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71 Festival de Cine de Cannes

Solo una nueva esperanza

 

Juan Carlos Lemus P.
Colombo, Sri Lanka

 

Para muchos de los que asistieron este año a Cannes, la edición 71 de este festival fue una ruptura con su tradicional manera de hacer las cosas. Jugando un poco con los nombres de la inagotable franquicia intergaláctica, el título de este texto hace referencia a lo alejada que se vieron las diferentes selecciones de los blockbusters del otro lado del Atlántico y a lo concentrado que estuvo en hacer lo suyo: un lugar donde se agrupan las propuestas del cine de autor.

Los cambios se acumularon. A la encarnada misoginia, tan criticada en ediciones anteriores, se le dio respuesta montándose en la ola del #MeToo. Para las quejas de la prensa hubo un nuevo orden de proyecciones para sus pases. Al affaire Netflix se contestó con la ausencia de los grandes estudios, Amazon también incluido, lo que condujo a la escasez de estrellas y directores clase A y falta de espectáculo fuera del Palais. Hubo una mirada más oriental en la sección oficial. Tal vez sea demasiado pronto para saber cómo le salió la apuesta; pero por el nivel visto en la competencia me atrevo con que va a mejor.

 

 

Hasta las fechas cambiaron. Una semana antes de lo normal y desde un martes, normalmente se empezaba los miércoles, Cannes 71 arrancó con Todos lo saben del autor iraní Asghar Farhadi. Con un elenco estelar, y afincado en la entraña española, el director de Una separación (Jodaeiye Nader az Simin, 2011) presenta a Laura (Penélope Cruz), Paco (Javier Bardem), Alejandro (Ricardo Darín) y Bea (Bárbara Lennie) en su versión del pasado no perdona, y menos en una familia pueblerina. La apuesta llegó empaquetada en thriller dramático al que le sobraron explicaciones, histrionismo y minutos de metraje. Todos los saben confirma la regla que habla mal de las películas seleccionadas para abrir los festivales, y decepciona tanto por el director como por los actores de cuyo conjunto este servidor esperaba mucho más.

El segundo día fue para las secciones paralelas. “Una cierta mirada” daba inicio con Sergey Loznitsa y el largometraje Donbass. Jugando a presentarlo en formato documental, el realizador da cuenta de cómo todo se ha pervertido en el Este de su natal Ucrania. La confusión campea donde nada es lo que parece, y lo variopinto de los actores del conflicto da como resultado una brillante puesta en escena. Así, pues, el director de Austerlitz (2016) nos hace desternillar de risa con la patética y absurda realidad dada por la dificultad de identificar quién es quién y a cuáles intereses sirven cada una de las facciones que se dan cita en este permanente estado de guerra. También ese día arrancó “La quincena de los realizadores” con Pájaros de verano —doble honor al hacerse los primeros latinoamericanos con un filme de apertura en esta programación — de los colombianos Cristina Gallego y Ciro Guerra para explorar los inicios del narcotráfico en la Guajira. Una buena premisa en la que los directores mantienen el preciosismo de las imágenes de películas anteriores; pero insuficiente al aplanarse la historia en medio de diálogos básicos, personajes mal desarrollados y falta de acción para el género.

En el día tres escapé de la competencia oficial para ver Wildlife, de “La semana de la crítica”, con la que Paul Dano se estrenó en la dirección. Jake Gyllenhaal y Carey Mulligan son Jerry y Jeanette Brinson los padres de Joe (Ed Oxenbould), un adolescente que debe hacer frente a la familia que se le desmorona. Con una historia bien amarrada —coescrita con Zoe Kazan, en una adaptación del libro de Richard Ford— y de la mano de sólidos protagonistas, Dano es bienvenido del otro lado de la cámara. Una joya que tomará vuelo propio. Como muy seguramente lo hará Leto, el largo de Kirill Serebrennikov —director de El discípulo ((M)uchenik, 2016) y hoy preso en Rusia— que tiene aires a biopic mezclada con video de MTV sobre la vida de Mike y Viktor, dos leyendas de la música juvenil en los años 80 en Leningrado. Un trabajo que se adorna con una bellísima forma de mostrar un triángulo amoroso donde la admiración, el respeto y, por supuesto, los celos van en coro con la situación social y política de la Unión Soviética. De allí pasé a Gräns. Una agente estatal con cierta habilidad especial se siente atraía por un sospechoso. Sí, un thriller romántico; pero con fuerte carga fantástica. Lo anterior se podría configurar como receta para un fracaso, pero no fue el caso en el joven director sueco Ali Abbasi. Y el jurado de “Una cierta mirada”, presidido por Benicio del Toro, le premió su magistralidad al galardonarle como Mejor Película.

