Ginger y Rosa, de Sally Potter

Kinetoscopio Edición 103 / Reseñas

Ginger y Rosa, de Sally Potter

La verdadera hecatombe

Por Liliana Zapata B.

Medellín, Colombia

En el año 1962 se produjo una de las crisis nucleares más conocidas de la historia, la llamada “Crisis de los misiles de Cuba”, entre Estados Unidos, la Unión Soviética y, por supuesto, Cuba. Esta crisis se prolongó por menos de un mes, pero logró que el miedo ya instaurado naturalmente en quienes padecían la guerra fría y causado por el desarrollo nuclear de aquellos dos países, tuviera un momento álgido en ese año en el que todos consideraban como inminente el holocausto, que no solo afectaría a quienes decidieran comenzarlo. Aludiendo a este momento histórico y a otras escaramuzas entre las potencias militares, Stanley Kubrick hizo Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb (1964), una suerte de sátira a la efervescencia político militar y al miedo a desaparecer del espectador de la época.

Precisamente a ese mismo lapso de tiempo se remonta la directora inglesa Sally Potter –conocida también por su premiada Orlando (1992)– en su último largometraje, Ginger y Rosa (Ginger & Rosa, 2012). El film gira en torno a la vida de dos adolescentes nacidas en Londres en 1945 –año en el que terminaría la segunda guerra mundial después del ataque de Estados Unidos sobre Hiroshima y Nagasaki con sendas bombas atómicas–, pero solo somos testigos en detalle de sus vidas a partir de 1962, cuando tienen 17 años y son partícipes del drama que se cierne sobre el mundo entero por la amenaza de una nueva bomba atómica durante la guerra fría. Ambas atraviesan un momento de cambio en sus vidas –natural cuando se llega a la adolescencia– y adicionalmente están inmersas en el drama social por el que atravesó buena parte de la humanidad de aquel período.

Sally Potter nos va llevando en crescendo desde el inicio de la vida de las dos niñas, pasando por el abandono del padre de una de ellas –Rosa–, hasta el momento en el que han cumplido 17 años y siguen teniendo una amistad inquebrantable, de acuerdo con lo que podemos deducir de las escenas –clichés, sin duda– en las que ambas corren cogidas de la mano a campo abierto, o se miran cómplices con una sonrisa o Rosa enseña a Ginger a descubrir el mundo como ella lo ve.

Aun cuando han pasado toda su vida juntas,  han tenido vivencias diferentes al interior de sus hogares, pues Ginger es hija única y tiene a sus dos padres, mientras Rosa, después de lidiar con el abandono de su padre, debe ayudar a su madre con la crianza de sus otros hermanos. Se hace claro que aun cuando son diferentes, se complementan, y probablemente es esa la raíz de su entrañable relación.

Ginger –una muy convincente Elle Fanning–, es una adolescente que pareciera aún inocente, pero que inspirada en los “supuestos” principios rectores de su padre, como pensamiento autónomo, verdad personal y libertad para actuar, pronto se convierte en una activista en contra de la bomba atómica. Sin embargo, internamente se bate en duelo consigo misma por no perder su vida, ni su familia; por recuperar el mundo que conoce –externa e internamente– y que siente que se desmorona ante sus pies, siendo éste probablemente el propósito del film: hacer un símil entre la batalla que Ginger da exteriormente contra la bomba atómica y la que lucha consigo misma por conservar la vida y la paz que conoce y que siente que se escapan de sus manos. Esta intención del film es recordado por la directora cuando Ginger lee el poema “The Hollow Man” de T.S. Eliot, que termina en un verso muy diciente: “Así es como acaba el mundo, no con un estallido sino con un gemido”, gemido que es el de Ginger ante la debacle del mundo que ella conoce. Por estas razones no logra comprender cómo Rosa y quienes las rodean pueden seguir viviendo ante la cercanía del caos. “La felicidad no es una opción cuando el mundo puede explotar”, y “preferiría que no se acabara el mundo”, son frases de Ginger que nos llevan a comprender la esencia de sus sentimientos y actuaciones.

En contraste, Rosa (Alice Englert) no logra descifrarse por completo, pues pasa vertiginosamente de un espíritu rebelde y anárquico a uno profundamente religioso que en el fondo lo único que busca es encontrar el amor eterno –en el que por supuesto Ginger no cree–. A pesar de que la actuación de Englert es interesante –y quizás porque solo sabemos de ella lo que Ginger nos permite ver–, en momentos nos confundimos entre su espíritu anárquico por naturaleza que busca hoy el placer por el placer y su búsqueda por ser una mujer fiel y abnegada.

Por otra parte, Roland (Alessandro Nivola), el padre de Ginger, es un personaje que logra desconcertar y que participa directamente en el desmoronamiento del mundo interior de su hija, pues le enseñó la mirada autónoma y de libertad ante la vida, pero posteriormente hizo uso de ellas como justificación a sus actuaciones irreflexivas, bordeando el límite de lo permisible. Para Roland no hay matices; o hay esclavitud, o hay libertad y cuando Ginger va develando ese verdadero espíritu, ella se convierte en una víctima más del holocausto que él puede llegar a causar en quienes lo rodean.

Sabemos ya cuál es el pilar fundamental del film; sin embargo, los temas adyacentes son tan vastos que darían suficiente para desarrollar una historia por sí solos. Se aborda someramente el tema del abandono de los padres a los hijos y la batalla que estos últimos libran interiormente; busca hacernos reflexionar acerca de lo vulnerables que somos ante una guerra nuclear; habla sobre la amistad y el miedo natural del ser humano a extinguirse y a desaparecer. Y sin embargo, la interiorización no es suficiente. Sally Potter quiso tal vez experimentar con la libertad de sus personajes, manteniéndose al margen sin emitir juicios, pero termina dando la sensación de una historia distante. Nos encontramos ante una película que busca ser emocional y de sentimientos profundos, y que por momentos logra el objetivo; pero una vez descubrimos los personajes, con sus creencias y contradicciones, no logra conmovernos del todo.

Sally Potter buscó hacer una película “íntima” según sus propias palabras, pero consigue una sensación de incomodidad que puede explicarse probablemente en el drama de Ginger, o en el desparpajo de Roland, o en la vaguedad de tantos temas; y nos queda la pregunta de si quizás el propio espíritu que le sobra a Ginger, no será lo que falta en esta historia.