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Verano 1993, de Carla Simón

Una nueva familia bajo el sol

 

Ruth Caudeli
Bogotá, Colombia

No hay estación como el verano y quién diga lo contrario es que no se ha bañado bajo el tenue chorro de una manguera al sol. No hay mejor época que el verano de los años noventa; con sus helados de leche y chocolate derritiéndose a contracorriente mientras se hace la digestión para bañarse en la piscina. Y revivir este periodo a través de los ojos de Frida, aunque sea en un contexto amargo, es una encantadora reminiscencia. Lo es para los que vivimos esa misma etapa con la misma edad que ella y en un contexto mediterráneo similar, pero lo es también para otros, de otras épocas y lugares. Porque Verano 1993 (o Estiu 1993, pues en catalán es un título todavía más hermoso) es una historia universal.

Un nuevo mundo se abre para Frida; una nueva familia que inspecciona con ojos recelosos, aunque con extrema curiosidad. Nos adentramos en un verano real, lleno de verdad y durante casi todo el metraje nos sentimos como esa niña. ¿Por qué una historia tan particular nos resulta tan propia? El punto de vista de esta cinta es impecable y la mirada, a veces naïf, otras maliciosa; de Frida nos conduce a través de esta coming of age tierna y memorable. El manejo de una cámara libre y juguetona nos adentra en un mundo infantil como participantes. La estética que la cámara en mano nos genera nos presenta una historia que parece libre e improvisada ante el artificio cinematográfico. Parece que estemos robando momentos de intimidad a una niña, y esto nos genera una empatía que a la vez se torna extraña, pues somos voyeristas del drama no digerido de Frida: la muerte de su madre. Y este acompañamiento en una digestión pausada; ese camino que recorremos sin darnos cuenta, es el que nos genera ese nudo en la garganta que nos enmudece en una de las mejores escenas de cierre del cine independiente contemporáneo.

Verano 1993 es una cinta implacable. Implacable porque habla, sin hablar, sobre la muerte en la infancia. Implacable porque Frida es Carla Simón y Carla es Frida; y eso nos aproxima a un film dirigido desde la verdad. No es una catarsis como tal, pues la propia directora argumenta que esta historia de vida ya la había superado hace muchos años; pero sí es cierto que se siente como tal. El kintsugi es una técnica de origen japonés para arreglar fracturas de piezas cerámicas dejando visibles las cicatrices o marcas. Se trata de una filosofía que argumenta que las reparaciones no solo forman parte de la historia del objeto, sino que además lo embellecen y han de incorporarse al mismo. Estas son las cicatrices de Carla Simón. Esta es la historia de Carla Simón. Porque el cine contiene, o debería contener, verdad.

El filósofo Immanuel Kant publicaba en su ensayo Sobre lo bello y lo sublime (1764), que “lo sublime ha de ser siempre grande; lo bello puede ser también pequeño”. Y pequeña es Frida en esta narración, como grande y poco pretencioso es todo lo que abarca Verano 1993: las magistrales interpretaciones de todos y cada uno de los personajes, el lenguaje de cámara y la puesta en escena, y lo interno del conflicto. Verano 1993 es entonces bella y sublime, epítetos que todavía se quedan cortos para acotar esta pequeña joya cinematográfica.