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Sin nada que perder, de David Mackenzie

Especial Oscars 2017: Sin nada que perder (Hell or High Water), de David Mackenzie

En nombre de nosotros y de ustedes

 

Andrés Rodelo
Manizales, Colombia

“No he conocido a nadie que se salga con la suya”, le indica Tanner Howard (Ben Foster) a su hermano Toby (Chris Pine). Acaban de atracar dos bancos sin mayores tropiezos y van por el tercero. Ante la sentencia, el último lo mira preocupado, admitiendo en silencio no tener pruebas para refutarlo. Al final la ley se impone a los chicos malos. Siempre. Parece estar claro.

¿Acaso no es lo que gran parte del cine nos ha enseñado? Era la regla en tiempos del Código Hays, reglamento de autocensura que sometió a Hollywood entre 1934 y 1968. El malhechor debía sucumbir a manera de carnada moral. La advertencia para el espectador era obvia: el crimen no paga, el bien triunfa y triunfará. Y ay de aquella cinta que quisiera demostrar lo contrario.

Con el puritanismo erradicado del cine americano, el arquetipo del criminal que burla la ley ha surgido aquí y allá. Hoy continúa sin ver la luz de los créditos finales, aunque ya no necesariamente como una fórmula de maldad cuya muerte es un alivio. En muchos casos, hablamos de seres reprochables, que a golpe de nobles intenciones y por la fragilidad de sus espíritus se alzan con la comprensión del público. De allí que no sea muy cómodo verlos morir.

Al final de Sin nada que perder (Hell or High Water, 2016), Toby se sale con la suya. Parece ser el deseo cumplido de aquellos delincuentes con los días contados, incluidos los que se prometen el retiro tras un último “trabajito”. Su victoria no es solo personal con los robos consumados y la ley sin prueba alguna para inculparlo. También es en nombre de las víctimas de un sistema bancario descompuesto, que con hipotecas atropella y desangra a sus clientes.

El fantasma de la burbuja inmobiliaria del 2008 planea sobre Texas. “¿Han estado aquí un rato?”, pregunta Marcus Hamilton (Jeff Bridges), ranger que va tras la pista de los ladrones. “Lo suficiente para ver cómo roban un banco. Ellos me han estado robando por 30 años”, contesta un hombre, quien más adelante niega que Toby participara en el asalto, pese a haberlo reconocido. Una camarera también lo encubre, en un gesto de complicidad encaminado a darles una dosis de su propia medicina a los banqueros y justicia a los afectados.

En este sentido, Sin nada que perder opta por la vía retórica, introduciendo denuncias sobre los abusos de este sistema en palabras de los personajes. Alberto Parker (Gil Birmingham), ranger compañero de Marcus y de ascendencia india, sostiene: “Hace 150 años esto era la tierra de mis ancestros. Los abuelos de estas personas nos la quitaron y ahora se las quitaron a ellos. Excepto que no fue el ejército, fueron esos desgraciados”, y señala una sucursal bancaria.

Por fortuna, estas incursiones no se tornan forzadas. El guionista Taylor Sheridan se las ingenia para ocultarlas en el flujo natural de los diálogos. En su segundo trabajo como guionista ya comienzan a perfilarse recurrencias de estilo. Si en Sicario (2015) hacía de las fronteras física y moral conceptos globalizadores del relato, aquí somos testigos de la lucha interna de Toby por dimensionar el alcance de sus fechorías, así como de la acción interfronteriza, pero ya no entre los límites de México y Estados Unidos, sino dentro de las líneas territoriales de Texas.

Que no se llame a engaños el que piense toparse con robos bancarios al estilo Michael Mann. No hay nada de épico en ellos, solo la cobardía de los asaltantes y en varios casos el inesperado sarcasmo con que se lo toman los asaltados. Es más, poco importan, son trampolines hacia lo verdaderamente valioso: sentirnos solidarios con las derivas de estos hermanos, acompañarlos en la desesperación, excesos y contadas satisfacciones, cruzar los dedos por la nobleza de sus anhelos, así lleven la marca de lo inmoral.

La oportunidad de implicarse con emociones externas, de comprender el mundo desde la perspectiva que concede estar en los zapatos de alguien. Cuando una película incorpora esto como un eje central, lo que surja de allí en adelante será (cuanto menos) digno.


Andrés Rodelo.
Periodista radicado en Manizales. Escribe en el Blog Estúpido, del periódico La Patria. Atesora gratos recuerdos de la primera vez que vio El Tercer Hombre (1949), de Carol Reed.