Escuela de crítica

Candelaria, de Johnny Hendrix Hinestroza

Crisálida o resignación

 

Por Joan Suárez


El espíritu jamás podrá reducirse a una mínima expresión.

La insurrección, la desobediencia civil, la rebeldía y la revolución han sido un cuarteto de procesos sociales que desde varios siglos han marcado a los pueblos latinoamericanos y el más potente, por sus olas de consecuencias y variaciones, ha sido La Revolución cubana. Un rincón de isla que en el Caribe se alzó contracorriente al poder de Batista y alteró la geopolítica en el orbe mundial.

Su proceso conjuga la multiplicidad de la controversia, la contradicción, la admiración, la tenacidad, la redención, la rebeldía, la resignación y la esperanza. Su complejidad y paradojas han sido divididas en períodos para seguir entendiendo qué pasó y para dónde va el actual modelo económico, político y social de las tierras de don José Martí.

Uno de dichos procesos se conoce como El período especial en tiempos de paz, y en esa atmósfera emprendemos como espectadores un viaje en el tiempo con la película Candelaria (2018), del director colombiano Jhonny Hendrix Hinestroza. La historia es una tragicomedia al ritmo del son cubano. Ahí está la representación poética de la palabra sonora de la mulata, el aire del danzón y el bolero.

El relato transcurre casi a mediados de la década del noventa, el mundo está cambiando y la brisa en el malecón trae la precariedad, el hambre, el bloqueo, el tabaco y el ron. Todo esto comenzó como resultado del colapso de la Unión Soviética en 1991 y, por extensión, por el recrudecimiento del embargo norteamericano desde 1992.

Ante este panorama, las vidas de los personajes Candelaria (de 64 años) y Víctor Hugo (de 63 años), dan un vuelco al encontrarse una cámara de video Hi8 en un hotel. Hasta este momento, la pareja convive como por inercia, pero con todo el ímpetu por aclamar al amor y la alegría ante un paisaje desolador para el alma, el cuerpo y la enfermedad.

Con un juguete, un objeto ajeno, ambos vuelven a mirarse, tocarse, besarse y amarse. La felicidad, un tanto anacrónica, que llega de una manera tan inesperada es solo el dulce principio de poner en confrontación las ideas, la moral, la convicción, los sueños, los anhelos, las criticas ante el sistema que les llegó cuando cada uno de ellos tenía más o menos sus treinta años.

Es necio pensar que la edad de los personajes es en vano, por el contrario, es la simbología del cansancio, la fatiga y el hastió ante la represión y la caída en picada de un modelo que se resiste, aguanta y paradójicamente, sobresale en salud, educación y deportes.

El amor entre Candelaria y Víctor Hugo es una llama incandescente de resistencia, está desgastado, viven la cotidianidad con la tentación cómica e irónica de comerse sus hijos, varios polluelos amarillos con nombres propios cada uno. La trama brinda una posibilidad exquisita para la vejez, la oportunidad para el despertar del erotismo y la sensibilidad cuando el cuerpo y el espíritu están aporreados. A través de planos frontales la fotografía alcanza por momentos un rompeolas en el árido ambiente cubano.

Así, entre la aventura de una bicicleta destartalada, la ternura y los anhelos de un beso de la flaca, la sopa de zanahoria, la tentación extranjera por vender y comer, con el dilema al deglutir con la traición al esquema, a la ideología, se apela al honor y los últimos instantes de comunión, en una simple morada que se moja con el paso de un ligero viento, como un soplo, así es la vida, pero no debería ser así. Al menos, se canta y se ríe.


Joan Suárez
Estudiante en formación de la Escuela de Crítica de Cine, un proyecto de Cinéfagos.net y Kinetoscopio.