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La defensa del dragón, de Natalia Santa

Revista Kinetoscopio / Edición 118

 

 

La estrategia de los intrépidos

 

Diego Agudelo Gómez 
Medelín, Colombia

 

En ajedrez, la defensa siciliana tiene una variante bautizada con el nombre del dragón. El jugador a cargo de las fichas negras atrinchera su rey en una esquina del tablero y en el campo de batalla ejecuta sacrificios absurdamente intrépidos pero que, a la larga, lo pueden dejar en una posición ventajosa frente a su rival. Entrega su caballo por un peón y, un par de jugadas más adelante, deberá renunciar a la torre si quiere despejar aún más su camino. Los ajedrecistas saben que es una variante compleja y exige sangre fría, minucioso cálculo, no hay lugar para los errores. Parece apropiado que Natalia Santa eligiera este nombre para bautizar su primera película si viéramos en ese estilo de juego una metáfora del modo en que sus protagonistas encaran sus maltrechos destinos.

Samuel (Gonzalo Sagarminaga), el jugador de ajedrez, sobrevive a salto de mata entre las clases de matemáticas y las partidas que juega para ganar algo de dinero; Joaquín (Hernán Méndez) es un relojero que intenta posponer con tozudez la extinción definitiva de su oficio, y el doctor Cebrián (Manuel Navarro), es un homeópata sin pacientes que inventa métodos fallidos para ganar en el póquer. Los tres personajes, tal y como los muestra la directora, con un estilo que opta por los planos fijos y una fotografía nebulosa que le da a la película la atmósfera de lo irrecuperable, han hecho la jugada de atrincherarse en estilos de vida anacrónicos que solo son posibles porque tienen lugar en una zona de Bogotá que también se resiste a perder las huellas de un pasado memorable. Sin embargo, los tres personajes olvidan la parte que haría de La defensa del dragón una estrategia de juego victoriosa, la de los sacrificios. O quizás la directora eligió mostrarlos en un momento de sus vidas en el que ya han entregado todo sin obtener ninguna ventaja y por eso, cada uno a su modo, se resigna a dejar que el tiempo pase de largo, sin notarlos, sin alterar el mundo al que se aferran.

La defensa del dragón es una de esas películas que no persigue el clímax en la historia que narra. La decadencia que intenta retratar no ha tocado fondo pero tampoco tiene escapatoria. No hay lecciones morales sobre el triunfo o el fracaso. No veremos a Samuel, el personaje en quien hace mayor énfasis, atravesando su hora más oscura ni superando las adversidades. Cierta estética de la inmovilidad se sugiere en las secuencias que tejen la trama. Personajes y escenarios se acoplan para crear un paisaje ruinoso que constituye la apuesta más arriesgada de la realizadora bogotana.

De hecho, las locaciones elegidas para rodar La defensa del dragón son lo más vivo de la película. El legendario club de ajedrez Lasker, el casino Caribe, los vetustos cafetines del centro, las calles del centro histórico de Bogotá aparecen vibrantes, como si todavía hicieran parte de ese corazón que convierte a las ciudades en íconos. Al abrigo de esta atmósfera, los protagonistas cobran sentido pero, de alguna manera, se quedan cortos y son superados, en verosimilitud, incluso en fuerza dramática, por el decorado.

Los vínculos de amistad que supuestamente unen a Samuel, Joaquín y el doctor Cebrián son difusos, por momentos débiles, no hay una conexión fuerte entre ellos más allá de sus aficiones –o adicciones– compartidas y esto va en detrimento de la complejidad emocional que necesita un personaje para ser tan hondo y tridimensional como los espectadores que se entretienen con su historia. Además, los diálogos tienen un tono aforístico cuya solemnidad colisiona con el ritmo moderado que los planos fijos y los silencios habían logrado, por lo que dejan de ser creíbles los protagonistas apenas abren sus bocas.