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3 anuncios por un crimen, de Martin McDonagh

3 anuncios por un crimen, de Martin McDonagh

 

Pueblo adentro

 

Por Yasmín López

Medellín, Colombia

 

¿Puede una película ser brutal, políticamente incorrecta con los “negros”, los “blancos”, los “enanos”, la iglesia (y un largo etc.)  y al mismo tiempo profundamente humana? La respuesta es 3 anuncios por un crimen (Three Billboards Outside Ebbing, Missouri, 2017), el tercer largometraje del dramaturgo, escritor y director británico Martin McDonagh. Todo lo que se necesita es un director que ame a cada personaje, que pueda ver, con honestidad, sus faltas pero también sus esperanzas. Aunque sean bocones insensibles (el cortometraje Six Shooter, 2004), asesinos a sueldo que, por error, se cargan la vida de un niño (En Brujas, 2008) o psicópatas que matan psicópatas (Siete psicópatas y un perro, 2012). También ayuda contar con un reparto de ensueño que modula con precisión un complejo rango de emociones incluso en los personajes más pequeños. Mejor aún si el papel principal está hecho a la medida de Frances McDormand, en su actuación más portentosa desde Fargo (1996) y si su sparring es un Sam Rockwell fenomenal que nos hace detestarlo para después enamorarnos.

Las vallas que dan título a la película son tres armazones olvidadas al lado de una carretera en las afueras de un pueblo de Missouri. De los anuncios que alguna vez portaron no queda mucho, fragmentos de imágenes lavadas por el tiempo y partes inconexas de lemas publicitarios, “…de su vida” se alcanza a leer en una de ellas. Esas desvencijadas estructuras son las armas de Mildred Hayes (McDormand), una habitante del pueblo, madre de una joven violada y asesinada al lado de esos mismos carteles, hace menos de un año. Sobre un rojo sangre, Mildred hace estampar tres mensajes que gritan: “VIOLADA MIENTRAS AGONIZABA”, “Y AÚN NO HAY ARRESTOS”, “¿POR QUÉ JEFE WILLOUGHBY?”. El blanco de la rabia de Mildred no es el asesino de su hija, sino la policía del pueblo, a quien culpa de ser más diligente en torturar negros que en resolver el asesinato.

En las primeras secuencias de la película nuestra simpatía parece decidida hacia esta madre valiente que emprende una guerra en solitario contra la policía y el pueblo. Sin embargo, y es esta la principal apuesta de 3 anuncios,  nada, nadie, es tan simple como parece.

El jefe Willoughby (Woody Harrelson) resulta ser un ser humano íntegro, un policía diligente, que ha hecho todo lo que la ley permite para resolver el caso, excepto, tomar una muestra de sangre de cada varón del país mayor de 8 años como desearía Mildred. Su único pecado, no menor, es emplear y proteger a Jason Dixon (Rockwell), la estupidez y el prejuicio encajados en un temperamento volátil. Y aún éste resulta ser, tal como defiende su mentor, “bueno de corazón”, no de una forma simplista, sino a la manera de un hombre obligado por los acontecimientos a dar una nueva dirección a su vida. Ni siquiera la hija asesinada, en el único flashback de la historia, es la víctima “perfecta”, tan solo una adolescente frenética enganchada en constantes peleas con su madre. En cuanto a Mildred, “la mujer de las vallas, que nunca sonríe, que no ha dicho nada bueno sobre nadie, absolutamente nadie, y por la noche quema la estación de policía”, bien puede ser nuestra heroína, pero algunas de sus acciones, de los daños colaterales que estas ocasionan, son difícilmente defendibles. Aunque la rabia es la emoción predominante, todos los personajes de 3 anuncios tienen espacio —acertadamente desprovisto de sentimentalismos por un guion implacable— para la tristeza, el amor, la equivocación, la reivindicación, alguna carcajada contenida y uno que otro atisbo de ternura.  ¿Por quién tomar partido, entonces? ¿Deberíamos siquiera hacerlo?

Mejor dejarnos llevar por este viaje emocional, atrevido e impredecible, que nos propone 3 anuncios de la mano de sus personajes, anclándonos en una sola certeza: no importa que al final no sepamos qué camino tomarán, sino cuánto han recorrido, dentro de los límites de su propio pueblo, desde la fiereza hasta la compasión.