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Un viaje maravilloso, de Todd Haynes

La vida en un museo

 

Por Yasmín López
Medellín, Colombia

En la infancia nos entregarnos sin cálculos a las pasiones más sencillas. Nos perdemos por horas en ilustraciones de cuentos o clasificamos pacientemente piedras de colores que recogimos en el día.  Ben y Rose, los niños protagonistas de Un viaje maravilloso (Wonderstruck, 2017), la última película de Todd Haynes, también lo hacen. Ben colecciona objetos de todo tipo que dan a su habitación la apariencia de un museo a escala. Rose diseña elaboradas construcciones con los recortes de revistas y periódicos, incluso los de su furioso papá. Esas aficiones son también su manera de lidiar con preguntas fundamentales en sus vidas: “¿De dónde vengo?”, “¿A qué lugar pertenezco?”.

Ben y Rose tienen mucho en común. Ambos son sordos, Rose de nacimiento, Ben a causa de un accidente. Más que discapacitados, ambos están sofocados por sus circunstancias familiares. Rose sufre unos padres que no saben cómo relacionarse con sus peculiaridades y tampoco parecen muy interesados en aprender a hacerlo. Ben ha crecido sin un padre y acaba de perder a su madre, obligado a ocupar un lugar en una nueva familia en la que no encaja. Hay, sin embargo, una gran diferencia entre ellos. Sus vidas están separadas por un océano de cincuenta años. Rose vive con su acaudalado padre en la New Jersey de los años 20, en el ocaso del cine mudo. Ben ha crecido junto a su madre bibliotecaria en la Minnesota rural de los años 70. Un día ambos niños escapan a Nueva York en busca de respuestas y sus viajes “coinciden” en el Museo de Historia Natural, un lugar que reúne todo lo que les importa, sus amores, sus preguntas, sus temores. Todd Haynes lleva a cabo un esmerado trabajo de trenzado de ambas historias. Siempre encuentra el momento justo para poner en suspenso un hilo de Ben y cruzarlo con otro de Rose. En el libro de Brian Selznick en el que se basa la película la historia de Ben es narrada con palabras y la de Rose enteramente con dibujos. El director conserva esta clave narrativa doble, pero, en un homenaje al cine de los años 20, cuenta la historia de Rose a la manera de una película muda en blanco y negro. Así, Un viaje maravilloso son tres películas en una, una muda, una parlante y la que resulta del hilvanado de ambas.

La película tiene todos los elementos para ser entrañable. El contraste de eras, cada una de ellas con un detallado tratamiento visual que deleita la nostalgia cinéfila. Un reparto carismático que, en sí mismo, se siente ideal en los papeles, desde Rose, interpretada por Millicen Simmonds, una debutante sorda como el personaje, hasta Julianne Moore, que se esfuerza por ser cálida sin caer en el sentimentalismo. Una historia sobre dos niños que buscan su lugar en el mundo con la que cualquier espectador simpatizaría. La intención de acercarse al poco explorado mundo de las personas sordas y su forma de experimentar el mundo. Sobre todo, una trama que, en esencia, apela a una necesidad humana fundamental, la de salvar los desiertos que a veces nos separan de los demás y ser real y profundamente escuchados.

Van pasando los minutos y la potencia que se esconde en todos esos elementos nunca acaba de revelarse. Los diálogos se sienten planos, las interacciones entre los personajes poco naturales. La emoción no llega a la historia. Un viaje maravilloso es como los museos, todo está ahí, bien pensado, impecablemente organizado, exquisitamente materializado, pero nunca cobra vida.