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FICCALI 2017 - 9 disparos (2017), de Jorge Andrés Giraldo

La cámara que busca las heridas.
Las heridas que trascienden la cámara

 

Por Juan Merchán

 

El 4 de febrero de 2006, el suboficial de la infantería de Marina Jorge Andrés Giraldo fue víctima de una emboscada en Buenaventura. Una columna urbana de las FARC atentó contra él, dejando 9 balazos en su cuerpo tendido en un charco de sangre espesa.

Sólo con ese atentado, con su fiereza y fulgor narrativo implícito, hubiese sido ya bastante para desarrollar un trabajo audiovisual documental. Pero a Jorge su película se le salió de ese charco de sangre en una calle de Buenaventura. Y ahora está recorriendo senderos impensados cuando inició. Y se le escapó de su comprensión no porque así no lo quisiera. Relata Giraldo que desde joven, en esos videos caseros que grababa (y que se muestran con frecuencia al inicio del documental), tenía ese rara percepción de estar hablándole a todo un país. Siempre quiso relatar las historias que conocía como propias y que lo escuchara el pueblo porque es de él de donde surgió. Su propensión a la imagen y a contar su vida a través del video lo heredó de su madre.

Blanca Antía, ella misma víctima de la violencia del país (a temprana edad, su madre fue asesinada), es el espíritu eisensteiniano que propugnó, desde el nacimiento del Giraldo, el transcurso de la imagen al sentimiento, y del sentimiento a la idea. Esta madre que vivía en Cali con su hijo luego del abandono del padre,  registró su crecimiento y vida de infancia con constancia, y según el montaje del realizador, el enfoque de esa cámara casera encuadra con desparpajo la alegría, y pone fuera de foco las penurias.

No podía Giraldo omitir esta parte de su vida del trabajo que realizó. Su familia cuenta con más 100 horas de archivo audiovisual (algo casi que increíble por abundante), y cada una de esas hora contiene detalles que construyeron en cuerpo y alma a esa persona que cayó abatido por los proyectiles. La ausencia del video: el barrio bajo (porque San Antonio en los ochenta era un barrio bajo. Y eran los 80, los 90. Y estaban Miguel y Gilberto. Y ya sabemos todos cómo era ese Cali.)

Por eso también la historia se salió de los límites de ese ataque guerrillero. Porque luego de la infancia llegó su rebeldía, su gran salto a la indecisión. Vemos en esas imágenes de archivo a un Giraldo adolescente con una libido desatada, con compañías peligrosas.  Pero con esa rebeldía viene inevitablemente su culminación. ¿Qué hacer en un país donde un porcentaje mínimo de bachilleres logran entrar por las rendijas de la vida universitaria? El ejército fue en ese instante el remedio a dos males: pobreza y rebeldía.

Pero una vez adentro del cuartel, esta historia adquirió más matices que la ayudaron a construir. Nos deja ver (siempre con constantes incursiones del archivo familiar) Giraldo que su estadía en el ejecito logró construir su carácter como persona, llevándolo a tomar la decisión de, luego de un año de servicio obligatorio, continuar en armas. En un video intimista, le habla a su familia sobre su decisión de enfocarse en inteligencia militar. Pero no es la edad idílica para enfocarse en ello. Es la primera década del nuevo milenio, y el conflicto armado colombiano no da espera para lograr sus 5 minutos de imagen en los noticieros más vistos del país. Es la guerra de frente, esa la del corazón grande y de una mano firme que siembra vidas de barrio bajo, como la de Giraldo, en campos negros.

Con facilidad, Giraldo hubiese podido tomar ese video (cámara de seguridad) de su atentado que vemos en el documental e iniciar el relato desde ahí. Iniciar desde ese atentado pero también quedarse en el odio que pudo sentir mientras caía con el peso de su cuerpo antes de perder la conciencia. Pudo haber hecho la obra magistral del odio, toda una Shoa con su historia y cientos más similares que agitaran las fibras cada vez más susceptibles de la nación. Pero de nuevo se le salió la historia de las manos, con una entereza que quizá el no creía factible.

Llegó el perdón. Un perdón que, según reconoce en entrevistas, lo liberó de la carga que traía incluso antes del atentado. La historia vuelve a tomar varios caminos, una recuperación lenta, un 94 % de su movilidad pérdida, un padre pródigo, y un hijo que aparece en cámara con los ojos abiertos esperando los brazos del padre. Debido al ataque que sufrió, Giraldo recibe una beca para estudios universitarios, unos estudios pagados con cada una de las 9 heridas recibidas. La historia de Jorge Andrés es, también, esa, la historia del acceso a una carrera profesional dadas las condiciones que la sangre derramada permite.

Ya cuando parece que con el montaje, la finalización y varias decenas de proyecciones a cuestas, la historia concluye para Giraldo, esa hija inquieta y agitadora se sigue escribiendo. Ese perdón que está tangible en documental, el perdón hacia el que disparó y hacia el que lo mandó, y al que mandó a ese, y a todas las descaradas circunstancias que lo pusieron en esa calle de Buenaventura, es un perdón que hace que su historia intente con fiereza quebrar los bordes de los prejuicios y ortodoxias caducas. Las exhibiciones de este documental en el país se enfrentan con suma frecuencia a las reservas que guardan los que se dicen progresistas (y que algunas veces hacen parte de los festivales, de los jurados de elección de asignación de fondos y, claro, de la academia). Son esos que al ver un producto audiovisual que proviene de un militar, y más aún, cuando lo ven en la proyección ataviado con su traje de infante de marina, toman una distancia de apreciación y entran al común campo de la sugestión, del sesgo. ¿Habrá cine del posconflicto dejando por fuera las historias de los que hicieron y padecieron la guerra? ¿No estarán los guerreros en capacidad artística y narrativa para contar su propio drama? Habrá que preguntarles.

9 disparos (2017) se presentará el sábado once de noviembre en la Cinemateca la Tertulia a las 9:00 p.m. y el domingo en el mismo recinto a las 4:00 p.m. ambas funciones con presencia del director.