 

 

El cuarto día era de mis esperados, se presentaba el nuevo trabajo de Pawel Pawlikowski —el autor de Ida (2013)— llamado Cold War (Zimna Wojna), que le mereció el premio a Mejor Director de la sección oficial. Una bellísima fotografía y una cuidada dirección de arte no ayudan a que la historia tenga más trasfondo que el de un melodrama en los tiempos de la Polonia de la Cortina de Hierro. Un hombre y una mujer se enamoran y luchan contra toda la guerra fría para estar juntos, poco más. El ángel, del argentino Luís Ortega, se presentaba en la sección paralela. ¡ah grata sorpresa! Un filme que sin aspavientos va subiendo de nivel a fuerza del carisma actoral de Lorenzo Ferro: Carlitos, el ángel de la muerte. Ortega narra con humor la historia de autodescubrimiento del personaje que empieza como ladrón y termina como asesino hasta hacerse el convicto que más tiempo lleva en una cárcel en la Argentina, Carlos Robledo. Los Silencios, de Beatriz Seigner, se estrenaba en “la quincena”. Una historia basada en el drama colombiano del destierro por violencia con giro fantástico que se le agradece. Sin embargo —y no por el salto de Buenos Aires a la selva amazónica—, no logré enganchar con la historia por cuenta del escaso histrionismo de los actores que llevaban la narración.

Al quinto día el “corre corre” fue por cuenta del morbo de ver una de las películas dirigidas por mujeres en competencia oficial. Eva Husson traía Girls of the Sun (Les filles du soleil) con Emmanuelle Bercot como Mathilde, una reportera de guerra francesa. Ella será la encargada de mostrarnos las luchas de una facción femenina de la guerrilla kurdistaní en la guerra contra el Estado Islámico en Siria. Tristemente, un tiro al aire por cuanto de un lugar común se avanza a la sensiblería. Y así por casi dos horas. Lo peor, ni siquiera pude dormir un poco. Y por fortuna; porque llegaba uno de los dioses vivos del cine, Jean-Luc Godard. Él mandaba a Cannes Le livre d’image, un film experimental donde más que tratar de entender lo que quiere decir hay que aplaudirle, y agradecerle al octogenario director de la Nueva Ola, que siga siendo valiente en su búsqueda de mostrar su percepción del mundo con imágenes. Ya quisiéramos todos esa curiosidad en dichas alturas vitales.

Con 3 Faces (Se rokh) de Jafar Panahi —ausente a la gala por su condición legal en Irán— arrancó el sexto día. El director de Taxi Téhéran (2015) insiste en este nuevo trabajo en sus temáticas con él como secundario; pero saliéndose de la ciudad para ir a lo profundo de Irán. La familia, los amigos, las relaciones sociales y la condición de ser mujer vuelven. Pero se le agrega el asunto de ser artista y la admiración ambivalente que les pueden profesar los suyos, el encandilamiento de su talento, no impide el miedo que genera que alguna de sus mujeres siga una carrera mundana. Semejante complicación es explicada de manera sencilla y sin juicios. Una obra de arte por ello y que le mereció el premio al Mejor Guion en la sección principal. Con emoción y anhelo entré en la sala Soixantième para el pase de Fahrenheit 451. Las buenas sensaciones que esta nueva adaptación, Truffaut lo había hecho en 1966, me llegaban por la producción HBO —siempre atrevida— y por el director Ramin Bahrani —Chop shop (2007)—. El fracaso no pudo ser peor y hasta Michael Shannon se ve encasillado en el papel del malo. Una película para quemar. El bálsamo cinéfilo llegó con la cincuentenaria de Stanley Kubrick: 2001 odisea del espacio. En 70mm, restaurada de un negativo original por Christopher Nolan y presentada por él mismo junto a Keir Dullea (Dr. Dave Bowman), Geoffrey Unsworth (director de fotografía) y una de las hijas del maestro. Aun conociéndola casi de memoria, verla por primera vez en la pantalla gigante y con el sonido de la sala Debussy fue una experiencia fenomenal que me movió la fibra como solo un clásico de clásicos lo puede lograr.

