Escuela de crítica

Animal, de Armando Bo

El despertar del lobo

 

Por Joan Suárez

 

Un diálogo íntimo y turbador para no morir en el intento.

Dicen algunos que las emociones primarias son tres: el miedo, la tristeza y la ira. Un tríptico que responde al instinto básico de conservación y defensa ante el peligro de muerte inminente. Quizá apelando a esta premisa, el director argentino Armando Bo construyó la atmosfera para su película Animal (2018), un thriller con actuaciones potentes, una factura técnica admirable, una descripción visceral de la oscuridad que habita en el hombre y el descenso en picada de un mundo personal.

Así, el universo de vida familiar encuentra en el camino insondable de la existencia un evento crítico en su cuerpo, el núcleo esencial es perturbado y sus prioridades, tanto materiales como morales, entran en una encrucijada cuyo epitafio sería, el fin justifica los medios para evitar la lápida. El personaje principal, Antonio, será el artífice del camino del paraíso al infierno, un estrecho abismo que tendrá incoherencias, sarcasmos, ironía, traición, hipocresía y engaño.

El relato es denso, oscuro y contundente, por el hecho de partir de una categoría reptiliana es fácil que inocule en la mente del espectador desde la emoción y la ambivalencia, la primera porque a cualquiera en algún momento podría recibir un diagnostico similar al protagonista y, la segunda, lo inverosímil para conducir la trama. Ahí está, tal vez, el blanco débil de esta historia, sus aciertos empiezan a perder validez, sus matices y cinismo caen en una debilidad que hacen perder el apetito.

Hasta ahora, el lobo encendido que confronta a su esposa e hijos para resolver su problema, enfrenta la situación de pánico con cualquier aparecido en su trabajo y la calle; su estado burgués se derrumba ante la necesidad de un trasplante de riñón. El desfile de máscaras que interpretará irá del egoísmo hasta ser un cazador. De este modo, el límite interno (la enfermedad) con la entrada del horror (la pareja de jóvenes) y el desplome de su hogar (esposa y tres hijos), conjugan un apocalipsis en una maratón por la salvación y la redención.

Ante la agonía de Antonio que se esconde con la noche, la soledad, la lluvia y la discusión, está la presencia de una pareja, Elías y Lucy, seres margínales y sin ningún prejuicio ético, que ofrecen un respiro latente y, al mismo tiempo, el desmoronamiento, entre el control y la manipulación, la búsqueda de alcanzar la contradicción del confort y la conversión a un lobo que quiere devorarse a su víctima, queda lo indescifrable, ¿cuál de todos encarna el monstruo? La desolación se camufla con el humor negro y la fotografía con el clima invernal.

Al compás del repudio, la ambigüedad de los personajes, los descensos en la intensidad y los giros inoportunos, es una película que logra despojar la personalidad corriente, eleva un grito al mundo actual de status quo, valida lo frágil que somos ante la sombra de los instintos y consigue el efectismo de perturbar y entretener.


Joan Suárez
Estudiante en formación de la Escuela de Crítica de Cine, proyecto de Cinéfagos.net y Kinetoscopio.