Escuela de crítica

La bella y los perros, de Kaouther Ben Hania

Desasosiego y turbación

 

Joan Suárez

 

El deseo y el miedo, combinados, son un laberinto húmedo o manchado.

Todo va desvaneciéndose con el paso del instante eterno. El aliento por el frenesí, la fiesta y la rumba puede cambiar en corto tiempo. Las luces estereoscópicas alertan la decadencia de la euforia y la sordidez de una noche interminable para la vida. Así, de entrada, el suceso trágico se presenta ante nuestros ojos. Un poco intrépidos seguimos a Mariam, en una procesión de situaciones que nos presenta la película La bella y los perros (La belle et la meute, 2017). Es una historia traumática y abrumadora.

La directora Kaouther Ben Hania ofrece un relato perturbador y laberíntico. El primero, para acercar más a la vida real se intensifica con el formalismo del plano secuencia, un total de nueve tomas (capítulos) durante el filme con fundidos a negro, que potencian la tensión dramática que vive la protagonista y el acompañante. El segundo, por su ansiedad e inquietud ante la desgracia y el camino desolador en el intento por encontrar protección de la autoridad policial, sanidad en los hospitales y la verdad en los entes judiciales.

El momento desgarrador se nos presenta en un clímax emocional de pérdida y rabia. El universo femenino de Mariam abruptamente ha sido vulnerado y ultrajado. De hecho, quien lo personifica es la actriz con el mismo nombre Mariam Al Ferjani, quizá, en un intento por evitar olvidarse de sí misma y, por el contrario, latir con cada punzada lo que pasa y respirar sin aliento el ruego interior de su cuerpo lacerado.

La película tiene un ritmo de electrocardiograma, los movimientos de los protagonistas se registran en función de una propuesta artística brillante, valiente y por momentos predecible. En un único episodio fugaz la protagonista pasará de la inocencia a una sórdida madurez. Es una historia opresiva que resulta kafkiana en su tratamiento. El círculo del poder y su corrupción también tienen asidero en este conmovedor incidente.

Hay un aspecto relevante y simbólico desde el título de la película. De ahí que los perros no solo son los que ladran y muerden a la mujer, sino las personas que están alrededor, las esferas de la injusticia, las representaciones sociales frente al machismo, el peso que hacen cargan con la culpa a la víctima, el postergar los derechos humanos y la consciencia para combatir situaciones que atentan contra la dignidad y la vida, porque se corre el peligro de volverse habitual.

De este modo, las heridas abiertas quedan en nosotros al final interminable de la tragedia, desde su concepción estilística, la acción de fuerzas opuestas en cada escena, el cuerpo y el alma en continuo decaimiento, la insoportable circunstancia ante la burocracia, hacen de esta pesadilla cinematográfica una historia potente y vociferante que denuncia ante el mundo la condición de la mujer, no solo en el ámbito islámico de rígidas regla morales, sino en cualquier rincón del mundo donde habitan los perros.

 


Joan Suárez
Estudiante en formación de la Escuela de Crítica de Cine, un proyecto de Cinéfagos.net y Kinetoscopio.