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FICCALI 2017 - Obras maestras únicas

Seis directores de obras únicas en el cine

 

Por Jaír Villano
Cali, Colombia

 

La sabiduría popular dice que cantidad no es calidad. De acuerdo o no, es cierto que son muchas las situaciones donde en poco se dice mucho y en mucho se dice poco. ¿Cómo es eso? Vale la pena la precisión. Nos referimos al terreno del cine, aunque aquí también cabe el literario, pues así como hay cineastas que con un solo largometraje dejaron su huella, hay escritores que con una sola obra estamparon su firma en el olimpo. (En la escena musical, alguien lo sacaría a colación, se les conoce como los one hit wonders).

Resulta interesante, entonces, hurgar las razones por las que esto ocurre, ¿por qué un director de cine renuncia a este? Y más aún: ¿qué contribuyó a que ello acaeciera?

He ahí el motivo de este artículo, aprovechando la sección ‘Obras maestras únicas’ del Festival Internacional de Cine de Cali (FICCALI), donde se exhiben seis filmes que fueron y se quedaron como las óperas primas y la magnum opus de sus directores.

Ahora bien, hay que decir que en muchos casos no se trató de la voluntad de sus creadores, sino en una serie de circunstancias que imposibilitó la continuación de sus proyectos. Por decir algo, Mario Peixoto, director Límite (1930); y Llobet Gràcia, Vida en sombras (1948), querían seguir obrando en el séptimo arte, pero por diferentes motivos no fue posible.

Lo mismo le ocurrió Barbara Loden, reconocida actriz de cine y teatro, quien en principio le confió el guion de Wanda a su esposo Elia Kazan, genio y polémico director, ganador del Oscar honorífico por toda una carrera, pero estructuró este de tal forma que la película es concebida como un pseudo-biopic.

Wanda narra las vicisitudes de una mujer desafortunada, confusa pero fuerte, que huye constantemente de su realidad. Con esta, Loden obtuvo un reconocimiento en el Festival de Venecia, lo que no sirvió para el desarrollo de su aventura cinematográfica.

Pero el paso del tiempo recompensa o recompone, y tanto Loden como Peixoto y el catalán Llobet-Gràcia, tienen en común un elemento, a saber, que la falta de compresión del entorno sobre sus apuestas fue revaluada mucho después de haberse lanzado al ruedo.

Detengámonos en Límite, la cual fue restaurada por una fundación (al parecer en cabeza del director Walter Salles) que se ha dedicado a resaltar su valor para el cine brasileño. No es para menos, pues Límite es una película en la que la poética visual deslumbra en escenarios donde la angustia se apodera de sus protagonistas, esto es, cuatro personajes, tres de ellos que navegan a la deriva, con tristísimas historias que son narradas a través de alegorías. Un invento incomprendido del para entonces joven Peixoto, quien la dirigió cuando tenía veinte años y estaba recién llegado de Europa.

Por su parte, Vida en sombras estuvo a punto de desaparecer.  Se dice que, tras haber perdido unos fondos para su desarrollo, fue continuada con el sustento económico de su director y su familia. Como si fuera poco, en el final del rodaje, Llorenç tuvo que soportar la muerte de un hijo, lo que lo llevó a internarse por un tiempo en un hospital psiquiátrico.

El largo no fue bien recibido, y por ello pasaron cerca de treinta años para que fuera recuperada por el crítico Ferrán Alberich y considerada como cine para cineastas. ¿Por qué? Porque la ópera prima de Llobet-Gràcia es una reflexión sobre el quehacer del cineasta en su vida cotidiana. Mientras la guerra y la pasión por la imagen en movimiento se contraponen, la víctima de esto es la vida y la muerte de una relación amorosa, así como el hundimiento de su protagonista, quien se siente culpable de lo ocurrido. Paradójicamente, es en ese quebranto y ensimismamiento cuando este entiende que el cine permite darle vida a lo muerto, así sea por unos instantes.

De otro lado, Los asesinos de la luna de miel (1970), es uno de esos filmes encantadores por la sencillez con que narra la historia de amor de dos estafadores que se conocen a través de una sección de periódico que permite la interacción entre solitarios. Basada en hechos de la vida real, la relación amorosa y criminal de Raymond Fernández y Martha Beck (quienes entre 1947 y 1949 mataron a veinte mujeres), pasa de castaño a oscuro cuando de abusar de mujeres ingenuas y desesperadas por la soledad pasan a asesinarlas. Pero esto con un toque de humor que es logrado a través de los celos de Martha, la cual se hace pasar por la hermana de Raymond.

La película fue dirigida por el libretista de opera Leonard Kastle, pero en principio pasó por la dirección de Martin Scorsese, para entonces director de un largo; y luego por Donald Volkman, el cual fue despedido al poco tiempo. La historia de los dos estafadores ha sido llevada al cine en varias ocasiones, pero la versión de Kastle es la que ha sobresalido y se ha considerado como de culto, lo dijeron dos grandes como Truffaut y Antonioni.

Punto aparte merece El rostro impenetrable (1961), el western atípico dirigido por el reconocido Marlon Brando. En principio la historia de Rio y Dad fue dirigida por Stanley Kubrick, pero, tras constantes desavenencias con Brando, el director de El resplandor abortó el proyecto.

Los que conocen el género dicen que la primera y última película dirigida por el actor se constituye como un pieza única y apartada de los tópicos y clichés del western, algo premeditado por Brando, a quien en principio se le catalogó su trabajo como un vanity film, debido a su narcisismo y su preferencia por el personaje representado (Rio).

Más allá de eso, se trata de una fallida amistad entre dos asaltadores de bancos. Uno de ellos, Dad, traiciona al otro, Rio, quien debe purgar cinco años de cárcel. Al salir de esta y con el ánimo de cobrar venganza, se encuentra que el sheriff del pueblo donde se ubica es su verdugo, pero la venganza y la pasión amorosa se confunden cuanto Rio conoce a Louisa, hijastra de Dad, y detonante de las nuevas y viejas rencillas.

Y por último, Sierra de Teruel (1945), un registro importante del cine contestario español, que fue dirigido por el escritor André Malraux, quien toma un fragmento de su novela, “La esperanza”, para narrar el infortunio de un grupo de aviadores en plena guerra, así como el heroísmo que representa su faena para el pueblo.

Del autor de “La condición humana” habría mucho por decir: fue ministro en todos los gobiernos de general De Gaulle, fue uno de los teóricos más importantes del cine, estuvo involucrado en múltiples revueltas, incluida la de la Guerra civil española, donde organizó la cuadrilla que estaba en defensa de la República. Pues bien, el mejor testimonio de esa experiencia esta retratado en su primera y última película, Sierra de Teruel.

Como en la vida, en el arte las coincidencias suelen guardar gratas sorpresas. Y estas seis piezas de la imagen en movimiento tienen en común su transgresión, marginalidad, exquisitez y que son y seguirán siendo el deleite del público, en este caso del asistente a las salas del FICCALI.



Jaír Villano @VillanoJair
Escritor, periodista, miembro del equipo de prensa del Festival Internacional de Cine de Cali.