 

 

En el séptimo día, Hirokazu Kore-eda con Shoplifters (Manbiki kazoku), la Palma de Oro de este versión. De la mano de su actor fetiche Lily Franky el director japonés sigue inquiriendo en los significados de familia, de niñez en medio de un extraño arreglo entre seres olvidados por la inmensa Tokio. La gran artesanía de saber contar lo más profundo desde lo cotidiano se mostraba otra vez en una película de este realizador nipón. Una gran Palma de Oro no obstante las apuestas por premiar a una mujer. Que hubiese podido darse con la directora italiana Alice Rohrwacher —Las maravillas (2014)— y su apasolinada Lazzaro Felice. Poética en su forma de plantear las relaciones entre los poseedores de la tierra y los trabajadores, mágica en su mezcla de lo místico y lo fantástico, del ayer y el hoy, de lo rural y lo urbano. Una excelsa muestra de la capacidad de la mirada femenina puesta al servicio de este arte. Por ser la escritora, Rohrwacher acompañó a Panahi en el premio al Mejor Guion. En un salto abrupto pasé de la bondad espiritual al desarraigo de toda idea ontológica por cuenta del aburrimiento y las búsquedas, con sus desastres, que este trae. Gaspar Noé nos lleva de fiesta con su violencia física y sexual en medio del abuso de drogas. Climax es más una anécdota de un mal viaje lisérgico, al que se le valora el extraordinario uso de las cámaras, que una narración cinematográfica. No obstante, Noé se hizo al premio Art Cinema que otorga “la quincena de los realizadores” donde fue presentada su película.

Con aún mayor bastedad (¿crueldad?) Lars Von Trier estrenó The House that Jack Built. En la leyenda del director quedará que en su premier en el Lumiere más de cien personas abandonarían la sala. Por fuera de concurso, Von Trier hace de su filme un hermoso trabajo para citarse a sí mismo; y nos deja sin saber si el secreto de su sensibilidad queda mejor guardado mientras más expuesto esté. ¿Qué es The House that Jack Built?: un testamento fílmico de un ser atormentado por la falta de humanidad, o la herencia de un ser falto de humanidad que nos quiere atormentar. Como toda obra después de salir de su creador, la respuesta está en el receptor. Mi lectura, de acuerdo a lo visto y a los diálogos de este filme, va por la primera. Otro gran cineasta que llegó a la Croisette el día ocho fue Spike Lee. Su falta de etiqueta fue inversamente proporcional a lo desternillante de su denuncia racial en Blackkklansman. Un marco de corte documental fuera de lugar no le hace mella a esta comedia en la que un negro se infiltra en las filas del Ku Klux Klan en plenos años setenta. John David Washington, Laura Harrier y Adam Driver lideran una película multigenérica: suspenso policial, romance, denuncia política, y revisión de hechos históricos. Por todo lo anterior, y por el ‘agent orange’, como le dice el director al habitante de la Casa Blanca, el Gran Premio del Jurado que se guardó Lee estaba casi cantado.

Con el noveno día el cine militante francés tuvo su espacio con En Guerre de Stéphane Brizé. De la mano de su actor favorito Vincent Lindon, Brizé habla de la ida a menos de las condiciones laborales en Francia y la pauperización de los de cuello azul. Un asunto nuevo para los europeos y viejo en nuestras latitudes que termina con exagerado dramatismo en este trabajo del director francés. Cambio de tema abrupto representó Under the Silver Lake, filme donde David Robert Mitchell vuelve al terror pero impregnándolo de noir. Andrew Garfield, deviene detective en medio de las fiestas y las drogas en Los Ángeles. Como en It Follows (2014) la ciudad se hace protagonista que encierra sectas, tecnologías obsoletas, pasajes secretos y faraones inmortales mientras nuestro héroe hedonista trata de encontrar su sentido vital y el director homenajea tanto al cine de terror en general como a Hitchcock en particular.

