los golpean.

Curioso comprobar cómo estas marcas “ausentes” de su sello parecieran adoptar nuevas formas en un desplazamiento hacia otros terrenos. Si bien no existe una protagonista, este peso no solo recae en los personajes femeninos, sino también en el origen del argumento, basado en una novela homónima escrita por una mujer, la británica Emily Brontë.

El género femenino como centro inspirador y propulsor de la historia, guiño que Arnold hace a su compatriota. Sensibilidad que palpita soterrada, en lugar de figurar encarnada y a la vista por una actriz principal.

En principio, conmueve su dimensión sensorial, la sintonía de las imágenes con la naturaleza. La niebla, la lluvia, el viento, la luz y su contacto con animales y hombres, partes indisolubles de un sistema cuyas sensaciones se intensifican y agudizan gracias al sonido. La lluvia empapa, la niebla se filtra por la pantalla, una inmersión bastante lograda.

Pero Arnold se ‘engolosina’ metiendo dos o tres planos de paisajes antes de una elipsis. Abusa tanto del recurso que deviene en rutina desgastada y malgastada. Mucho menos se justifica una proliferación de flashbacks en varios tramos de la segunda mitad, puestos para contrastar innecesariamente situaciones similares entre el presente y pasado de los protagonistas. Se omiten y la narración queda intacta. Ni le quitan, ni le ponen.

Cuestiones que sacan al espectador de la película, que remarcan la división entre audiencia y pantalla, resintiendo la implicación emocional con los personajes. Uno quisiera más momentos como el de Cathy lamiéndole las heridas a Heathcliff (los reflectores sobre la condición humana) y menos postales turísticas en movimiento.

 


Andrés Rodelo.

Periodista radicado en Manizales. Escribe en el Blog Estúpido, del periódico La Patria. Atesora gratos recuerdos de la primera vez que vio El Tercer Hombre (1949), de Carol Reed.