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Luz de luna, de Barry Jenkins

Especial Oscars 2017: Luz de luna (Moonlight), de Barry Jenkins

El silencio del cautivo


Diego Agudelo Gómez
Medellín, Colombia

Las ocho nominaciones al Oscar que ostenta Luz de luna (Moonlight, 206) ha hecho crecer la expectativa sobre la película, elevándola como la rival más fuerte de La La Land (2016) en la competencia por la estatuilla al mejor film del año. Ahí están los detractores del musical de Damien Chazelle, lanzando plegarias para que el segundo largometraje de Barry Jenkins le arrebate el galardón más codiciado. También están los que quieren ver a la comunidad afroamericana reivindicada en el podio de la Academia, especialmente después de lo que sucedió el año pasado, cuando una cuadrilla de estrellas se reveló por la ausencia de piel negra entre las nominaciones promoviendo el hashtag #OscarsSoWhite. Sin embargo, estos hechos circunstanciales desvían la atención y nada tienen que ver con la vida interna de una película.

Despojemos por un momento a Luz de luna de sus nominaciones y de su Globo de Oro como el mejor drama del año.  Imaginemos una situación que pocas veces se da: por algún hado venturoso la vemos incluso antes de que empiece su gira por festivales, soñemos con una intimidad pura entre la película y el espectador. Lo primero que hemos de notar es la luz envolvente de la película. Colores fuertes y texturas brillantes transportados por una cámara que levita literalmente alrededor de los personajes, como si pudiéramos observarlos desde el punto de vista de un ángel. Luz de luna contará la historia de Chiron. Ese niño que en la primera secuencia huye de otros niños. La cámara también lo perseguirá y ya no lo dejará el resto de la historia. Registrará sus hondos silencios y captará sus escasas palabras como quien va a la caza de un ave desconocida, una de esas especies que son consideradas mitos antes de ser descubiertas.

Específicamente, veremos en tres actos los caminos que sortea un individuo para encontrar su identidad, o tal vez sea más preciso que Chiron no encuentra sino que arma su identidad con los pedazos que le van quedando en el camino. Primero, como un niño solitario, hostigado, con una inquietud interna que no se atreve a compartir porque se sabe diferente de los otros. Little es su nombre. Así lo llaman los compañeros de escuela que lo acosan. Vive con una madre irascible (Naomi Harris) que se irá perdiendo en el laberinto de las drogas. El único refugio en el que encontrará calma será el proporcionado por Juan (Mahershala Ali), un traficante de crack que surge como protector –hay quien lo llamará figura paterna–, que se toma el tiempo de escucharlo. La novia de Juan, Teresa (Janelle Monae), es el segundo pilar que contribuye a que el mundo de Little no se venga abajo. Y la textura de este primer acto será la del agua: así fluye la historia, un líquido que define el contorno de un cuerpo. La escena en la que Juan le enseña a nadar a Little opera en la historia como un rito de paso, un bautizo.

En el segundo acto, una elipsis opera sin darnos mucho tiempo de asimilar el transcurso de los años. Ahí está Chiron, como un adolescente que sigue enfrentándose al desprecio de sus semejantes, incluso el  de su madre. Su silencio es de piedra y empezamos a comprender su sentido, porque de alguna manera lo compartimos. En el silencio de la sala de proyección, las preguntas que reverberan en nuestro fuero interno son quizás las mismas que inquietan a Chiron en lo profundo de su alma. Aunque no hay mucho tiempo para responderlas. Esa atracción que siente por Kevin (Jharrel Jerome), la única persona de la escuela que ha sido amable con él, su único amigo, no alcanza a resolverse, pues el primer acto de amor que Chiron conocerá estará manchado por una traición y por una violencia culminante que le abre paso al acto final de la historia, cuando Chiron se transforma en Black: ex convicto, traficante de drogas, atrincherado en una coraza que parece asfixiarlo.

En este punto de la historia ya hemos identificado los conflictos que hacen a Luz de luna una historia tan singular. No hace falta saber que, en parte, es una historia autobiográfica, que Barry Jenkins también creció a la sombra de una madre drogadicta, que los barrios de Miami donde sucede la película son los mismos en los que el director creció. Sí es necesario, en cambio, considerar que esta adaptación de la obra de teatro de Tarrel Alvin McCraney es un documento que busca explorar la diferencia, entenderla y por encima de todo, defenderla a capa y espada. Y no una diferencia racial, tema que no se aborda de ningún modo en la historia, sino la diferencia o la suma de diferencias que definen a un hombre. Chiron luce siempre escindido de su entorno, tan solitario en el mundo como la luna en el cielo. El retrato que Jenkins hace de él en las distintas etapas de su vida lo muestra como una criatura frágil cubierta sin embargo de un manto de cristalina dignidad, para lo cual fue esencial la fotografía de James Laxton, cuyo principal rasgo es la sutileza.

Luz de luna es un relato que sobrevive a sus nominaciones (película, director, actor y actriz de reparto, fotografía, montaje, banda sonora y guion adaptado). Sobrevive incluso al debate sobre la discriminación racial en Hollywood porque, así como la luz de la luna revela el verdadero color de los personajes de la película, bajo la luz de esta Moonlight todos somos iguales, es decir, distintos.