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La La Land, de Damien Chazelle

Especial Oscars 2017: La La Land, de Damien Chazelle

Ciudad de estrellas

 

 

Yasmín López
Medellín, Colombia

Es otro día de calor y afán en Los Ángeles, la ciudad de los sueños. El tráfico está paralizado en un puente elevado y los conductores esperan impacientes a que el gigante atasque se disipe. De repente, alguien sale de su carro y empieza a cantar, luego lo hace alguien más y otro más y otro más, los carros se vuelven pistas de baile y  todo se confunde en un alboroto de música, baile, color y euforia. La secuencia inicial de La La La Land (2016) no deja duda, este es un musical, al estilo del antiguo Hollywood, pero uno donde también habrá lugar para lo normal y cotidiano.

¿Quién no ha visto un musical clásico de Hollywood y no ha deseado poder, por un momento, vivir en ese mundo de technicolor? Un mundo de emociones puras, de colores vibrantes y escenografías perfectas. Un mundo donde un personaje que camina por una calle en una noche lluviosa está tan feliz y enamorado que debe empezar a bailar y cantar. Un mundo donde la solución a los problemas se encuentra al otro lado de un camino amarillo y los amantes siempre encuentran la manera de estar juntos. Este es el mundo  que Damien Chazelle, el joven director de La La Land —el mismo que hace un par de años nos impactó con la visceralidad de Whiplash (2014)—, quiere recuperar para los espectadores de hoy. La forma amorosa en que la película se apropia de la textura y el estilo del musical clásico, exaltada por la efusión de referencias a los grandes musicales de Hollywood de los años 40 y 50 y del director francés Jacques Demy, nos hacen enamorar de este incomprendido género. El combustible que impulsa La La Land es la idea de que la nostalgia puede ser atrevida y efervescente.

Pero Chazelle no se limita a homenajear un pasado cinematográfico. Con todo y el respeto que su película exuda por la tradición musical de Hollywood, la historia no queda atrapada en un tiempo anterior. Chazelle se las arregla para envolver una historia moderna, con personajes modernos, en el empaque de un musical clásico. Ante la pregunta de si es posible equilibrar la pasión artística y la vida —una pregunta que con un tono más desesperanzador también planteara WhiplashLa La Land responde con un pesimismo (¿realismo?) muy propio de esta época. Y así sus personajes, Mia (Emma Stone), la barista que sueña con escribir sus propios papeles de teatro  y Sebastian (Ryan Gosling), el pianista de restaurante que está decidido a revivir el jazz clásico, conquistan sus sueños artísticos, pero en el camino se pierden el uno al otro. Ambos salen victoriosos del desafío de triunfar sin traicionar su genio artístico, pero no logran conservar su amor.

¿Cómo logra La La Land una verdadera conexión con los espectadores de esta época, incluso aquellos que huyen de los musicales? El delicado malabarismo que hace Chazelle entre un musical clásico y una historia moderna rinde sus frutos. La historia nunca es secuestrada por completo por el musical ni por el drama amoroso, fluye con gracia entre ambos territorios. Y lo hace con la inflexión justa. Del pasado recupera la inocencia y el preciosismo de un lenguaje, pero no la grandilocuencia. El tono de La La Land, a pesar de los arreboles, de la explosión de colores, de varios números musicales espléndidos, es desenfadado. De la ostentosidad impersonal de la secuencia inicial lentamente se decanta hacia una historia íntima con personajes a escala humana que expresan sus sentimientos, su alegría, su melancolía. Aún más importante es el hecho de que la historia no está subordinada a la música, no es una mera excusa para hacer una exhibición técnica o coreográfica. Todos los números musicales se derivan de las emociones que sienten los personajes, es el contexto dramático lo que los justifica. Y tampoco está de más tener como protagonistas a Emma Stone y Ryan Gosling. Si Stone es el corazón de la película, Gosling es su alma, un poco tosca. Juntos forman una versión fresca, encantadoramente pesimista de Gene Kelly y Debbie Reynolds. Poco importa que su baile no se compare al de Fred Astaire y Ginger Rogers, ni que estén lejos de ser grandes cantantes, basta con la autenticidad de sus personajes y su inmensa capacidad de emocionarnos.

Al final de la película un extenso epílogo, que tiene lugar años después de la separación de los protagonistas, nos lleva a un universo imaginario, la fantasía dentro de la fantasía. Por unos instantes los personajes son trasportados más allá del arco iris, a ese lugar mágico donde los sueños se hacen realidad. Allí Mia y Sebastian siguen juntos, han crecido como artistas, se aman y han formado una familia. Luego regresamos a la realidad, a la tristeza en la mirada al reconocer al otro amado que se ha perdido. Si tan solo fueran como los personajes de aquellas películas, que sabían qué decir y qué hacer, justo en el momento correcto, que existían en un mundo más limpio, en una realidad más pura donde todo sucedía como debía suceder. Pero ese no es el mundo de La La Land, aquí toda ganancia viene con una pérdida. Aquí una sonrisa debe bastar para aliviar la melancolía de un sueño que no se cumple por completo. Aquí la vida no es un viejo musical de Hollywood.

 


 

Yasmín López 
Psicóloga y traductora. Especialista en traducción de ciencias literarias y social humanísticas. Artículos suyos han aparecido en las revistas Agenda y Revista de la facultad de Artes de la U de A, Revista de la Universidad de Antioquia y el Eafitiense.