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Lady Bird, de Greta Gerwig

Lady Bird, de Greta Gerwig

 

Una chica como tú en un sitio como este

Samuel Castro

Medellín, Colombia

 

¿Guardan ustedes muchas fotos de los lugares que detestaron? Creería que la mayoría de nosotros no lo hace, pues las imágenes que retratan paisajes específicos o determinados calles, tienen el poder de trasladarnos a ese lugar. En Lady Bird (2017) de Greta Gerwig hay demasiadas tomas de ubicación de Sacramento, California, casi como en uno de esos videos con los que se promocionan las ciudades en las ferias turísticas. Por supuesto que se supone que muchas de ellas aparecen porque recrean la mirada de la protagonista de esta historia, la jovencita insegura en muchos temas pero absolutamente decidida en otros, típica adolescente, que se hace llamar “Lady Bird”, como un acto de reafirmación de sus sueños. Mientras tenga ese nombre habrá poesía en su vida, lo que significa también que podrá escapar de Sacramento.

Sin embargo, como nos lo recuerda a cada instante Woody Allen en su propio cine, si uno llena su película con tomas hermosas del sitio en el que viven sus personajes, como autor está haciendo una declaración de amor hacia ese lugar. Greta Gerwig parece empeñada en contrastar las ganas de escapar hacia otra vida de Lady Bird con la belleza de unas calles y unos puentes y unos atardeceres que convierten a la primera película que escribe y dirige en solitario, en una narración nostálgica a la que inevitablemente el público que conoce su vida (Gerwig nació y se crio en Sacramento) le da un carácter autobiográfico, que ella no ha querido confirmar del todo.

Es entonces cuando ocurre uno de los fenómenos más terribles del análisis cinematográfico actual: que confundimos lo que significa socialmente una película con la calidad que posee en sí misma. Sí, es muy loable que Gerwig haya escrito y dirigido Lady Bird y es muy “cool” que siendo ella mujer y una de las divas del cine indie le haya salido tan bien una historia entrañable y emotiva. Ahora, ¿son esos motivos suficientes para decir, como se le ha escuchado a muchos, que esta es una seria candidata a disputar el premio Óscar a mejor película, en un año con propuestas tan sólidas como La forma del agua o El hilo fantasma? La respuesta, aunque duela, jóvenes, es no.

Y no lo es porque no tenga cualidades. Suena obvio pero hoy buena parte del público parece creer que una película sólo puede ser una basura o una obra maestra, sin estadios intermedios. Lady Bird tiene un guion chispeante, lleno de buenos diálogos, reveladores y sutiles, que les permiten a personajes muy bien definidos, construirse ante nuestros ojos. Las actuaciones son consistentes y la historia fluye sin problemas, a pesar de ciertas resoluciones no del todo lógicas en los actos dramáticos. Pero hay demasiados subrayados en la banda sonora, demasiados planos de Sacramento para rellenar momentos, como para pasarlos por alto. Siendo una buena película, no tiene nada que hacer frente a otras propuestas nominadas al Óscar más ambiciosas en lo estético.

Amaremos Sacramento, sin duda, pero lo haremos sin reserva cuando Greta Gerwig filme la película perfecta que Lady Bird no es.