Editorial 121

Bruno Dumont: Humanidad, deseo y fervor

 

En entrevista con David Walsh, a propósito del estreno de su primera película, La vie de Jésus (1997), el director francés Bruno Dumont declaraba que “Lo que me interesa es la vida, la gente, las cosas pequeñas. El cine es para el cuerpo, para las emociones. Necesita ser restaurado entre la gente común, que no habla mucho, pero que experimenta una increíble intensidad de alegría, emoción, sufrimiento, lástima en el momento de la muerte. Ellos no hablan, hablar no es importante. Lo importante son las emociones. Es el espectador quien debe hacer estas cosas conscientes, no me corresponde a mí hacerlo… El poder del cine radica en el regreso del hombre al cuerpo, al corazón, a la verdad. El hombre del pueblo tiene una verdad que el hombre de la ciudad, el intelectual, ha perdido”.

Más de veinte años después, el cine de Dumont sigue correspondiendo a estas mismas coordenadas que lo impulsaron inicialmente y que lo han convertido en uno de los autores más representativos –junto a Noé, Bonello, Carax, Grandrieux y otros– de lo que James Quandt bautizó en 2004 como “la nueva extrema francesa”, una tendencia hacia la representación natural de los instintos primarios humanos, violencia y deseo incluidos. Dumont es el más trascendental y ascético de este grupo, cercano por momentos a Bresson y a Bergman en su desconcertante economía de recursos dramáticos y en la intensidad de los sentimientos (carnales y espirituales) expresados por sus protagonistas, la mayoría de ellos interpretados por actores no profesionales.

Dumont tiene un acercamiento místico al cine, sus personajes buscan redimirse, buscan estar en paz con su espíritu, quieren creer y ser salvados o incluso salvar, como en Hors Satan. A veces –la mayoría– no saben cómo hacerlo y recurren al sexo o a la violencia como medios para conseguirlo. En ambos casos el fervor con que se entregan a esta tarea es arrollador. Encuentran en el cuerpo del otro o en la destrucción de su mundo –véase Twentynine Palms (2003)– respuestas que en sus plegarias no encuentran. Dumont quiere hacerles ver, punitivamente, que su salvación depende de ellos mismos, como lo entendió la joven novicia de Hadewijch (2009).

Cualquier interpretación que hagamos de su cine no es más que una lectura subjetiva de algunos rasgos comunes, pues Dumont no es autor que ofrezca explicaciones sobre su obra. Ya lo dijo: somos nosotros los que debemos hacer conscientes los temas que subyacen a esas narraciones tan desnudas y tan secas. Sin embargo parece querer hacernos más difícil la tarea y sus últimos filmes han devenido en comedias –con crítica social incluida– y hasta en un sorprendente musical histórico que ha sido toda una revelación no solo formal.

El cine se renueva gracias a autores como él, apasionados, dispuestos a renovarse, a recorrer senderos desconocidos, a perderse y en el camino encontrar nuevas maneras de sorprendernos, retarnos y derrumbar nuestras certezas.

–El editor