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La forma del agua, de Guillermo del Toro

La forma del agua, de Guillermo del Toro

 

La inefabilidad del alma

“Los hombres sabios hablan porque tienen algo que decir; los necios porque tienen que decir algo”.

-Platón

 

 

Ingrid Úsuga O.

Medellín, Colombia

 

En La forma del agua (The Shape of Water, 2017) nos sumergimos en un hermoso mundo "paralelo" submarino ambientado alrededor de los años sesenta del siglo XX. Es un territorio onírico donde todo flota y se deja llevar por la corriente del agua sin repulsión alguna. Este filme es un relato de una relación de amor y pérdida entre una princesa huérfana, que no tiene voz, con un monstruo marino.

El director Guillermo del Toro ahonda en la profundidad de las almas de sus personajes: en la “princesa” Elisa Esposito, en sus amigos cercanos, en un cientifico y un jefe de seguridad, mostrándonos -desde la cotidianidad- sus gustos, disgustos y hasta sus más profundos anhelos; sin embargo nunca describe al ser más llamativo, híbrido y fantástico de la película. Este “monstruo” siempre permanece encarcelado y atado en una instalación militar: era algo desconocido y esto significaba peligro en esa época de guerra fría y paranoia, por lo que necesitaba ser objeto de experimentación y aislamiento.

Guillermo del Toro a través de sus filmes no deja de sorprender por su capacidad de plasmar a través de imágenes y sonidos todas las fantasías siniestras que se encuentran en su cabeza, evidenciado así en obras como El laberinto del Fauno (2006) o en La cumbre escarlata (Crimson Peak, 2015), en donde siempre existen personajes no solamente extraños, sino también con una mezcla entre aterradores y dulces. Lo llamativo de este director es que demuestra en sus filmes que los “monstruos” realmente son los humanos –incapaces de comunicarnos adecuadamente a través de las palabras- y que nosotros mismos somos quienes le damos el valor de peligrosos o espeluznantes a los seres desconocidos, cuando realmente lo que debemos es callar, escucharlos y aprender, no solo a través de lo que tienen para decirnos, sino a través de sus miradas, sus expresiones y su gentileza. Ese ser desconocido (que bien puede ser una bestia mitólogica o un inmigrante ilegal) es digno de darnos lecciones, si solo tuvieramos la humildad de reconocerlo como un igual.

El relato de La forma del agua quizá se hace difuso en algunos momentos porque el guion enfatiza los aspectos sociales alrededor de los personajes (por ejemplo la homosexualidad del amigo de la princesa que es vista como repulsiva o la tensa situación de las diferencias entre los rusos y los estadounidenses en esos años de guerra), para luego enfocarse de nuevo en la criatura marina y su relación con Elisa, quedando atrapados así en el guion como un acertijo sin resolver, probablemente porque eso es el amor, algo que no tiene forma y cuya expresión no se da a través de las palabras sino por medio de los actos y de las emociones de ensueño que este produzca.

Otra sin forma es el agua y para Elisa el encuentro con el agua fue siempre significado del deseo, la fe, los anhelos y el amor… allí fue en donde nació y allí fue en donde se dio cuenta que encajaba y que lo hacía acompañada –por fin- de alguien que cuando la miraba no veía sus defectos sino a un ser que le llenaba de satisfacción, complicidad y alegría.