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Clash, de Mohamed Diab

Revista Kinetoscopio / Edición 118

 

Suma de rencores


“Demostrar que todos estamos en el mismo barco y que nuestro destino está unido”.
-Mohamed Diab


Ingrid Úsuga O.
Medellín, Colombia

 

El Cairo 2013, dos años después de la revolución egipcia, e inmediatamente después de la caída del presidente islamista Mohamed Morsi. Un furgón policial con personas ahogándose. Un solo escenario. Gente enloquecida en las calles. Odio, angustia, tristeza de gentes de diferentes creencias políticas y religiosas. No se sabe dónde está más tensa la atmósfera, si afuera o adentro del furgón. Unos quieren escapar, otros quieren quedarse. No existe democracia alguna. Clash (Eshtebak, 2016) no se hizo para estar de lado de ningún bando. Ni de los que pertenecen al grupo de la Hermandad Musulmana ni de los que están con el ejército que derrocó al presidente de la nación.

Estar ahogado, asfixiado, impotente, sudando; estas son algunas de las sensaciones que el director egipcio Mohamed Diab muestra todo el tiempo en esta película y con las que el espectador se identifica debido al extraordinario manejo que tuvo el director de fotografía Ahmed Gabr -ganador a mejor cinematografía en el Festival de Valladolid 2016-  utilizando primeros planos en su mayoría, generando así  una sensación de claustrofobia y sofoco.

Clash no se enfoca en los personajes en específico, sino en las vivencias históricas que muchas personas tuvieron en ese entonces: no es casual que el argumento de este filme esté inspirado en la propia vida del director y en la de su hermano, personificando a dos de los detenidos en el furgón: el periodista y el joven que estaba con él con la cámara. Además, Clash nace del devastador suceso en donde 37 personas murieron ahogadas dentro de un furgón de la policía debido a que no había espacio en las cárceles.

A pesar de ser un filme coral se resaltan los papeles de las dos únicas mujeres que hay en la película. No se sabe si fue con alguna intención específica del director en la que una de ellas –que además es madre- tiene un carácter muy fuerte y muchas veces se convierte en líder y mediadora de los conflictos y decisiones que el grupo de personas encerradas debían tomar; y por otro lado, vemos el papel de una chica tímida, con velos en su cabeza y sumisa  ante cualquier tipo de orden, un rol más pasivo y consecuente con lo que viven las mujeres en los países islámicos.

La gran virtud y el gran reto de este filme es que todo el drama ocurre en un solo escenario, pero el director fue capaz de mantener al espectador a la espera, con ganas de saber más, de vivirlo más, gracias que hay varios juegos de efectos visuales, silencios y luces. Quizá su único fallo –en mi opinión- se encuentra en su final abierto a cualquier tipo de suposición, pero tal vez esta sea la única manera de no tomar alguna posición política.

Clash demuestra lo potente que puede ser contada una historia de guerra y de vida en pantalla grande, con testimonios que pueden tocar a varias personas y además producir denuncias, cambios y replanteamientos sociales.