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Hasta el último hombre, de Mel Gibson

Especial Oscars 2017: Hasta el último hombre, de Mel Gibson

Soldado de la fe

 

Samuel F. Castro
Medellín, Colombia

Hay un solo momento en Hasta el último hombre (Hacksaw Ridge, 2016) en que pensamos que el soldado Desmond Doss va a atacar a uno de los integrantes del enemigo, papel que en esta historia corresponde al ejército japonés que combatió contra Estados Unidos en la sangrienta batalla de Okinawa, durante la Segunda Guerra Mundial. Desmond huye asustado, escondiéndose en los rincones más oscuros del intrincado conjunto de túneles que los japoneses excavaron para huir y atacar cuando los norteamericanos no lo esperaban; de repente, volteando una esquina, un soldado japonés cara a cara. ¿Qué hace Desmond? En lugar de rematarlo para que no grite, como creemos todos, acostumbrados a ciertas acciones en el cine bélico, Doss se fija en que el soldado está gravemente herido y le aplica una inyección de morfina para que no sienta dolor. De inmediato, aquellos que tuvimos alguna educación católica recordamos eso de “ama a tu enemigo como a ti mismo” o escuchamos a algún cura católico de nuestra infancia recitando la parábola del buen samaritano.

Mel Gibson también tuvo una educación católica (hasta su nombre se lo debe a un santo irlandés del siglo V) y desde que decidió dedicarse a la dirección ha escogido proyectos que le permiten reflejar sus creencias, tanto en las tramas o en las decisiones que toman los protagonistas de sus historias, como en los caminos estéticos por los que transita, que muchas veces hacen referencia a la iconografía de los mártires o a Jesús crucificado y sus suplicios. Hasta el último hombre no es la excepción, pero puesta en perspectiva e incluso sabiendo que parte de hechos verídicos, tal vez sea esta la película con mayores comentarios autobiográficos en su filmografía. Ahí están las referencias al padre alcohólico con intenciones de redimirse (él mismo), que pone a sus hijos contra las cuerdas por no estar de acuerdo con la sociedad en la que viven (como pasó con el papá de Gibson, que obligó a su familia a mudarse a Australia cuando Mel todavía era un niño) y al hombre que debe enfrentarse con los que le rodean por defender sus convicciones, más o menos como se ve Gibson a sí mismo, en un Hollywood donde los católicos practicantes son minoría.

La película, como la Biblia, está contada en dos partes claramente diferenciadas. En una, la que sería el equivalente al Antiguo Testamento, hay una visión de Estados Unidos como si fuera el Paraíso, donde todo es verde, el sol brilla en lo alto y al mando de la familia está un padre autoritario, amargado y cruel, como aquel Dios que expulsó a Adán y Eva del Edén o el que condenó a la humanidad al Diluvio. En la segunda, la que está dedicada a la guerra, hay un hombre que trae un mensaje que no es fácil de asimilar para los suyos: un soldado que se niega a cargar un arma que pueda hacer daño, a pesar de enlistarse para servir a su país en el campo de batalla. Desmond no sólo es el equivalente a Jesús predicando en Galilea, con su mensaje de amor. Gibson hábilmente lo convierte a lo largo de Hasta el último hombre en un Caín arrepentido después de golpear gravemente a su hermano, en un José traicionado por sus hermanos en la noche, cuando los compañeros de dormitorio en el Ejército deciden golpearlo, o en Josué frente a las murallas de Jericó cuando lo vemos mirando aterrado la altura del Hacksaw Ridge del título original. Todos esos paralelos visuales, manejados con una soltura que muestra el oficio de Gibson como director, están planteados para reafirmar que ciertos valores serán necesarios siempre, a pesar de que no sean los más populares o que impliquen sufrimiento para quien los practica. Ese discurso, antibelicista por lo menos, convierte a Hasta el último hombre en una paradoja: una película de guerra que insiste en el pacifismo como un arma. Esa aparente contradicción (aparente porque en realidad Desmond lo que no quiere es hacer daño, jamás pone en duda su participación en la guerra) es también su mayor riqueza: lo que hace que sea más que una “historia de la vida real” para convertirse en otra pieza de la obra autoral de Mel Gibson. El mejor soldado de su propia fe.


 

Samuel Castro. 
Escritor y crítico de cine, autor de la novela empresarial A la velocidad del byte. Combina el trabajo en su empresa “Ideas lúcidas” con la crítica de cine. Editor y autor en www.ochoymedio.info ha publicado sus textos en Arcadia y Kinetoscopio. Crítico del diario El Colombiano, codirector del programa "En el cine" de UNRadio y colaborador en RCN Radio. Ganador en 2014 de la beca García Márquez de Periodismo cultural de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano. Tuitero juicioso bajo el nickname @samuelescritor. Trabaja en su segunda novela.