Escuela de crítica

Proyecto florida, de Sean Baker

 

El color de la realidad

 

Por Juan David Villa
Medellín, Colombia

Orlando es sinónimo de diversión y magia, contagiada por aquel castillo de Disney y sus personajes memorables. Allí se sitúa la historia de una niña y su madre, colmada de color y recreo, que levemente se pasea entre la realidad y la ficción, y que pone en entredicho la percepción de las acciones humanas y sociales en términos de lo que está bien y lo que está mal.

Esa dualidad se plantea a través de los ojos de una pequeña con tanto talante y energía que arrastra toda la atención del vecindario, y del público, y deja ver un lado bastante humano de los suburbios de la florida. Para ella, todo es alegría y goce en medio de un colorido motel lleno de buenos vecinos y un gerente caritativo que hace las veces de protector, salvador, papá y hasta abuelo. Un mundo ideal para los deseos de Moonee, de compartir siempre con sus amigos del barrio donde ella es centro de atención.

Sus acciones son consecuentes con el entorno social y familiar, marcados por una realidad ausente de núcleo familiar, propios del contexto latino, y que se traslada a aquellos barrios norteamericanos dejando entrever las dificultades a las que se enfrentan las cabeza de familia del esta comunidad. Actúa con libertad y carácter heredados de su madre, lo que justifica su educación, pero que socialmente incurre en algunas acciones mal vistas. Lo mismo sucede en la otra vía, donde la madre es juzgada por acciones donde el fin prevalece y se cuestionan los medios.

Lo que desencadena la dualidad pasa por la relación madre-hija, tan cercana y querible, que desdibuja lo negativo. Estando ellas juntas, todo es sonrisas y amor manifestado a través de la amistad. Compinches, amigas y cómplices de una realidad sin mucha proyección, donde cada día es una oportunidad para conseguir el sustento. No hay sueños a futuro en estos personajes, y no hacen falta para comprender sus ideales. ¿Acaso es Halley una mala madre? Quisieran muchos tener la confianza y sinceridad en sus relación maternales como sucede con este par. Ella no abandona su responsabilidad y por el contrario recurre a diferentes alternativas, incluso ilegales, para satisfacer a una pequeña que parece más su amiga. Será juzgada por los moralistas por su desfachatez y actitud desobediente aunque esté llena de buenas intenciones.

La película resulta, además, una historia cercana por su narrativa de seguimiento que involucra al espectador como un colega más del vecindario, entrando incluso hasta la intimidad de los espacios. Allí donde la pequeña se entretiene y se mueve, de igual manera se posa la cámara para vivenciar las experiencias y las reacciones de esta familia moderna.

Más allá de ese otro castillo mágico y colorido de Orlando existe una realidad social, que si bien supo representar su director a través de un condominio, trasciende esos muros de colores e invita a cuestionar unos valores morales que desconocen la particularidad de los contextos, como el de esta niña y su madre, que por más que se quiera, viven su vida a su manera sin atropellar sus convicciones tomando cada derrota como una experiencia más.


 

Juan David Villa 
Estudiante en formación de la Escuela de Crítica de Cine