Artículos Cine Colombiano

Siete cabezas, de Jaime Osorio M.

Las trampas de una metáfora

 

 

Diego Agudelo G.
Medellín, Colombia

El cine comercial de Hollywood tiene fórmulas efectivas de explotar la paranoia apocalíptica característica de los seres humanos a través de películas que convierten la amenaza del exterminio en un espectáculo visual sin profundidad. Así, pululan adefesios como la reciente Geo-tormenta (Geostorm, 2017) ,en la que se muestra la rebelión de un planeta contra la ínfima multitud humana. También sirve para el ejemplo la película de M. Night Shyamalan, El fin de los tiempos (The Happening, 2008), cuyo argumento inverosímil también muestra una naturaleza vuelta en contra de los seres humanos. Estos casos, a los que podrían sumarse muchos otros, fracasan porque olvidan explorar la fuente de la que nacen nuestros terrores primordiales: la oscuridad interior. En ello reside el principal acierto de la película colombiana Siete cabezas (2017), dirigida por el el caleño Jaime Osorio Márquez, quien en su segundo largometraje traza una metáfora sobre la extinción de la vida a partir de la desintegración del cuerpo y el espíritu de sus personajes principales.

Al páramo de Chingaza lo recorre una mortandad inexplicable de aves. Hasta allí, llega Camila (Valentina Gómez), una bióloga con cinco meses de embarazo que recorrerá el gélido paisaje guiada por Marcos (Alexánder Betancur), el perturbado guardabosques que será el motor de las emociones más sombrías que suscita la película. El cuadro lo completa la llegada, días más tarde, de Leo (Philippe Legler), biólogo, pareja de Camila y padre de la criatura en camino.

Pero Siete cabezas está habitada por una criatura adicional que vive encerrada en el cuerpo de Marcos, como un parásito que se abre un doloroso camino de salida a través de la mutilación y un deseo igual de lacerante hacia Camila. Los silencios de marcos, su mirada inquietantemente escrutadora y un comportamiento errático cargan la atmósfera de la película de una tensión que amenaza todo el tiempo con incinerar a los huéspedes del inhóspito paisaje.

Con esta película, Jaime Osorio Márquez continúa delineando un estilo que lo emparenta con el género de terror y suspenso sin estar encasillado en códigos rígidos o fórmulas predecibles. Y aunque Siete cabezas comparte rasgos con su ópera prima, El páramo (2011), como la extrañeza del entorno y una amenaza que roza lo sobrenatural sin llegar a ser explícita, se aleja en términos formales pues se concentra en ese trastorno que nace en Marcos y se extiende como la maleza hasta Camila y Leo.

Hasta aquí, el escenario planteado es prometedor pero el desarrollo y la resolución de la trama deja asuntos por resolver y quedan expuestos los cimientos fangosos de la historia. En primer lugar, la metáfora sobre el apocalipsis se plantea de una manera facilista al rodear la muerte de los pájaros —bello despliegue de cuerpos dispersos como migajas en el suelo del bosque— con los discursos un tanto rancios de Leo sobre la devastadora naturaleza humana o la narración forzada que uno de los personajes secundarios, el hermano de Marcos, hace sobre el dragón de siete cabezas del apocalipsis, como si fuera necesario justificar el título de la película. En segundo lugar, aquellas escenas en las que aparentemente el demonio de Marcos emergerá de su capullo no aportan nada a la tensión que se teje entre los tres personajes, de modo que la amonestación a los campistas que hacen una fogata y la riña en un bar con los turistas extranjeros operan como lastres de la historia y no como eventos fundamentales que ayuden a comprender la oscuridad del protagonista.

Finalmente, la secuencia que se plantea como clímax de la historia tiene un tejido artificioso que obliga a los actores a representar un melodrama excesivo que no se enlaza de manera consecuente con la tensión cultivada desde el principio. Las reacciones de Leo y Camila ante el delirio amenazante de Marcos parecen sacadas debajo de la manga, como una trampa que se estaba guardando con el propósito de provocar un desconcierto gratuito.


 

Diego Agudelo G.
Periodista. Yonqui de películas y series. Acumulador de libros. Buzo. En sus buenos tiempos llegó a contener la respiración dos minutos y medio debajo del agua, sin moverse; ahora, no sabe cuánto aguantaría y no se atreve a averiguar.