Escuela de crítica

El sacrificio del siervo sagrado, de Yorgos Lanthomos

En busca del equilibrio

 

Joan Suárez
Medellín, Colombia

 

El desquite homeopático es imperceptible hasta que se agota la dosis.

Como un manto liviano que se arroja sobre los tejados, llega al interior de un hogar la intranquilidad e incomodidad. Los hábitos adquiridos en su cotidianidad limitan el asombro y la visita disfrazada de amistad, pero un leve descuido en el actuar puede perturbar el futuro familiar. Así, de manera hipnótica y en estado de ebullición, vuelve el director griego Yorgos Lanthimos con su película El sacrificio del ciervo sagrado (The Killing of a Sacred Deer, 2017) y su sello singular.

Sí, es una película que exige digerirse desde la mirada de un cine de autor, o por lo menos, tener el referente de su obra y su estilo característico que explora en las pasiones humanas de manera provocativa y demoledora. Sus trabajos incluyen varios títulos emblemáticos y destacables. Algo ya visto, por ejemplo, Canino (2009), sin ser su debut es un inquietante retrato minimalista de la vida familiar y su dinámica en tono irónico y turbador. Langosta (The Lobster, 2015), una atípica comedia que cautiva y se potencia con su música y su atmósfera distópica de amor.

Ahora, con El sacrificio del ciervo sagrado, nos conducirá a modo de tragedia griega, por un inquietante thriller psicológico y su descifrable esquema, intriga alrededor de un evento criminal, la amenaza de muerte, situaciones inesperadas que producen horror y la dosificada manipulación entre los personajes y la participación del espectador (para algunos irascible) a través de información revelada.

Lanthimos repite en la escritura de su guion con su colega Efthymis Filippou (quien estuvo también en las películas citadas arriba) y repite en su reparto con el actor irlandés Colin Farrell (como Steven Murphy), quien en este relato es un cirujano cardiovascular que está casado con Anna (Nicole Kidman), una oftalmóloga, y padres de dos hijos. Este cosmos familiar convive en el temple del confort, el prestigio social, la disciplina, el límite, la rutina escolar y matutina, la monotonía sexual, sentimientos reprimidos y las jerarquías típicas del hogar un tanto contemporáneo.

Un oscurecimiento de la pantalla por algunos segundos y ligeramente el aumento del volumen musical acompañarán el comienzo de la película. La apertura que se asoma ante nosotros, como al abrir los ojos, nos muestra una cirugía durante algún tiempo en un primer plano, y esta sea, tal vez, la metáfora en sístole (contracción) y diástole (relajación) con la que se tejerá cada personaje y su relación con el otro. Aun así el corazón palpitará.

A través de sus travellings por los distintos espacios y los zooms desde planos fijos y abiertos, se suman el eco de melodías musicales y los encuadres modestos e impactantes. Algo típico en lo absurdo de Yorgos y su estilo. Estamos ante un relato extraño y cruel. En un ritmo ligero y acompasado entran en escena cada integrante.

El joven implacable, Martín, será la puerta que conducirá, en su intento misterioso, de saldar cuentas. Inicia una tensa calma con anestesia general por acontecimientos del pasado. Sin estridencia llega el desasosiego y el doctor Murphy tendrá su corazón al clímax, elegir la pérdida de su frío oasis familiar o hacer un sacrificio en busca del equilibrio. Sus hijos apáticos, Bod y Kim, tendrán un nuevo amigo para el cigarrillo, la música, la charla y la revancha.

Los pasos acelerados de la amistad entre Steven y Martín van construyendo un relato potente e íntimo por la intensidad del adolescente y lo abrumador para el doctor. El enigmático chico es el hijo de un paciente muerto en el quirófano. Para el doctor Murphy, su día es cada vez más vigilado y controlado, y de paso, su familia y entorno social. Poco a poco se ve un lenguaje mecánico robótico por parte del chico, con intimidación y amenazas para alcanzar su profético plan.

Es el tiempo del laberinto para los personajes, en su dualidad e insondabilidad llega la enfermedad, el mito que hace alusión a Ifigenia se convierte en metáfora sobre las circunstancias, la calma y el caos interior, la cultura clásica contra la actual, la individualidad pone en esencia los caracteres humanos y sus conflictos. Este relato constituye un fino cuestionamiento al encierro del presente: trabajo, consumo, indiferencia y frialdad. Es un relato poético, simbólico, duro y contundente. De alguna manera, Martín, representa la flecha que sentirá Steven, en destrucción vibrante de su escafandra.

 


Joan Suárez
Estudiante en formación de la Escuela de Crítica de cine