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Rodin, de Jacques Doillon

Una oportunidad desaprovechada

 

Liliana Zapata B.
Medellín, Colombia

Quienes gustan del cine francés, habrán visto y por supuesto escuchado hablar de Vincent Lindon, un soberbio  actor de igual nacionalidad, ganador de la Palma de Oro en Cannes en 2015 por su actuación en La Ley del Mercado (La Loi du Marché, 2015). Es él quien encarna a August Rodin en el último largometraje del director y guionista francés Jacques Doillon, Rodin (2017). Pero aún con su talento, buscar descargar sobre los hombros de un actor el peso completo de una realización, es casi tan arriesgado como querer abarcar la vida de un artista del tamaño del escultor August Rodin sin un objetivo claro.

El film se remonta a un período posterior a 1880, época en la que Rodin ya gozaba de un prestigio importante, compartía su vida con Rose Mignon con quien tenía un hijo, y tenía entre sus asistentes a Camille Claudel quien fuera además su inspiración y su amante. La historia se centra en contarnos la relación tormentosa de ambos, mientras Rodin, aún con su extremo talento, era el blanco de algunas críticas por su estilo diferente.

La vida de Rodin estuvo cargada de emociones y altibajos artísticos, no precisamente por la falta de contundencia de su obra, sino quizá por la acogida que esta generaba en círculos que siendo tan conservadores, no terminaban de comprender la grandeza y el espíritu libre y disruptivo de un artista de su talla. Sin embargo, la película no nos habla mucho acerca de la vida de Rodin, desaprovechando una oportunidad como pocas de aproximarnos más a su arte, a su forma de trabajo y a sus motivaciones, más que simplemente a anécdotas o a aventuras amorosas de su vida. Los sucesos mostrados carecen del intimismo que requiere una biopic para acercarnos realmente al ser humano que subyace detrás del artista o a la pasión que le imprime a su obra.

Es irresponsable e incluso pretencioso de parte de un director, tratar de retratar una vida tan llena de matices, limitándose a unas pocas facetas sueltas, inconclusas y que parecen puestas al azar en un rompecabezas que requeriría de mucha paciencia o de mucha ilustración previa para llegar a armarlo correctamente. El personaje se muestra distante y aun cuando logramos vislumbrar su angustia por la pérdida de Camille o el estrés que le produce la acogida de su obra, la sola actuación de Vincent Lindon no es suficiente para hacer de este un producto certero. A la actuación la debe seguir de cerca un guión sólido, del que como ya ha podido inferirse, carece este film. Además, las rabietas de niña malcriada de Camille, parecen sin sentido y casi impostadas, haciendo inevitable la comparación con Camille Claudel 1915 (2013) del francés Bruno Dumont, donde sí logramos entender las angustias y dolores de un ser humano llevado al extremo.

La última escena en la que se muestra la escultura a Honoré de Balzac hecha por Rodin -considerada la primera escultura moderna de la historia-, encargada y posteriormente rechazada por la Sociedad de Hombres de Letras en su momento, que se exhibió en 2017 en el Open - Air Museum en Hakone Japón, busca aclararnos la grandeza del personaje que le da nombre a la cinta, y aunque no hay que demeritar la intención, a estas alturas de la película, las esperanzas son pocas, y este último, es solo un intento desesperado que no basta ya para darle a Rodin el trato que hubiera merecido durante todo el metraje.