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Pájaros de verano, de Ciro Guerra y Cristina Gallego

Revista Kinetoscopio / Edición 123

Envergadura

 

Por Yasmín López
Medellín, Colombia

 

Los indígenas wayús son foráneos en su país. Los pocos referentes que de ellos tenemos sus coterráneos nos vienen de retocadas imágenes institucionales, afiches de agencias de viaje que atraen turistas con el exotismo, alguna feria artesanal que comercializa sus objetos sagrados como decorativos o tristes apariciones noticiosas de niños wayús que mueren de hambre en La Guajira. En Pájaros de verano (2018), una coproducción de Colombia, México, Dinamarca y Francia, los wayús son, al fin, protagonistas portentosos de un relato mítico. A lo largo de cinco capítulos –hierba salvaje, las tumbas, la bonanza, la guerra, el limbo– la película despliega un relato familiar que abarca desde el inicio del tráfico de marimba en el norte de La Guajira, pasando por una breve época de bonanza, hasta su declive a principios de los años ochenta del siglo XX.

Rapayet Abuchaibe (José Acosta) es un joven wayú que quiere casarse con Zaida (Natalia Reyes), quien acaba de salir del encierro ritual de varios meses convertida en majayut (señorita). Zaida es hija de Úrsula Pushaina (Carmiña Martínez), una poderosa matriarca de la comunidad, quien no está convencida de los méritos del pretendiente y le exige una dote extremadamente alta: treinta chivos, veinte reses y cinco collares de tuma. Los ingresos del negocio de contrabando de café y licor que lleva Rapayet con su amigo alijuna –es decir, no wayú– Moisés (Jhon Narváez) no alcanzan para cubrir la dote. Cuando encuentra un grupo de gringos en busca de una ruta para el comercio de marihuana, que se da bien y de buena calidad en esta tierra, Rapayet no deja escapar la oportunidad. No sólo consigue la dote y a la muchacha. Se hace a un proveedor de confianza, convenciendo a su primo Aníbal (Juan Martínez) de cambiar sus cultivos de café por los de marihuana. Así consolida un lucrativo negocio que en pocos años hace más rico y poderoso a su clan familiar. A medida que el negocio crece, Úrsula, Rapayet y Aníbal intentarán aferrarse a las formas tradicionales de su comunidad, pero la codicia ha transformado sus principios ancestrales. A pesar de los esfuerzos de Úrsula por mantener la armonía entre los clanes, Leonidas, su hijo menor, comete una afrenta que deteriora definitivamente la relación entre Rapayet y Aníbal, y se desata una guerra de familias con ecos de obra shakesperiana y tragedia griega.

Pájaros de verano se acerca con profundo respeto a la cultura wayú. Un respeto evidente en el riguroso trabajo de representación de sus territorios, símbolos y rituales; en el uso casi total del wayuunaiki, la lengua wayú; en la presencia constante de los miembros de la comunidad en la historia; en la elección de una forma narrativa que replica el jayeechi o canto wayú. Guerra y Gallego entienden que ese respeto también pasa por la humanización de sus personajes, por abstenerse de sosas idealizaciones. Así, Pájaros de verano no esconde nunca –si algo, aprovecha para su narración– la enorme complejidad de los wayús. Más allá del inocultable efecto corruptor del contacto con los alijunas, la película muestra una sociedad que se rige por la ley de la compensación, donde casi todo puede saldarse en una transacción comercial: una esposa, una ofensa, un hermano muerto. Un grupo donde las armas no solo son comunes, sino que dan poder y estatus a las familias. Una comunidad en la que una actividad ilegal como el contrabando es legitimada por la ley de la costumbre. Una tribu donde los agravios no prescriben.

Cuando en Pájaros de verano el universo tradicional wayú –protegido no solo por los estrictos códigos sociales, sino además por los signos de la naturaleza, el augurio de los sueños, la comunicación con los muertos y la inviolabilidad de la palabra– es alcanzado por el comercio ilícito de droga, capitalismo en su forma más virulenta, se desencadena un rápido e intenso desequilibrio. La cosmovisión de los clanes se permea con el dinero fácil y a granel, el irrespeto a la dignidad, la inobservancia de las tradiciones y normas que hasta ahora habían contenido la guerra. La aniquilación está servida.

Pájaros de verano podría parecer una historia más sobre narcos, contada en clave wayú con exuberancia visual y sonora. Solo superficialmente. La película es tan compleja, tan rica en posibilidades, como el retrato que hace de los wayús. A lo largo de dos horas de metraje, sus múltiples capas se despliegan y repliegan, como alas, en un grácil movimiento narrativo. Es –todo al mismo tiempo– una saga familiar, una película de mafiosos con un giro etnográfico, un mito wayú esquemático y contundente y un estudio sociológico sobre los orígenes de un fenómeno que trastocó no solo la cultura del pueblo wayú, sino la del resto de la nación que habita desierto abajo.

*Este artículo hace parte de la edición 123 de Kinetoscopio, Cine en el Caribe colombiano