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Las horas más oscuras, de Joe Wright

 

Las horas más oscuras, de Joe Wright

 

El bulldog y sus puntos débiles

 

Andrés Rodelo

Manizales, Colombia

 

Como se nota que la derecha de este país no ve cine. De lo contrario, ya habría utilizado Las horas más oscuras (Darkest Hour, 2017), el reciente largometraje de Joe Wright, como una parábola al dedillo para la actual contienda electoral. La esencia de esta cinta, nominada a seis premios Óscar, es la siguiente: Winston Churchill (Gary Oldman), primer ministro británico durante la Segunda Guerra Mundial, opta por combatir a los nazis para evitar que invadan el Reino Unido en lugar de negociar por la vía de un proceso de paz.

Sorprendentemente, frases tan manoseadas como esta: “Le van a entregar el país a las Farc”, empleada cuando se adelantaban las negociaciones entre el Gobierno de Colombia y la extinta guerrilla, encuentran eco en diálogos de la película como este de Churchill, sobre el temor que le expresan unos ciudadanos ante la posibilidad de un acuerdo con los nazis: “Los alemanes, sentía el señor Baker, exigirían en nombre del desarme nuestras bases navales y hasta más”.

Terror por entregas en la Inglaterra de 1940, así como en la Colombia presente. En todo caso, hay que reconocerle a Wright su habilidad para no convertir la figura de Churchill en un panegírico, por lo menos no en la mayoría del metraje, sin ensalzar al primer ministro, a riesgo de exponerse como un cineasta de derechas.

El distanciamiento prevalece y desaparece al final cuando el protagonista pronuncia en la Cámara de los Comunes su famoso discurso “We shall fight on the beaches”. Es allí cuando Wright echa la sutileza por la borda y se entrega a la hipérbole de una cámara que barre hasta el último rincón del lugar, excitada por la algarabía y la emoción del discurso, mientras la música sube hasta la estratósfera y corona la salida triunfante del protagonista a medida que un centenar de papeles caen desde lo alto para embellecer el cierre de la cinta.

Una secuencia que sonrojaría al mismísimo Ken Loach. Aunque más allá de si es o no una alabanza de Churchill, dejando de lado cuestiones ideológicas, decepciona que la hasta entonces bien llevada obra de Wright decida adoptar un registro digno del peor Hollywood en este último tercio.

Antes de eso, el cineasta desmitifica a un hombre considerado decidido y de armas tomar. Efectivamente, allí está el carácter de Churchill, que en segundos pasa de la dulzura senil a la cólera. Pero también hay lugar para la fragilidad y la desconfianza que le producen su causa, las dudas que lo consumen y lo reducen a una criatura desorientada y en la orilla opuesta de las agallas que le concede la historia.

Registros del espectro emocional a los que Gary Oldman da forma y fondo, caracterizados por su lucidez interpretativa y que suman otra actuación de método a su currículum. Lo demás es una historia que reinterpreta la tensión de mayo de 1940 en el Reino Unido en clave de thriller y que se apoya en un manejo quirúrgico de la gramática cinematográfica para describir con elegancia, atención a los detalles y sentido del humor las virtudes, pero sobre todo los puntos débiles del bulldog británico, como lo llamaron los rusos.