Artículos Cine Colombiano

Frank Ramirez, in memoriam Frank Ramirez, in memoriam Kinetoscopio Edición 109 ...
Todos se van (2015), de Sergio Cabrera Todos se van (2015), de Sergio Cabrera Revista Kinetoscopio / Ci...
Perros (2017), de Harold Trompetero Perros (2017), de Harold Trompetero Revista Kinetoscopio / Ci...

Perros (2017), de Harold Trompetero

Revista Kinetoscopio / Cine Colombiano

La oscuridad de la ira

Por: Andrés M. Murillo 
Medellín, Colombia

La manera de plasmar realidades en el cine genera una diversidad de propuestas: simbólicas, contemplativas, realistas, ficticias. Todas con su grado de validez se acercan a mostrar esos fragmentos de existencia, y quizás entre más oscuros más revelador. La última película del director Harold Trompetero, Perros (2017) muestra su carácter y temple para dar esa otra mirada, alejarse de estereotipos rancios y construir atmósferas con personajes densos y en conflicto. Un director para ver en dos ejes: el exitoso camino comercial y el atrevido más íntimo.

Perros es una historia de cárcel, y no precisamente de la injusticia. Este primer acercamiento es grato, pues se aleja del fácil sendero de ver la crueldad de un sistema penitenciario desde la victimización. Acá hay culpa, hay razones para estar tras las rejas que vamos descubriendo en el relato en pequeños flashbacks, y que nos muestran un hombre tranquilo, temeroso y a su vez decidido y resuelto a defender lo suyo. No es un héroe, es un hombre caído en desgracia por su ignorancia, su violencia interna. Su prioridad: tener contacto con su hijo. Para ello debe sortear todo tipo de manipulaciones a través de las cuales vemos lo que intuimos se da en cualquier cárcel.

John Leguizamo  en el papel protagónico crea un personaje sólido, aunque paradójicamente es el punto más flojo del filme. Quizás su marcado acento, su cara tan asociada al Hollywood comercial o la falta de drama en sus ojos, no dejan conectar del todo con el sufrimiento y menos una identificación con él. Acompañado por Álvaro Rodríguez y Ramiro Meneses entre otros, configuran un pequeño patio de prisión con el tráfico de influencias, armas y todo lo que se pueda canjear. Intereses sin un fin más allá de oprimir al otro. En medio surge la amistad del personaje central con un perro, figura silenciosa de la fidelidad más allá de la dignidad.

Con más de quince títulos, Trompetero es uno de los directores más prolíficos del país. Ahora bien, hay que hacer una pausa para mirar esa trayectoria. Director de Muertos de Susto (2007), El paseo (2010) y sus secuelas y de una de las películas considerada en varios rankings como una de las peores de toda la historia en Colombia: El Man (2009). Estas películas quedan en remojo para otra mirada en otro artículo. Alternando esta producción, la mirada más personal y un cine más elaborado dejan ver otro perfil del mismo director: Violeta de mil colores (2005) –película maldita hoy convertida en culto-, Riverside, Locos y ahora Perros.

Aunque puede ser una trayectoria controversial, es un camino válido como cualquier otro. En esencia, sus películas más íntimas dejan ver una mirada del contexto, un gusto por los espacios confinados, personajes extremos que construyen sus realidades y cierto espacio para lo escatológico que cada vez ha tomado más fuerza. En Violeta… se dejan ver los sentidos alterados, en Riverside la razón expuesta con la realidad, en Locos la locura del amor, en Perros la ira impetuosa.

Una dramática oscuridad que permea la pantalla y deja ese sabor de que hay una realidad que está mal. Una angustia compartida que conlleva soledad, tristeza y decisiones. Una propuesta que se acerca a una realidad sin espacio para la ambigüedad y que es cruda y dura con los personajes y con el espectador. Perros muestra a un director que ha ido madurando y del que se espera más películas con este corte, que aporte más a la construcción de una filmografía nacional sólida con ambiciosas narraciones y no tanto cliché rancio. Perros es un filme que se deja ver a través de su oscuridad, una mezcla entre la cruda naturaleza humana y el sabor amargo del realismo. Un paso más en la búsqueda del equilibrio de un cine con personalidad.