Escuela de crítica

Sal, de William Vega

No se puede volver al mismo lugar

 

Santiago Colorado

 

Se puede decir que Vega vuelve a ciertos lugares, a los paisajes tranquilos, a los personajes parcos, a sus motivaciones simples y a la violencia en un segundo plano; pero su sutileza no vuelve, y en ese transcurso se pierde la elegancia de su narrativa, porque ni los mejores planos salvan la película de su vacuidad. El problema de la película no es que cuente poco, sino que no encuentre nuevas formas de hacerlo.

Cuando Gus Van Sant nos contó Gerry (2002), que también es casi una road movie donde no pasa nada, lo hizo desde una perspectiva tan extrema e inusual que se hizo necesaria de ver y digna de analizar; aquí no pasa eso, paradójicamente no hay chispa en todo este desierto. La simplificación del viaje del héroe se ha tergiversado hasta el punto de dejarnos con un viaje tan infértil e interiorizado que ya ni siquiera el público se siente invitado a disfrutarlo.

Lo anterior es algo que pasa mucho en el cine colombiano, ese ‘de autor’ o ‘independiente’ o como deseen llamarlo; las intenciones de asir el minimalismo narrativo le han costado más al público que lo que le han ganado en experiencia a nuestra cinematografía. Pero supongo que es algo por lo que se debe pasar y, aún en países con mucha más práctica, este método a veces no funciona, basta fijarse en la última cinta francesa de los hermanos Dardene, o en la del rumano Cristian Mungiu, para ver que no se alejan mucho de los errores de esta película caleña.

Y la verdad es que esta película no está totalmente alejada del horizonte, de hecho hay un momento en donde parecía que el relato iba a dar un giro luminoso cuando comienza a reflexionar sobre el constante cambio, como al que se refería Heráclito cuando dijo que nadie se baña dos veces en el mismo río; y entonces lo curioso es descubrir que luego nada cambia en la película, ni los personajes, ni sus objetivos, ni sus alrededores; nada pasa, todo está seco y solo ha quedado la sal. ¿Pero qué significa la sal en el relato? Probablemente nada diferente a lo que se dice explícitamente, y ahí está el fallo, no hay nada bajo esa superficie taciturna: el personaje que busca a su padre sólo busca eso, no quiera nada más, no significa nada más; lo explícito es lo único que hay, no hay nada para extraer de las cavernas. Además de quieta está hueca.

Y muchos podrán discutir que al menos tiene un muy buen empaque, y sí, la fotografía es hermosa y la producción impecable, pero de nada sirve cuando la estructura aburre; de nada sirve aislar a los personajes en un ‘mundo distópico’ cuando estos no se desarrollan y la intención poética se oscurece en diálogos insoportablemente forzados (a que hubiera sido más valioso detectar la dinámica padre-hijo entre Heraldo y Don Salo por nuestra propia cuenta, sin que ellos la hicieran evidente). Es decir, esta película puede que haya sido hecha por profesionales, pero fue escrita por un estudiante de primer semestre, que además no tenía gran sentido del subtexto o de la polisemia.

La excepción a lo anterior está, claro, en el nombre: la ‘sal’ como el mineral que todo lo cura, aunque la película no le dé espacio a ningún personaje, entre toda la llanura, para sanar y trascender; y luego está ‘sal’ como el mandato, la orden de huir de ese infierno olvidado y solo que es más un reflejo del personaje que otra cosa. De hecho, eso mismo pasaba en La sirga (2012), y si se comparan ambas, son la misma película sobre una superficie diferente. El lío con esta superficie, sin embargo, es que de tantos temas interesantísimos no habla de ninguno, solo los nombra, los expone sin asumirlos, y aunque parezcan constantes, la repetición no es desarrollo.

Donde sí hay desarrollo, curiosamente, es sólo en una escena en particular que es de la que más me interesa hablar: hacia la mitad de este corto largometraje hay una escena en un restaurante chino… probablemente mi memoria me falle y la emoción me gane, pero me atrevería a decir que esa es una de las mejores escenas que he visto en todos los años que lleva Colombia haciendo películas. Esta escena se sale de todas las convenciones narrativas de nuestro cine y además corrige todos los fallos de la película. No sólo es inmensamente creativa (ese juego con el déjà vu), sino que ahonda en una variedad de temas y significados que hubieran enriquecido mucho la historia.

Tan sólo pensemos en lo interesante que sería haber relacionado el tema del cambio constante con la transformación que genera la marea salada. No es que no estén presentes estas ideas, es que la película no encontró cómo contarlas, o no quiso. A fin de cuentas puede que esta sea la intención, ser solo una parte del todo; pero la verdad es que más que austera se siente seca, es una road movie que no se mueve, que puede atrapar a incautos con su belleza y su calma pero que en realidad no propone nada nuevo. ¿Recuerdan ese montículo flotante que se movía sin rumbo sobre la laguna de La sirga, que siempre traía consigo un aire entre místico y naturalista? Bueno, su ausencia en esta película es la causa de mi desazón; y no es que no aprecie los intentos audaces de los cineastas nacionales, es solo que, dado el historial, uno siempre espera más.


Santiago Colorado
Estudiante en formación de la Escuela de Crítica de Cine, un proyecto de Cinéfagos.net y Kinetoscopio.