El penúltimo día la sección oficial de Cannes tenía aún gratísimas joyas. Matteo Garrone volvía a su realismo con Dogman en un sur de Italia más parecido a una mala barriada colombiana que a lo que aparece en los catálogos de promoción turística. Marcello, (Marcello Fonte), el Mejor Actor según el jurado comandado por Cate Blanchett, es un alegre, amable y enclenque cuidador de perros que tiene en su vecindad y sus amigos una vida tranquila; sin embargo, como todos allí, Marcello tiene un par de dedos untados. Simone es un problema mayor tanto para él como para sus colegas. La tranquilidad del desesperado se hace carne en este sujeto que resuelve de inesperada manera el conflicto en una película tan realista como Gomorra, pero con elementos cinematográficos que la alejan del aire documental que traía la adaptación de la novela de Roberto Saviano hecha en 2008. Y de adaptaciones seguimos con Burning. El filme del surcoreano Lee Chang-dong basado en un cuento de Haruki Murakami. La poca agraciada pluma del bestseller japonés tiene una contraparte cinematográfica harto especial. Gatos, música, fantasía, pasatiempos extrambóticos, sexo por venganza, y más venganza se van entrelazando en thriller de ritmo brioso que hace despegar la espalda de la butaca las dos horas y media que dura el metraje. Chang-dong se llevó el Premio de la crítica, FIPRESCI, para la sección oficial.

 

 

Como todas las despedidas, esta es agridulce. Cansancio y ganas de ver las cuatro películas que me esperaban el último día. El nizardo Yann Gonzalez mostraba un película serie B en la sala Lumiere y sorprendía. Un couteau dans le coeur es un homenaje al cine giallo cuya historia gravita en el amor de una pareja de lesbianas -directora y editora de cine porno homosexual- a finales de los años setenta. Por supuesto hay elementos detectivescos y la sangre corre fácil, pero sigue siendo divertida. Aun así, si me preguntan, este no es el escenario para presentar estos trabajos. Otra directora, Nadine Labaki, proyectaba Capharnaüm. El cine es una herramienta de manipulación desde que el director escoge lo que quiere que veamos; pero hay maneras, y sobre todo en el cine y la literatura estas son importantes. Las ramplonas formas que usa la directora libanesa hacen de su trabajo una peliculita lamentable por cuanto se revuelca en todas las miserias humanas y las explota con obviedad grosera; su Premio del Jurado, aunque menor, no dejó de sorprender. Con muchos mejores recursos de lenguaje cinematográfico las pantallas del Palais proyectaron Ayka del director ruso Sergey Dvortsevoy. Una película que sofoca al tener el rostro de la protagonista en primerísimo plano todo el tiempo, y que agota cuando su guion parece el de un video juego donde al superar una prueba llega una más complicada. Sufrir y volver a sufrir a gratuidad del director y un desliz imperdonable, por morboso, en la escena final helaron los corazones de los asistentes. Nuri Bilge Ceylan llegó al rescate en Ahlat Agaci una obra maestra en toda su dimensión. Un recién graduado maestro vuelve a casa con la ilusión de convertirse en escritor. Las tensas relaciones familiares, los conflictos morales, religiosos, filosóficos y vitales se concentran en diálogos inteligentes propulsados por una fotografía magnífica en la bucólica Turquía. Los protagonistas, Sinan (Aydin Do?u Demirkol) y su padre Idris (Murat Cemcir), siguen envolviendo en intelectualidad esa melancolía masculina ya mostrada en Winter Sleep (2014). Densa, sí; lenta, como la vida misma, Ahlat Agaci llega a profundizar las inquietudes autorales ya mostradas previamente por este turco que nos sorprende cada vez más con su cinematografía.

El Festival de Cannes 71 fue un gran festival a pensar de todos sus cambios. Once días de cine que va tomando fuerza a medida que se alejan y se digiere, de a pocos, lo engullido. La sección oficial y su jurado sorprendieron de grata manera con los galardones otorgados aunque, no sobra repetirlo, se perdió la oportunidad de una Palma femenina para la directora Alice Rohrwacher de Lazzaro Felice. Las listas de fin de año y el circuito de premios darán su veredicto de esta apuesta que hizo el patrón de la Croisette, don Thierry Frémaux.


 

Juan Carlos Lemus Polania
Afortunadas contingencias de la vida hicieron que este ingeniero electrónico opita con Máster en administración dejara su país para moverse por el mundo. Esa especial condición le dio el tiempo y la oportunidad de dedicarse a escribir desde hace algunos años sobre sus pasiones: el cine y la música. Hoy vive en Sri Lanka y con el ánimo de profesionalizar sus escritos está terminando un máster en Filosofía  práctica.