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Hacer el viaje

 

Solo el fin del mundo, de Xavier Dolan

Hacer el viaje


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Por Andrea Quintero Cardona

En películas y programas de televisión a veces los diálogos son tan continuos o extensos que parecen desestimar el poder de expresión de las imágenes; de manera despectiva, los actores de estos productos audiovisuales se catalogan con el término de “cabezas parlantes”, debido a los primeros planos o medios, sostenidos por la cámara durante sus conversaciones y monólogos, atendiendo poco al papel que interpretan los escenarios y, sobre todo, sus cuerpos.

Este incesante acercamiento ocurre en la cinta más reciente del director canadiense y ganador del Festival de Cine de Cannes, Xavier Dolan, quien es, a su vez, un talentoso joven del arte cinematográfico que explora la mirada imparcial e inevitable de cada personaje sobre una historia, fundándola en medio de retratos familiares con deudas y penas vitales para la conciencia sentimental de los hogares contemporáneos.

Con una cámara que devora frentes y mentones, esta expresión coloquial podría aplicarse en la descripción del filme de Dolan. Sin embargo, en Solo el fin del mundo (2016) los rostros no alcanzan a ser estáticos o dependientes de las palabras, pues no paran de expandirse y contraerse en un constante desgaste de energía, siendo tan recurrentes porque funcionan como una materia prima, como el hogar de las emociones y sus formas subsecuentes; amor, curiosidad, resentimiento o desesperación no manan con exclusividad del sentido de las palabras, sino de demandas e intenciones que pueden percibirse en gestos y otras formas materiales.

En algún momento, la cuñada de esta historia, Catherine, busca con su mirada al protagonista, Louis, para presentarse ante él como una outsider en medio de las continuas contiendas familiares: entonces tiene ojos agrandados que sonríen y una boca cerrada con tibieza; a pesar de esto, su deseo de complicidad no consigue abrir la puerta (Louis le quita la mirada) y sus ojos terminan muy abiertos pero sin mirar, con las pupilas ancladas en el pensamiento. A partir de primerísimos planos, la escena muestra cómo Catherine intenta construir refugios, pero fracasa, sugiere incluso que, mientras que continúe en esa casa, se engañará siempre al buscarlos.

Para equilibrar la intensidad de esos gritos persistentes y las confidencias desveladas por los personajes, en Solo el fin del mundo funciona que haya un protagonista a quien su madre describe como un hombre “de tres palabras”. Aun así, la finalidad del silencio de Louis está, sobre todo, en exponer qué tan irrealizable es la ilusión que lo llevó de vuelta a su hogar: “darle a los demás y a mí mismo la ilusión de ser, hasta el final, el amo de mi vida”, dice al principio, para concluir con un “a ver cómo sale”.

Contrario a su deseo y a las expectativas de muchos espectadores, este viaje no le sale bien al personaje, cuyas omisiones de palabra y acción fortalecen los prejuicios, la incomprensión y el encierro de la casa, y cuyo don artístico, como observa su hermana, no conoció e iluminó sobre lo propio y más insistente.

Por esto la risa incómoda y la cabeza escondida de Louis cuando le dicen que no tendrá hijos, aunque siendo homosexual pueda ser cierto (incluso él sabe que va a morir, cómo dice al inicio, así que claro que es cierto). La misma risa, los ojos esquivos, cuando le dicen que no conoce a su hermano, cuando le dicen que ha estado ausente, cuando su madre le asegura, que aunque no crea, lo quiere.

También en taxi y con maletas llegan los espectadores a Solo el fin del mundo para ser testigos de esta novela familiar; llegan, como el protagonista, anónimos y con la cara oscurecida, aunque luego cada uno participe con su propia ira, tristeza, con el desespero que surge en todo aquel que padece una pelea. El cine puede ser un estar ahí demandante y agotador, aunque también es un despertar en los momentos sublimes.

Buscando representar esta tensión, o como brotes de belleza avivados por la desgarradura, durante el filme aparecen, por ejemplo, ventanas medio abiertas con sus cortinas elevándose; hay constantes desenfoques de la cámara o los planos mencionados y su sensación de poco espacio, hay una luz a veces amarilla, o azul, verde, rosa; todos múltiples elementos que aclaran la participación de los espectadores en construcciones individuales, con memoria y poder para involucrarlos en acontecimientos con sentidos inefables.

El uso de la música acentúa esta finalidad, surgiendo en la película cuando los personajes están aislados, sonando para reforzar esa distancia. Luego de guiñarle el ojo a su hermano mayor, Louis viaja hacia uno de los pocos flash backs; “quiero ir pero no me lleves” traduce la canción de los noventa que enmarca este recuerdo de los paseos familiares: un cuerpo joven, atormentado y rebelde, pero un ser atento a la pureza del hermanito que lo acompaña; otra historia de amor difícilmente sospechable entre el protagonista y un familiar.