La parte de los ángeles, de Ken Loach

Kinetoscopio Edición 103 / Reseñas

La parte de los ángeles, de Ken Loach

Con olfato para los problemas

Por Diana María Agudelo H.

Medellín, Colombia

Ken Loach, el director de La parte de los ángeles (The Angels' Share, 2012) ha demostrado, desde sus primeras producciones, ser uno de los principales representantes del realismo social británico. Su discurso cinematográfico pretende denunciar la forma en la que las los cambios económicos, o si se quiere, el neoliberalismo, afecta a la clase trabajadora. Presenciar cualquiera de sus películas es saber que estamos ante la narrativa más fiel de la realidad, ante un cine que habla y cuenta las historias políticas y sociales de su tiempo. Su filmografía, que abarca décadas, es una de las más reconocidas y coherentes, siempre socialmente responsable y nunca carente de conciencia social.

Es por ello que sorprende, al ver el tráiler de La parte de los ángeles, imaginarse que estaremos en presencia de una especie de The Full Monty (1997), pero lo que debimos imaginar más bien era que íbamos a recibir una comedia de ese tipo que para nada abandona el realismo que el director siempre entrega a través de su narración.

La parte de los ángeles a la que el título se refiere es ese 2% de licor de malta que se evapora al abrir el barril en el que se añeja cualquier whisky, y al mismo tiempo se trata de cuatro escoceses, desadaptados sociales, que encuentran la forma de abrirse un futuro gracias a un invaluable barril de ese tipo de licor.

La película, con guion de Paul Laverty, colaborador incansable del director, imagina que poseer un olfato privilegiado puede ser la clave para escapar del bajo mundo de Glasgow, que apabulla a estos cuatro personajes. El poseedor de tan conveniente cualidad es Robbie (Paul Brannigan), un joven problemático que ya ha estado en la cárcel, y que en esta oportunidad ha sido sentenciado a 300 horas de “servicio comunitario”, luego de un ataque sin sentido hacia una pareja en un auto, simplemente porque estaba borracho. Robbie logra escapar de prisión por muy poco, cuando convence al juez de que está decidido a cambiar debido a que su novia Leonie está esperando su bebé. Pero tan pronto da a luz, se le hace muy claro que sus antiguos enemigos, e incluso el padre de ella, lo quieren fuera de su vida y lo obligarán a abandonar la ciudad y, por ende, a su nueva familia.

En medio de su desesperación, Robbie consigue la ayuda de Harry, el supervisor de su servicio a la comunidad, cuando este se encariña con él y lo introduce al universo de las destilerías, donde conoce el proceso por el cual nacen los legendarios whiskies escoceses.

Es en este momento el filme se convierte, de crónica realista de la vida de Robbie, en una comedia de situaciones, en la que él y tres de sus compañeros sentenciados al servicio, se ponen kilts, comienzan una peregrinación a pie y se transforman en un improvisado club de admiradores del whisky que logra introducirse a un importante evento. Su objetivo es robar el licor de un barril recientemente descubierto que había estado guardado por muchos años y que será subastado en pocos días.

Para cuando hemos llegado a esta fábula, más simple y entretenida, La parte de los ángeles ya ha ofrecido un retrato realista y tortuoso de lo que significa la vida sin esperanzas ni oportunidades, de esa existencia en la que robar y las peleas callejeras son el pan de cada día para una juventud que no tiene alternativas de trabajo y reconocimiento. Es muy difícil salir de esa forma de encasillamiento social en la que cualquier intento de movilidad económica encuentra reacciones negativas de familiares, amigos y enemigos, encargados de recordarles a esos jóvenes que su valor en la comunidad es muy limitado y el escape, casi imposible.

Paul Brannigan (el actor que le da vida a Robbie) es, por supuesto, un actor natural que viene de un trasfondo similar al del personaje. A través de sus ojos comprendemos que su volatilidad es tan sólo temperada por una sensibilidad marcada hacia lo que ama. Confiamos en Robbie y queremos que salga adelante, a pesar de su falta de razón. En este tipo de ambientes despiadados, el autocontrol es un problema, pues si Robbie no se defiende, lo que está en juego es su propia vida.

Por ejemplo, su enemigo acérrimo lo es simplemente porque sus padres tuvieron una rencilla y este es un odio sin sentido que amenaza incluso la vida de su bebé. Este mundo de violencia puede que no incluya armas, pero es tan aterrorizante precisamente por el nivel de intolerancia, rabia y arbitrariedad de los conflictos.

En la escena más fuerte del filme, Robbie se ve obligado a encarar a la víctima de su ataque y a su familia, como parte de un programa del gobierno escocés, llamado “Hablar después de un crimen serio”. Mientras la familia y la víctima de su ataque lo acusan y le cuentan del daño físico que le costó un ojo, Robbie mira hacia abajo y llora. Él sabe que sus acciones ofenden y dañan a sus seres queridos y ponen en peligro su futuro.

Y aunque el filme cambia de curso y se convierte en una divertida fábula, el director nunca abandona su tema central: las personas olvidadas, que deben trabajar para encontrar una segunda oportunidad de parte de una sociedad indolente que no les ofrece nada. De entre todas las películas de Loach, La parte de los ángeles (acreedora al premio del Jurado en el Festival de Cine de Cannes de 2012), se sitúa en la mitad en un cuerpo de trabajo maravilloso. Ver el filme es tan duro como lo es ver cualquier otra obra del director y, sin embargo, La parte de los ángeles nos ofrece una sonrisa de soslayo y nos da una pequeña esperanza por lo que puede ser la sociedad. Sin embargo es el dolor el que permanece después de salir de la sala de cine. La sonrisa se va desvaneciendo.